¿Cómo se reconoce a un cristiano?

Juan 13.34.35.

Ciclo C, Domingo 5º de Pascua

Un periodista había observado durante un día cómo la Madre Teresa de Calcuta sirvió con todo amor y entrega a los más pobres de los pobres. El sólo mirar esa realidad le había causado asco y repugnancia. Al final le dijo a la religiosa: “¡Esto yo no lo haría ni por un millón de dólares!”. Contestó la Madre Teresa: “Yo tampoco”.

Aquí chocan dos mundos: por un lado el mundo del periodista, donde por dinero se puede conseguir casi todo. Es el mundo del tener, del poder y del placer. Por el otro lado está el mundo de la Madre Teresa, el mundo del amor.

A primera vista el mandamiento del amor ya se lo encuentra en el Antiguo Testamento. Cuando un maestro de la Ley de Moisés le preguntó a Jesús: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”, Jesús le devolvió la pregunta, preguntándole a él a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. El doctor de la Ley, citando Deuteronomio 6,5 y Levítico 19,18, libros del Antiguo Testamento, respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.” Lc.10,26s.

Sin embargo, Jesús recalca que se trata de un mandamiento nuevo. ¿En qué entonces consiste lo nuevo del mandamiento de Jesús?

Primero,  para Jesús el “prójimo” no es sólo el hermano, el pariente, el compatriota, o a lo sumo el extranjero que habita en la misma tierra, como aparece en el Antiguo Testamento. Jesús amplía al infinito el mundo del prójimo. El “prójimo” es todo hombre, también el desconocido, el de otra religión, cualquier extranjero, y, sobre todo, también el enemigo.

Segundo, el mandamiento es nuevo porque Jesús cambia la medida del amor al prójimo. En el libro del Levítico la medida del amor era uno mismo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En el Evangelio, en cambio, la medida es el amor que Jesús tiene a los hombres. “Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.” Y sabemos que su amor lo llevó a entregar su vida para que nosotros tengamos la Vida en abundancia. Y sabemos que mientras lo hacían morir cruelmente, Él perdonó a los que lo odiaban.

El mandamiento del amor ya existía en el Antiguo Testamento.
¿En qué consiste lo nuevo del mandamiento del amor que da Jesús?

Este amor universal, capaz de superar incluso toda clase de odio, Jesús dijo que debe ser la señal distintiva de los cristianos. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.

Esto da mucho para pensar. Jesús no dijo que nos reconocerán como discípulos suyos por la medallita o crucecita que llevamos al cuello, ni por la imagen del Sagrado Corazón a la puerta de nuestra casa, ni por las peregrinaciones a algún santuario, ni por algún uniforme, ni porque digamos “yo soy muy católico”, ni porque tengamos guardada en algún cajón una vieja boleta de bautismo, ni porque pertenezcamos a algún grupo apostólico o movimiento, ni por los carismas espirituales, como el don de lenguas o el de curaciones. Todas estas cosas son buenas si se usan bien, pero no son lo esencial de nuestra fe. Al cristiano no se lo distingue por alguna señal exterior. Sólo se lo distingue por el amor al prójimo hasta la donación de la vida por él, a ejemplo de Jesús.

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