Seré profundamente transformado…

Lucas 20,27-38.

Ciclo C, Domingo 32º durante el año

En Munich, Sur de Alemania, se cuenta lo siguiente: Un hombre, contento con las pequeñas alegrías de este mundo, es llamado repentinamente a la vida eterna. Como “Ángel Aloisio”, armado con un arpa, está sentado todo el santo día sobre su nube privada, que le asignaron. Aquel hombre, tan alegre durante su vida terrenal, ahora en el cielo se pone de mal humor y enojado. Porque ese cielo no le tiene nada que ofrecer, aparte de un maná sin sabor y cantar todo el tiempo el mismo Aleluia.

“En el cielo la gente no se casa. Porque son semejantes a los ángeles”. Así resuena tal vez en nuestros oídos el mensaje de este Evangelio. Y no cuesta mucho renunciar a una vida celestial tan aburrida.

Los saduceos, con imaginaciones y especulaciones, quisieron dejar en ridículo la fe en la vida eterna. Los saduceos eran miembros de un partido que, con los fariseos, se alternaban en la dirección del Senado Judío.

Ambos partidos mantenían notables diferencias. Los saduceos colaboraban frecuentemente con los romanos invasores. Eran de la aristocracia o burguesía. En materia religiosa eran conservadores. Sólo aceptaban plenamente los 5 primeros libros de la Biblia, los “libros de Moisés”, o “pentateuco”. El tema de la resurrección abría un verdadero abismo entre ellos y los fariseos. En oposición a los fariseos, los saduceos no admitían la doctrina de la inmortalidad y de la resurrección de los muertos.

¿Quiénes eran los saduceos?

¿Qué creían, o no creían?

Los saduceos, planteando el caso de una mujer que estuvo casada con siete hombres, pretenden comprobar que es algo absurdo creer que resucitemos después de morir. El caso que construyen, se basa en la ley del “levir”, que en latín significa “cuñado” (Deut. 25, 5-10). Esa ley, propia del Cercano Oriente, miraba a asegurar la descendencia de un hermano fallecido y a garantizar la estabilidad de los bienes familiares.

El planteo de los saduceos es claro: suponiendo que siete hermanos tienen relaciones con la misma mujer, y todos mueren sin dejar descendencia, ¿de cuál de ellos será esposa en el día de la resurrección?

¿En qué consistió la pregunta tramposa que los saduceos le plantearon a Jesús?

La respuesta que Jesús les dio fue doble:

Una, que la vida resucitada es muy diferente a esta vida mortal, como es diferente el árbol de la semilla. Jesús deja en claro que la resurrección no es una simple continuación de la vida terrenal, sino que es una vida distinta, nueva, una vida en plenitud. Difícilmente nos la podemos imaginar, y menos podemos comprenderla desde nuestra existencia terrenal, tan poco como un bebé, mientras se halla en el vientre de su madre, puede imaginarse, y menos comprender, este mundo con todas sus plantas, flores, animales, personas, arroyos, con todo lo que hay en esta tierra. La vida nueva supera lejos todo lo que podamos imaginar! La resurrección no es una prolongación de esta vida, de lo que conocemos, sino una profunda transformación. Para expresar esto, Jesús usa una comparación: la nueva existencia es como la de los ángeles.

¿Cómo les hace ver Jesús a los saduceos que se imaginan la vida de los resucitados de manera equivocada?

La segunda respuesta:

Jesús les comprueba a los saduceos que no sólo tienen una idea equivocada de la Resurrección, sino que tampoco se fijan bien en la Sagrada Escritura. Les recuerda un texto del libro del Éxodo, uno de los pocos que ellos admiten como Palabra de Dios. En la escena de la zarza ardiente ya aparece la verdad sobre la resurrección. Allí Dios se le reveló a Moisés y le dijo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.” Éx.3,6. Abraham, Isaac y Jacob ya habían muerto hace siglos. Sin embargo, Dios se llama a sí mismo el Dios de todos ellos. Si Dios es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es porque ellos existen. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Es el Dios de la Vida, que desea para sus “hijos” la Vida plena.

Además: si Dios viene a cumplir las promesas que les hizo a Abraham, Isaac y Jacob, es porque ellos viven. Si hubieran muerto definitivamente, Dios habría sido injusto al no cumplirles en su tiempo lo prometido. Dios es fiel para toda la eternidad.

¿Cómo demuestra Jesús que Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivientes”?

Los que resucitan, los “hijos de Dios”, participan de la riqueza inagotable del Amor de Dios. En el cielo no habrá ningún “Ángel Aloisio” solito, sentado sobre su nube privada, aburriéndose. Estaremos todos unidos en el Amor infinito de Dios. Ya no será importante quién estuvo casado y quién no. Decisivo será si uno supo vivir el verdadero amor en la vida de este mundo. Al resucitar, no nos será quitado nada, sino recibiremos más, infinitamente más: la vida en plenitud, una Alegría Eterna inimaginable.

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