De cualquier clase y condición…

Efesios 3, 2-6.

Ciclo C, Epifanía del Señor

(Para la fiesta de la Epifanía del Señor, la Iglesia propone todos los años los mismos textos bíblicos. Por eso elegimos acá la 2ª lectura de la Misa. Ver el relato de los magos [Mt.2,1-12.] en el Ciclo A).

Dos misioneros católicos se cruzan en el aeropuerto de Roma: un africano con destino a Europa, y un europeo con destino a África. Conversan animadamente y se dan un fuerte abrazo.

San Pablo se habría alegrado infinitamente si en su vida terrenal hubiese podido observar esta escena. Pero seguro que en el cielo se le puso una sonrisa bien amplia. Porque este encuentro y los destinos de esos misioneros representan muy bien las convicciones y las metas por las que San Pablo luchó incansablemente, hasta dar la vida por ellas.

Desde la Argentina salieron y siguen saliendo misioneros hacia todos los continentes del mundo. Viceversa, aquí nos vamos acostumbrando a ver sacerdotes que vienen de países asiáticos y africanos. Se va cumpliendo la gran visión de San Pablo que sintetiza la Carta a los Efesios: el plan de Dios de “reunir todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es Cristo. Ef.1,10.

Probablemente, la Carta a los Efesios fue redactada por un discípulo de Pablo, pero en el espíritu de este gran Misionero, y posiblemente años después de la muerte del Apóstol. Se trata de una especie de «encíclica», o carta circular, destinada no sólo a la Iglesia de Éfeso, sino a toda la Iglesia cristiana.

La Carta comienza con el plan de salvación de Dios, destacando la dignidad y la importancia únicas que Jesucristo cumple en la obra de la creación y en la de la salvación. Ensalza la soberanía de Cristo sobre todo lo creado. Profundiza en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Dibuja una Iglesia realmente católica, con dimensiones mundiales. Es el instrumento de Dios para salvar a toda la humanidad.

¿Cuál es el gran plan de Dios con la humanidad?

En esta obra divina de salvación, San Pablo desempeña un rol particular. Hoy, nosotros lo conocemos como uno de los grandes Apóstoles, celebrando su fiesta junto con la de San Pedro (29 de junio: “Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles”). Pero no fue así al comienzo de la Iglesia. Ya que Pablo primero perseguía a los cristianos, le costó mucho conquistar su autoridad y defender su título de “Apóstol”. Pablo no había conocido al “Jesús histórico”, o sea, antes que éste muriese en la cruz. Él mismo se presenta como “el último de los Apóstoles”. 1Cor.15,9. Pero siempre defendía su credibilidad y rango de Apóstol invocando un encuentro y una revelación especial de Cristo Resucitado.

San Pablo, ¿en base de qué defiende su autoridad de ser Apóstol de Cristo?

Pablo aduce también su “comprensión” que tiene del misterio de Cristo. Este misterio no se conocía anteriormente y “consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.” Que Dios lo haya constituido ministro del Evangelio, San Pablo lo considera como una gran gracia, un regalo gratuito de Dios. (ver Ef.3,2.7.). Se describe a sí mismo como “el menor de todos los santos”, pero destaca que ha recibido “la gracia de anunciar a los paganos la insondable riqueza de Cristo”. Ef.3,8. 

¿Cómo comprende San Pablo el misterio de Cristo?

¿Qué considera San Pablo, ante todo, como un gran gracia de Dios?

San Pablo insiste en la igual participación y unión de todos los bautizados, vengan del judaísmo, o hayan sido antes paganos. El texto original griego subraya esta igualdad de los cristianos que vienen del paganismo, usando tres veces el mismo prefijo “con”: “co-herederos”, “co-miembros”, “co-partícipes”. 

El Evangelio es «la Buena Noticia» absolutamente para todos. Todos los pueblos son llamados a compartir la misma herencia, que, en último término, es la Vida gloriosa y eterna, a formar parte del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y a participar de la promesa que Dios hizo ya a nuestro padre en la fe, Abraham.

¿A qué están llamados todos los pueblos de la tierra?

La cultura, las costumbres y tradiciones tan diferentes entre judíos y paganos amenazaron permanentemente a dividir a la joven Iglesia. La Carta insiste en la unidad de la Iglesia, ya que todos pertenecen al mismo Cuerpo de Cristo. San Pablo ya había desarrollado esta imagen del único Cuerpo de Cristo que tiene muchos miembros (ver 1Cor.12,12-30.). Dios le reservó a la Iglesia esta noble misión de unir a toda la humanidad en Cristo y por Cristo.

En la Iglesia no debe haber aceptación de personas, ni desventajas ni privilegios por causas raciales, culturales o sociales. En este mundo todavía tan dividido y lleno de conflictos, la Iglesia debe promover la unión de todos los pueblos de la tierra.

Mirando al mundo entero, ¿cuál es la misión de la Iglesia?

En una de las plegarias eucarísticas pedimos a Dios que nos conceda su Espíritu para que “la Iglesia resplandezca en medio de los hombres como signo de unidad”. Y seguidamente: “Así como nos has reunido aquí en torno a la mesa de tu Hijo, unidos con María, la Virgen Madre de Dios, y con todos los santos, reúne también a los hombres de cualquier clase y condición, de toda raza y lengua, en el banquete de la unidad eterna, en un mundo nuevo donde brille la plenitud de tu paz”. (Plegaria eucarística sobre la Reconciliación II).

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