¿Simpatizo con Jesús, o lo sigo?

Lucas 14,25-33.

Ciclo C, Domingo 23º durante el año

Así como nuestros pies no pueden caminar en dos direcciones contrarias, uno hacia adelante y el otro hacia atrás, del mismo modo nuestro espíritu no puede tener dos nortes: el Evangelio y los criterios del mundo. Jesús no anda con vueltas. Se es su discípulo, o no se es su discípulo; se lo sigue o no se lo sigue.

Seguir a Cristo no es una posibilidad entre muchas otras. Solamente Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Jn.14,6. Seguir a Jesús es un valor incomparable, único, de modo que todo lo demás que podría ser importante y valioso queda en el segundo lugar.

¿Por qué el seguir a Cristo no es una posibilidad entre muchas otras?

Este seguimiento radical, Jesús se lo exige a todos. San Lucas constata expresamente que el Señor habló a las grandes multitudes que caminaban con él. Parece que se establece una diferencia entre caminar junto con el Señor y seguirlo.

El texto evita palabras que podrían indicar que todas esas multitudes ya son discípulos del Señor. Sólo caminan junto con Jesús, se sienten atraídas por Él, aunque sin comprometer sus vidas de una manera más definitiva. Ya que se les insistió han aceptado la invitación de participar en el banquete del Reino para que se llenara la casa (ver texto inmediatamente anterior: Lc.14,21-23). Llamarse cristiano es una cosa, y otra, a veces muy distinta, es seguir a Cristo, tomarlo como el único verdadero Maestro y hacerse humildemente su discípulo.

¿Cuál es la diferencia entre ser simpatizante de Jesús, y ser su discípulo?

A todos los que se le acercan, Jesús les aclara las condiciones necesarias para ser su discípulo:

La primera condición es la de postergar todos los amores, incluyendo aquellos que parecen ser los más impostergables: padre, madre, esposa, hijos, hermanos… Quien se decide por Cristo, debe haber puesto todas las cosas en segundo lugar, incluso su propia vida. Puede darse el caso de que nos encontremos ante esta alternativa: o aquellos seres que más queremos o Cristo. O también: conservar la vida terrenal, o ser fiel al Señor.

La segunda condición para ser discípulo de Jesús es cargar con su cruz y seguirlo. La cruz era el instrumento más terrible que habían inventado los hombres. Ella era utilizada por los romanos para los más despreciables, tan horrorosa que era considerada indigna de un ciudadano romano. Jesús exige de sus seguidores que estén dispuestos a ser menospreciados hasta lo último. El que quiera vivir tibiamente su cristianismo, sin entrar en conflictos con los que lo rodean por ser fiel a Cristo, el que practique sus devociones de manera individualista, el que quiera “ser católico pero no fanático”, no reúne las condiciones para el seguimiento de Cristo. El Señor exige que asumamos la fe hasta sus últimas consecuencias, incluso hasta la muerte. Hay muchos cristianos que han dado su vida por ser fieles a Cristo.

La tercera condición es la de renunciar a todo lo que se tiene. Y recordemos que esta renuncia a todos los bienes no se impone solamente a los religiosos, sino a todos. Si hay que postergar la propia vida para ser fiel a Cristo, con más razón los bienes materiales.

Como se puede leer en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, los primeros cristianos no tenían nada como propio, sino que todo lo compartían con los demás. Quien quiera vivir de manera egoísta, gozando de sus bienes sin preocuparse por los demás, no es un discípulo de Cristo.

¿Qué condiciones pone Jesús como necesarias para ser su discípulo?

Jesús no prohíbe amar de corazón a nuestros seres queridos, no prohíbe procurar tener cosas lindas y útiles y cuidar nuestra vida. Al contrario. Todo eso son regalos de nuestro Padre celestial. La pregunta es cómo dependemos de nuestra familia, de nuestras cosas, de nuestra vida terrenal. No debemos considerarlas como valores últimos. Son solamente un pequeño anticipo del último gran regalo con que Dios llenará nuestro corazón.

Para ser cristiano de verdad, ¿tenemos que dejar de amar a nuestros familiares y amigos, y renunciar a poseer bienes materiales?

Ser cristiano supone subordinar todo a Cristo, incluso las cosas más queridas y santas. La opción por Cristo tampoco son solamente lindas palabras pronunciadas con mucha emoción y lágrimas.

No se trata de lindos sentimientos no más, o de un paseo. Las dos breves parábolas intercaladas, la del hombre que quiere edificar una torre y la del rey que está por enfrentarse con otro rey, nos enseñan por eso, que aquel que quiere ser discípulo auténtico de Cristo, debe sentarse a reflexionar. ¿Podrá asumir estas exigencias? ¿No claudicará en el momento de la prueba? El Señor no quiere a tibios: “porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.” Apoc.3,16.

¿Qué nos enseña Jesús con la parábola del hombre que piensa edificar una torre y la del rey que está por enfrentarse con otro rey?

El Señor llama a todos a seguirlo. Pero no basta con decir que sí. Es necesario comprometerse y vivir decididamente la vocación cristiana. No alcanzará nuestra pobre fuerza humana. Hay que darle a Cristo el primer lugar en nuestra vida. Entonces Él actuará con la fuerza de su Espíritu en y por medio de nosotros. Entonces podremos decir con San Pablo: “Me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” 2Cor.12,9s. “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.” Gál.2,20.

 

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