Y vos, ¿qué decís? ¿Quién soy yo?

Lucas 9,18-24.

Ciclo C, Domingo 12º durante el año

En una ciudad en la que muchos ricos tenían sus casas lujosas, vivía también un hombre sabio. Ya que los ricos vivían muy distanciados el uno del otro, en una zona residencial un poco fuera del barullo de la ciudad, contrataron serenos para proteger sus extensas propiedades. Un día el sabio se encuentra con uno de ellos que está haciendo una ronda de control. Le pregunta: “¿Para quién estás caminando?”. El sereno le dice el nombre de su patrón, y pregunta a su vez al hombre sabio: “¿Y para quién está caminando usted?”. “Todavía no camino para nadie”, contesta el sabio, y en un largo silencio acompaña al sereno en unas cuantas idas y vueltas. Por fin interrumpe el silencio y le pregunta: “¿Quieres ser mi servidor?”. “Con mucho gusto”, contesta el vigilante. “¿Pero qué tendré que hacer?”. “Recordármelo”, responde el hombre sabio, y vuelve a su casa.

Nadie de nosotros podrá evitar a plantearse la pregunta: “¿Para quién camino yo? ¿Para quién vivo y me desvivo?”. Y ya que Jesús exige ser el primero en nuestra vida, no podremos eludir tomar posición frente a Él. Todos tendremos que responder a la pregunta decisiva: “¿Qué digo yo quién es Jesús?”. El Señor habla en un contexto de oración que subraya la importancia de la cuestión. La respuesta tendrá que ser del todo personal. No la podemos copiar de un libro. Es una respuesta que debe madurar en la oración. Exige mi propia decisión. Se trata de una pregunta muy distinta de la primera que hace Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. A esta pregunta que es como hacer una encuesta, se puede responder desde afuera, repitiendo simplemente lo que los demás hablan de Jesús, sin estar implicado, y menos comprometido uno mismo. Este sondeo de opinión pública lo puede hacer también un hindú, musulmán, y hasta un ateo.

Frente a Jesús, ¿puedo yo pensar “lo que todos dicen”?

Las ideas de la gente son todas falsas. Piensan que Jesús es algún profeta que ha vuelto de la otra vida, y por eso está dotado de poderes milagrosos. La gente se ha dejado impresionar por los milagros, pero no ha captado el mensaje de Jesús. Han comprendido que es alguien superior, pero colocan esta superioridad en el plano de los milagros como si Jesús fuera un profeta más.

¿Qué piensa la gente de Jesús?
¿Están en lo cierto?

La repuesta que Pedro da en nombre de los discípulos: “Tú eres el Mesías de Dios”, refleja la gran esperanza del pueblo judío. Muchos en esa época ansiaban la venida de un rey que estableciera el reino judío. “Mesías” significa, literalmente, “ungido con óleo”. En los tiempos de la Antigua Alianza fueron ungidos los sumos sacerdotes y los reyes. La unción que penetra la piel, era un símbolo de una especial presencia de Dios en el ungido, por medio del cual realizaría la salvación del pueblo.

¿En qué estaba pensando Pedro al profesar que Jesús era el Mesías?

Los cristianos solemos hablar de “Jesucristo”, agregando al nombre de Jesús la traducción griega de “Ungido” o “Mesías”: “Cristo”, porque Jesús es para nosotros el Mesías, el “Cristo”, el Ungido con el Espíritu Santo que vino a salvarnos.

¿Qué significa que los cristianos agregamos al nombre de Jesús el título de «Cristo»?

Llama la atención que Jesús les haya prohibido terminantemente a los Apóstoles divulgar que Él era el Mesías. Fue simplemente para no promover falsas expectativas. Jesús inmediatamente completa y aclara la profesión de fe de Pedro. Y fue bien necesario. Los Apóstoles, todavía el día de la Ascensión, no habían entendido bien lo del Reino de Jesús. “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” He.1,6., le preguntaron, mientras imaginaban el restablecimiento de la monarquía de David.

Jesús no era el mesías en el sentido que muchos lo esperaban: un héroe victorioso, con todo el poder de este mundo, premiando a los buenos y castigando severamente a los malos, poniendo inmediatamente orden en este mundo. Es un Mesías totalmente diferente. No recorre el camino que la gente espera, sino que Dios quiere de Él.

Jesús es el humilde “Hijo del hombre”, que tiene que tomar el camino de la cruz. Es el “Servidor de Dios sufriente”, anunciado y descrito ya detalladamente en el libro del Profeta Isaías.

Jesús impone silencio a los Apóstoles justo antes de anunciarles su muerte próxima. Sólo ésta despejará todos los conceptos equivocados. Recién después de la muerte y Resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo, los discípulos podrán proclamar claramente que Jesús es el Mesías (He.2,36).

¿Por qué Jesús les prohibió terminantemente a los Apóstoles divulgar que Él era el Mesías?

Jesús se mantenía firme: antes de pensar en la gloria es necesario pasar por el dolor. Recién aparece la idea de gloria cuando se habla de salvar la vida una vez que se la ha perdido por Cristo. Quien quiera pertenecer a Cristo, tiene que estar dispuesto a seguir el mismo camino que Él recorrió, y eso cargando con su cruz “cada día”. Es ordinariamente en la vida de todos los días, y no sólo en la persecución o el martirio, donde se manifiesta la fidelidad en el seguimiento a Cristo. Esto está dicho a todos: el que renuncie a sí mismo en una vida de servicio constante a los demás, ganará la Vida gloriosa con Cristo.

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