Un burro colgado de una cruz…

Lucas 23,35-43.

Ciclo C, Domingo 34º durante el año: Fiesta CRISTO REY

No hace mucho se encontró una ilustración que data de los primeros tiempos del cristianismo. El dibujo, rayado en una piedra, muestra un burro colgado de una cruz, y delante un hombre. La inscripción correspondiente dice: “Alexámenos adora a su dios”. Evidentemente esta burla quiso dejar en ridículo al cristiano Alexámenos, pues quien adora a un burro, tiene que ser él mismo un asno. Tómese en cuenta que un burro vale como un animal muy tonto.

También el Evangelio de la fiesta de Cristo Rey comienza con burlas abiertas. Tanto los jefes de los judíos como también los soldados romanos se ríen de Jesús: “Tú quieres ser el poderoso Mesías, y ni siquiera sabes ayudarte a ti mismo? ¡Qué ridículo!”. Un rey sin vestido de seda, colgado desnudo de la cruz, sin palacio, sin sirvientes y soldados, es a lo sumo un payaso.

Para ellos, ese Jesús ha merecido con creces la inscripción irónica sobre su cabeza: “Este es el rey de los judíos”.

Jesús no obligó ni obliga a nadie a creerle o seguirlo. Quien no le quiso creer, podía seguir mirándolo como al hijo del pobre carpintero del interior. Y al final, hasta podía derramar todas sus burlas sobre Él. Pero Jesús no se deja irritar ni desviar de su camino por las ironías de la gente.

¿De qué modo se burlaban de Jesús crucificado?

Como discípulos de Jesús necesitamos contemplar su ejemplo. Cualquiera de nosotros que trata de tomar en serio la fe, se encontrará con quienes sonríen, abiertamente o a escondidas, sobre “tanta tontería”. Un discípulo de Jesús tiene que contar con que no será comprendido, sino, al contrario, que se lo quiere ridiculizar.

Jesús continúa el camino del amor hasta las últimas consecuencias. Perdona a sus propios verdugos, en el mismo momento en que lo torturan y matan. En el extremo de su propio sufrimiento y soledad, Él sigue siendo abierto y atento  hacia al que está a su lado.

Hay un detalle digno de ser tenido en cuenta: mientras Jesús se escapa cuando la gente lo quiso hacer rey (ver Jn.6,15), aquí el Evangelio lo llama Rey cuando se encuentra clavado en la cruz. Es el momento en el que el Señor no rechaza este título, sino que al contrario, responde concediendo lo que el malhechor arrepentido le pide.

El que llamamos tradicionalmente “el buen ladrón” es el único que no dice a Jesús que se salve a sí mismo. Sino con una breve súplica le pide a Jesús que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Y Jesús le da la seguridad que ese mismo día estará junto a Él en el Paraíso.

Tanto los jefes de los judíos como los soldados, como también el criminal blasfemo estaban equivocados. Ellos pensaban que un rey debía aprovechar su poder en beneficio propio. Por eso decían: “si eres rey, sálvate a ti mismo”. Los soldados romanos estaban acostumbrados a la realeza del César: un hombre que se rodeaba de lujo, y que esclavizaba a los pueblos para aumentar sus riquezas. Los jefes de los judíos, por su parte, pensaban en un Rey Mesías que viniera a establecer triunfalmente un reino terrenal que los liberara de sus enemigos políticos y dominara a las demás naciones. Todos identifican al reinado con el dominio sobre los otros.

Pero Jesús no piensa lo mismo. Por eso siempre se negaba a dejarse hacer rey, y ahora permanece en silencio cuando lo llaman rey en este sentido, como si estuvieran hablando en un idioma que Él no comprende.

Es muy distinta la reacción del Señor cuando escucha la súplica del “buen ladrón”. Éste pudo ser escuchado porque comprendió que Jesús era Rey para salvar a los demás, y que por esto estaba en la cruz.

¿Por qué recién como Crucificado Jesús acepta ser Rey?

Jesús vivía hasta el final el verdadero amor. Renunció a todos los medios exteriores de poder. Su trono fue la cruz, y su corona una corona de espinas. Porque se humilló hasta aceptar la muerte por nosotros, “Dios lo exaltó, y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: ‘Jesucristo es el Señor’.”  Flp.1,9-11.

La inscripción que habían puesto sobre su cabeza para dejarlo en ridículo se cumplió de verdad, y más todavía: Jesús no solamente es el Rey de los judíos, sino de todo el mundo. El que fue, y para algunos lo sigue siendo, una figura de burla, un burro clavado en la cruz, es en realidad el Señor todopoderoso de la historia.

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