¡No se inquieten, ni teman!

Juan 14,23-29.

Ciclo C, Domingo 6º de Pascua

Durante la Revolución francesa fueron condenadas a la muerte 16 carmelitas, por fanatismo como rezó la sentencia. “¿Qué es eso: fanatismo?”, preguntó al juez una de las religiosas sencillas. “Es la maldita adhesión de ustedes a la religión!”. “¡Qué lindo, morir para Jesús!”, dijo la hermana. Todas tuvieron que subir a la carreta y fueron llevadas al lugar de la ejecución. Durante el camino entonaban cantos religiosos. Frente a la guillotina todas se arrodillaron y renovaron sus votos de obediencia. Entonces comenzaron con el canto: “Ven, Espíritu Creador”. La última en ser ejecutada fue la priora, Madre Teresa de San Agustín. Antes de que su cabeza cayera bajo la guillotina, dijo la discípula de aquel gran santo: “El amor es siempre victorioso. El amor es el poder más grande”.

Es el Evangelio que acabamos de escuchar, creído y vivido. Es la presencia palpable del Espíritu de Jesús en aquellos que lo aman.

Los primeros cristianos, enfrentados con las persecuciones, se preguntaban por qué el Señor no se manifestaba ante el mundo con todo su poder y gloria, para hacer triunfar a sus seguidores y sumir en la vergüenza a sus adversarios. ¿Por qué el Señor se manifestó solamente a los discípulos, y no a todo el mundo? Los cristianos se podían sentir desamparados. Después de resucitar Jesús, los ojos del cuerpo ya no eran capaces de percibir su presencia glorificada.

Las palabras de Jesús que estamos meditando, dan la respuesta: El Señor Resucitado, junto con el Padre, se manifiestan, sí, pero no como un espectáculo, sino solamente a aquellos que están unidos a Jesús por la fe y el amor. “Habitan” en aquellos que aman a Jesús y conservan celosamente su palabra. Los discípulos de Jesús no quedan desamparados. Pueden percibir su presencia en su Palabra, en los Sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, en la Comunidad cristiana, en el hermano, ante todo en los pobres y necesitados, en todo lo creado, en los acontecimientos de cada día … Y no solamente lo pueden percibir a Jesús, sino además lo tienen verdaderamente presente en su corazón. El cristiano es un verdadero templo en que viven las personas de la Santísima Trinidad.

El Espíritu de Dios está presente en todos los cristianos, aun en los más humildes e ignorantes a los ojos del mundo. Los capacita para comprender el mundo y toda la vida con los ojos de Dios.

¿Cómo se nos manifiesta Jesucristo Resucitado?

Tenemos la palabra de Jesús. Debemos ser fieles a ella, o como dicen algunas traducciones: “guardarla”, no en un cajón, sino conservarla vigente con toda su verdad, sin distorsionarla. Debemos volver constantemente sobre ella, meditarla, actualizarla, atenernos a ella, y vivir en ella. La Palabra de Dios vale para todos los tiempos, y puede iluminar todos los aspectos de nuestra vida. No se trata de repetir mecánicamente algunos versículos de la Biblia, sacándolos fuera del contexto y aplicándolos así no más a problemas nuevos o totalmente diferentes. La promesa de Jesús nos asegura que el mismo Espíritu Santo nos ayudará a comprender cada vez más lo que la palabra de Jesús significa para nosotros hoy. Hay una asistencia divina en el magisterio de la Iglesia. Frente a las nuevas cuestiones que nos plantea el mundo moderno podemos permanecer serenos: la presencia del Espíritu Santo nos da la certeza de que vamos por el camino hacia la verdad completa.

¿Qué significa que debemos ser fieles a la palabra de Jesús?

El Espíritu Santo se lo llama en el Evangelio de San Juan “Paráclito”, que literalmente traducido del griego al castellano significa: “el que ha sido llamado para estar al lado”. Significa todo lo que había sido Jesús cuando estaba físicamente al lado de sus discípulos: el maestro que hace comprender la verdad, el iluminador, el “ayudador”, el asistente, el sustentador, el protector,el defensor, el procurador, el abogado, el animador.

¿Qué significa que el Espíritu Santo es nuestro «Paráclito»?

Jesucristo está presente hoy por medio de su Espíritu. Por eso no hay por qué ponerse triste, ni inquietarse ni acobardarse. La razón que Jesús da porque sus discípulos deberían alegrarse de que Él vaya al Padre, sorprende: “porque el Padre es más grande que yo”. Justamente en este Evangelio según San Juan Jesús insiste repetidas veces que el Padre y Él son “una sola cosa”. Jn.10,30. (ver también Jn.10,38; 14,9-11). Y los judíos le echaron en cara “que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.” Jn.5,18. Estamos ante el misterio de que Jesús es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre. Como Dios es igual a Dios Padre, como verdadero hombre puede decir: “el Padre es más grande que yo”.

¿Jesús es menor que Dios Padre?

Jesús nos da su paz, su “Shalom”, que significa justamente cercanía, comunidad, amistad, bienestar en todo sentido, es estar contento, es estar en armonía consigo mismo, con los demás y con Dios. Es dejarse introducir en la abundancia de la Vida Divina.

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