Todos vivían una “vida normal”…

Mateo 24,37-44.

Ciclo A, Domingo 1º de Adviento

Este domingo comenzamos un nuevo año litúrgico. El Concilio Vaticano Segundo había pedido que “la mesa de la Palabra de Dios sea preparada más ricamente para los fieles”. A fin de que “se abran con más amplitud los tesoros de la Biblia”, el Papa Pablo VI instauró en el año 1969 el Ciclo de tres años para la lectura bíblica dominical. Es decir, en este período se leen todas las partes importantes de la Biblia.

Referente a la lectura de los Evangelios, cada Ciclo propone meditar especialmente a uno de los tres evangelios según San Mateo, Marcos o Lucas. El Evangelio según San Juan se distribuye a lo largo de los tres años, y se lee ante todo en los tiempos litúrgicos fuertes. Con este Primer Domingo de Adviento iniciamos de nuevo el Ciclo A, el año del Evangelio según San Mateo.

Comenzamos, una vez más, el tiempo litúrgico del Adviento. “Adviento” significa “advenimiento”, llegada, y se refiere a la venida de Cristo.

Ésta es múltiple: la primera, que festejaremos en la Navidad; la última, que coronará la historia humana. Y, entre ambas, otra, que podemos llamar “inter-media”, en la cual Cristo viene en todo momento a cada persona, a cada comunidad, a cada generación. Esta constante y actual venida de Cristo a nosotros es fruto de la primera y anticipo de su llegada definitiva al fin del mundo.

¿Qué significa la palabra «Adviento»?
¿A qué se refiere?

En la época en que Jesús predicaba, los judíos hablaban del “Hijo del hombre” que tenía que venir. Interpretando algún texto de la Biblia y de algunos otros libros religiosos de ese tiempo, se esperaba la venida de una persona que debía llegar desde el cielo para hacer un juicio en nombre de Dios. Jesús nos dice que el “Hijo del hombre” es Él mismo. El Señor prefiere este nombre cuando se trata de su venida que tendrá lugar al final de los tiempos cuando venga como Juez.

Jesús se llama a sí mismo «Hijo del hombre». ¿Qué significa este título?

Los discípulos le habían preguntado a Jesús, cuándo será su venida como juez y el fin del mundo. La respuesta del Señor es bien clara: nadie sabe nada, sólo el Padre. Si bien no conocemos el día ni la hora, sin embargo es seguro que el Hijo del hombre vendrá. Por eso hay que estar siempre preparado, porque el Señor vendrá en el momento menos pensado.

¿Qué pensar de los intentos de averiguar la fecha del fin del mundo?

Los dos ejemplos que ilustran esta exhortación insisten en el descuido de los contemporáneos de Noé y del dueño de la casa; en la llegada imprevista del diluvio y del ladrón, y en la ruina que provocan ambos acontecimientos.

La comparación con la gente de la época de Noé calza perfectamente con el hombre moderno. Éste, a primera vista, parece ser ultraprevisor. Al menos, a juzgar por los cálculos que hace cuando lanza un satélite al espacio. Del Voyager, lanzado en 1977, ha hecho ya entonces cálculos fantásticos para su trayectoria por el espacio interestelar para los próximos treinta mil y más años! Y, sin embargo, el hombre moderno da toda la impresión de no saber para nada hacia dónde dirigir el barquito de su vida. ¡Pobre hombre moderno! Despierto en tecnología, pero dormido en cuanto a la sabiduría de la vida. Lo mismo que en los tiempos de Noé. Todos vivían una “vida normal”. Sólo Noé, bajo las burlas de sus contemporáneos, supo mirar más allá de “lo normal” y preparó la salvación de su familia. Los demás se despertaron recién cuando fue tarde. Los que se sentían seguros y se dedicaban solamente a beber y a comer, fueron arrasados.

¿Qué nos enseña lo que pasó en la época de Noé?

La segunda parábola está tomada del asalto del ladrón, también hoy en día muy actual. Sea que se trate de una ciudad europea, como Milán, o latinoamericana, como Medellín, o del barrio donde cada uno vive, todo el mundo corre el peligro de ser asaltado por ladrones. Y ya se sabe que ellos no golpean con las manos o tocan timbre. No avisan cuándo van a pasar.

Llama la atención que Jesús se haya comparado con un ladrón. Lo que quiere subrayar es que su venida será sorpresiva. El factor sorpresa puede ser: una enfermedad, un accidente, una traición, una zancadilla en la carrera, la misma muerte. “Mi hora” llegará inesperadamente. Y puede llegar en cualquier momento. Posiblemente ya no habrá más un mañana, o una próxima semana. Mi tiempo no es ilimitado. Ahora es la hora de la gracia. Por eso debo hacer el bien ahora. Mañana tal vez ya no podré hacerlo.

¿Qué nos enseña la parábola del ladrón nocturno?

Pero Jesús no nos invita a vivir angustiados. Sino nos manda vivir despiertos, estar preparados. Cristo vendrá no solamente como juez, sino también, y ante todo, como nuestro Salvador. Nos anima la esperanza de que seremos los felices que son llevados por Él al cielo para participar eternamente en su gloria.

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