Escándalo: ¡Jesús come con los pecadores!

Lucas 15,1-10.

Ciclo C, Domingo 24º durante el año

Este Evangelio nos trae una acusación contra Jesús: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Habrán querido insinuar: “Dime con quién andas, y te diré quién eres”. San Lucas le dedicó gran atención a esta objeción que hacían con frecuencia contra Jesús los más religiosos, los escribas y fariseos. Y en contra de esta objeción compuso un hermoso capítulo, uno de los más característicos de su Evangelio. Reúne para ello tres parábolas: la del pastor que tenía cien ovejas y se le extravió una; la de la mujer que tenía diez monedas de plata y se le perdió una; la del padre que tenía dos hijos y uno se le fue de casa. La última parábola habla de la acogida del pecador que vuelve al Padre. La hemos meditado ya el 4º Domingo de Cuaresma de este año. Por eso hoy nos limitamos a las dos primeras que tratan del mismo tema: la búsqueda del pecador por el Padre.

¿Por qué se puede afirmar que el capítulo 15 es uno de los más características del Evangelio según San Lucas?

El hecho de que Jesús compartía la mesa con los pecadores públicos, con los “excomulgados” de la sociedad, fue para los que se consideraban “justos” un verdadero escándalo. Jesús no sólo no se distancia de su actitud, sino la justifica plenamente. Les habla de la alegría de Dios al encontrar lo que estaba perdido. El Padre celestial siente una alegría más grande al perdonar a un pecador que al premiar a un justo. Sólo un pecador es capaz de causar esta inmensa alegría a Dios. ¿Pero quién no es un pecador? Afirma San Pablo: “Todos estamos sometidos al pecado. No hay ningún justo, ni siquiera uno.” Rom.3,10. El amor más grande de Dios se manifiesta en el perdonar, ya que no se dirige hacia quien lo podría merecer de algún modo, sino hacia aquel que es considerado por todo el mundo indigno de su amor. Jesús anuncia la Salvación que Dios ofrece a los pecadores, no porque éstos se hayan hecho dignos de ella mediante sus buenas obras, sino porque Dios se solidariza con los excluidos y marginados.

¿Cómo justifica Jesús su actitud de compartir la mesa con los pecadores?

La parábola de la oveja perdida tiene su trasfondo en un texto del profeta Ezequiel (34,1-16). Allí se habla de la conducta egoísta de los malos pastores de Israel. Por eso Dios mismo se ocupará de su rebaño, buscará a la oveja perdida, hará volver a la descarriada, vendará a la herida y curará a la enferma. En Jesús se cumple plenamente esta profecía. El es el Divino Buen Pastor.

Cualquier pastor que ha perdido una oveja coloca a las otras en un lugar seguro y se arriesga a buscar a la que falta. La mujer a la que se extravió una moneda, no se ocupa de las otras. Barre toda la casa hasta encontrarla. En ambos casos se suscita el mismo gozo: la alegría de encontrar de nuevo aquello que estaba ya perdido. Jesús hace ver que la forma de actuar de Dios es semejante. No le basta con los que se reúnen en el templo; no se ocupa simplemente de los buenos, o los que piensan ser buenos. Dios atiende especialmente a los que están en peligro.

Las dos parábolas, la de la oveja perdida y la de la moneda perdida, tienen el mismo mensaje: el amor misericordioso y constante de Dios busca lo perdido, y se alegra cuando lo encuentra. Este infinito amor de Dios justifica la actitud de Jesús y de la Iglesia para con los pecadores.

¿Qué nos enseñan la parábola de la oveja perdida y encontrada y la de la moneda perdida y encontrada?

No creamos que Jesús no tenga en cuenta el pecado del hombre. Él también pide, como los profetas, la conversión. Pero sabe que el amor y la misericordia de Dios Padre esperan al pecador arrepentido. Esta es la gran noticia del Evangelio: cada pecador que se convierte causa un alboroto de alegría en el cielo. Esto significa para nosotros: nunca nos debemos desanimar. Dice San Juan: “Estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia.” 1Jn.3,20. También el Papa Juan XXIII pudo decir: “Mil temores no pueden destruir nuestra esperanza”. Y también significa: si por nuestra palabra y nuestro ejemplo una sola persona vuelve a Dios, se alegra todo el cielo. Por eso nunca debemos decir: “A esa persona igual no se le puede ayudar más”. Ya que Dios mismo la busca como la mujer la moneda y el pastor a la oveja descarriada, nosotros no tenemos el derecho de considerar perdido para siempre a nadie. Solamente, junto con el Señor, tenemos el derecho de buscarlo y de traerlo de vuelta a la Comunidad.

Pecar a la ligera o procurar crecer en la santidad, ¿da lo mismo?

Todos los cristianos hemos de imitar a Jesús Buen Pastor. Él se hizo para todos camino de Salvación. Por eso, en la Iglesia de Jesús hay lugar para todos, no importa cuán desesperada parezca su situación. Si bien no todos pueden participar en seguida de la Eucaristía, porque necesitan tiempo para disponerse, todos pueden sentarse con Jesús a la Mesa de su Palabra, recibir una buena catequesis, ejercitar la caridad, participar en la oración y alabanza a Dios. Todos pueden y deben sentirse hermanos. ¡Ojalá de nuestra Comunidad se pueda escuchar la crítica formulada contra Jesús: “Esta Comunidad recibe a los pecadores y come con ellos”!. Y gracias a ello sea grande la alegría en el cielo, y crezca la alegría de muchos.

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