«¡Es el Señor!»

Juan 21,1-14.

Ciclo C, Domingo 3º de Pascua

El texto que meditamos hoy, está tomado del apéndice del Evangelio de San Juan. Este capítulo fue agregado más tarde. Mientras tanto la Iglesia había sido implantada en todas partes del Imperio Romano. Ya había llegado a ser una Iglesia mundial. Tuvo que surgir la pregunta: “¿En qué se basa la unidad de la Iglesia? ¿Cuál es nuestra tarea común?”.

Los cristianos de entonces tenían la conciencia: somos el grupo de Pedro, que sale a pescar en el lago tormentoso del mundo. El número de siete discípulos representa a toda la Comunidad cristiana. La Iglesia es el barco de Pedro. Su misión continúa siempre la misma: echar la red, reunir a los hombres en la Iglesia para acercarlos a Jesús.

Ya tienen la experiencia que a veces la red de la Iglesia queda vacía, otras veces hay un gran éxito inesperado.

Se preguntan: ¿Dónde está el secreto del éxito? ¿Cuál es el motivo del fracaso?

Mientras Pedro y los demás apóstoles actúan por propia iniciativa, no logran nada. “Esa noche no pescaron nada.” La Iglesia fracasa en su misión mientras confía en su propio poder, conocimientos y experiencia. Pero tendrá éxito si se deja guiar por la voluntad de Jesús, que se opone más de una vez a los propios planes. Él les dijo: “Tiren la red a la derecha de la barca.” Cuando están dispuestos a tirar la red en la dirección indicada por el Señor en lugar de la acostumbrada, cuando obedecen a Jesús, llega el éxito.

¿Cuál es el secreto del éxito de la Iglesia?

Sacan 153 peces grandes. ¡No hay que pensar que los hayan contado uno por uno! En la Biblia los números tienen casi siempre un significado simbólico. En este caso: el número 153 resulta de la suma de 1 a 17 (1+2+3+4+5+6 … +17 = 153). Por otra parte el 17 se compone de la suma de 10+7. Estos dos últimos números significan cada uno por sí una totalidad perfecta. Por tanto, la cantidad de 153 debe ser entendida como símbolo de la totalidad de algo, tal vez de las naciones o de las comunidades cristianas.

San Jerónimo afirma que en aquel entonces se conocían 153 especies de peces. Quiere decir: sacaron peces de toda clase. De hecho se habían integrado ya en la Iglesia personas de toda clase: judíos y paganos, griegos y romanos, ricos y pobres, patrones y esclavos, ilustrados y analfabetos. A pesar de la cantidad y de la multiplicidad de los peces la red no se rompió. Tampoco la red de la Iglesia se rompe a pesar de las distintas mentalidades, culturas y niveles sociales. La unidad de la Iglesia puede y debe mantenerse a pesar de las tensiones y la pluriformidad de ideas. Es posible la unidad en la diversidad.

¿Qué simboliza el número de 153 peces grandes?

Jesús, al amanecer, está en la orilla, en un primer momento como un extraño. Como Resucitado no se lo puede reconocer tan fácilmente como durante su vida terrena. Pero cuando Él se hace presente vuelve la luz, y la noche ha pasado. “Los discípulos no sabían que era Jesús.” Del mismo modo nosotros lo experimentamos a Jesús Resucitado todavía hoy: como al totalmente distinto en la orilla de la eternidad. “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿quién eres?, porque sabían que era el Señor.” Un silencio respetuoso rodea el misterio de la fe.

Pero también hoy como entonces experimentamos su presencia, cuando escuchamos su Palabra y cuando Él, como verdadero amigo, nos invita a comer en su mesa el pan de la Vida, en el Sacramento de la Eucaristía (Santa Misa).

¿Y por qué Jesús les da de comer también pescado? Pan y pescado son los mismos alimentos que en la multiplicación de los panes, la cual prefigura la Eucaristía. Además, en la joven Iglesia el pez fue la contraseña para darse a conocer mutuamente como cristianos. Se podían reunir solamente en secreto por el peligro de las persecuciones. El pez les sirvió como signo secreto que dibujaron en la pared de su casa o lo escribieron con el dedo en la arena. En el idioma griego, formando con cada letra de la palabra pez una nueva palabra, los cristianos habían inventado una breve profesión de fe: “Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador”. 

¿Cuándo Jesús deja de ser un extraño?

¿Qué querían decir los primeros cristianos con el símbolo del pez?

Pedro lleva en todo la delantera. Sin embargo, no es él quien reconoce a Jesús primero, sino “el discípulo al que Jesús amaba”. Quien está unido a Jesús por un amor profundo se da cuenta de su presencia con mayor facilidad. Y Juan, el discípulo amado, lo comunica primero a Pedro, no a cualquier otro, tampoco lo mantiene para sí en secreto. Reconoce el cargo de Pedro, puesto por el Señor para apacentar sus ovejas. Igualmente importante es que Pedro escucha y se deja instruir por uno más joven. Por amor a la unidad y la Voluntad del Señor se debe reconocer la autoridad de los ministros de la Iglesia, y éstos deben saber apreciar los dones espirituales de sus hermanos.

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