¡Pecadora!

Lucas 7,36-50.

Ciclo C, Domingo 11º durante el año

La solemne celebración del Sacramento de la Confirmación está en plena marcha. El Obispo acaba de sentarse, antes que suba un lector para comenzar la proclamación de la primera Lectura de la Palabra de Dios. Supongamos que en este preciso instante irrumpe una mujer, conocida por todos como una prostituta, y  hace los mismos gestos con los pies del Obispo que la mujer pecadora en la casa de Simón el fariseo. ¿Qué pasaría? Seguramente, ¡un gran escándalo!

¡La consternación en la casa del fariseo Simón no habría podido ser peor! No se sabe cómo la mujer pecadora logró entrar en la casa ajena, seguramente sin invitación ni permiso. Estaba mal visto que una mujer se acercara a un hombre en público, y peor aún que lo tocara a Jesús una mujer que en la ciudad estaba conocida como una “pecadora”. Parece obvio que se trate de la prostituta de la población. Además fue sumamente vergonzoso para una mujer soltarse los cabellos en presencia de hombres. Pero a esa mujer nada le importó lo que pensaran los demás. Estaba acostumbrada a atraer a los hombres con su belleza, sus besos y sus perfumes. A su manera, atrevida y hasta sensual, quiso demostrarle su amor a Jesús. Es de suponer que ya antes había escuchado alguna predicación del Maestro que la movió a creer en Jesús, a arre-pen-tir-se y a cambiar de vida, tocada por la misericordia de Dios.

¿Por qué los gestos de la mujer pecadora en la casa del fariseo Simón fueron escandalosos?

¿Por qué Jesús alabó estos mismos gestos de la mujer?

El fariseo juzga al mismo tiempo a Jesús y a la mujer: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”. Para un fariseo, un profeta no puede ser tocado por un pecador, y menos aún por una pecadora. Y mucho menos aún con recursos que a la mujer le habían servido para pecar.

Pero Jesús se acredita como profeta al demostrar que sabe leer los pensamientos secretos de Simón. Por medio de la parábola del prestamista y los deudores le hace expresar al fariseo un juicio sobre sí mismo: el que se sentía siempre tan seguro de su propia justicia y de su rectitud, tiene que admitir que ama poco. Si bien tuvo un trato correcto para con Jesús, se queda a fría distancia. Tal vez buscó argumentos para poder desprestigiar a Jesús. De todas maneras, no llega a sentir la necesidad de cambiar su vida. Más bien habrá invitado a Jesús a su casa por curiosidad. Probablemente había llegado también a sus oídos el rumor de que Jesús había resucitado al sirviente del centurión en Cafarnaúm, y después devuelto la vida al único hijo de la viuda de Naím. Justamente, la gente que fueron testigos del milagro en Naím, reconocieron a Jesús como “un gran profeta”. Lc.7,16.

Al conocer más de cerca a Jesús, Simón habría tenido que pedir perdón por no haber reconocido quién estaba frente a él. Mientras la pobre mujer, sí, le permite al Señor transformarla profundamente, perdonándole “sus pecados, sus numerosos pecados”.

¿Cuáles son las actitudes y juicios del fariseo Simón?

¿Por qué el fariseo habrá invitado a Jesús a su casa?

Jesús, ¿qué le hizo ver al fariseo?

El perdón siempre es un regalo gratuito de Dios. Pero llama la atención que, fijándonos en el texto griego original, Jesús dice que sus pecados ”le han sido perdonados porque amó mucho”. El amor de la mujer es, al mismo tiempo, motivo y consecuencia del perdón divino. Ella ama, a una manera sin duda muy equivocada, a su manera, pero ama, y por eso puede recibir el perdón.

Jesús hace ver la exigencia del perdón: se necesita amar mucho para ser perdonado. En la primera Carta de San Pedro se lee que “el amor cubre todos los pecados”. 1Ped.4,8.  Y el perdón recibido, a su vez, acrecienta el amor. Valen y se complementan las dos afirmaciónes:

1. La mujer pecadora ha sido perdonada porque ama;

2. Ella ama mucho porque ha sido perdonada.

Jesús enseña que Dios Padre siempre nos acepta, con tal que vea en nosotros alguna voluntad de conversión.

¿Qué tiene que ver el amor de la mujer con el perdón de sus pecados?

Este relato de «La pecadora perdonada» tiene mucho en común con la «Parábola del Padre misericordioso» (Lc.15,11-32). La mujer pecadora ocupa un lugar similar al del hijo menor, o “hijo pródigo”, y un fariseo en persona, Simón, encarna las actitudes del hijo mayor, muy correcto, pero al que falta el amor que sabe comprender y perdonar. En ambos textos resalta un gran contraste entre quien se considera a sí mismo justo y piensa que no necesita arrepentirse y cambiar de vida, y quien se reconoce a sí mismo como pecador, y por eso puede experimentar el Amor misericordioso de Dios.

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