“Y la Palabra se hizo carne…”

Juan 1, 1-5.9-18.

Ciclo C, Natividad del Señor

Para el día de Navidad, a un párroco se le ocurrió algo medio extraño. Cuando la gente, como todos los años, venían a la Misa, vivieron una gran desilusión. En el lugar donde solía estar el pesebre con el Niño Jesús, lucía un gran cartel que decía: “Jesús no es más un niño. Mientras tanto ya se hizo grande”.

Ciertamente el párroco con esto no quiso negar el misterio de que el gran Dios se hizo un débil niño. Más bien habrá querido advertir que celebrar la Navidad no es solamente una cosa linda para los chicos, o tal vez también una buena oportunidad en la que los adultos, de corazón ya endurecido, nos permitimos una vez al año algunos sentimientos románticos, recordando nuestra propia niñez. Ese párroco habrá querido decir que Jesús es mucho más que un niño simpático, y que hay que tomarlo en serio.

El prólogo del Evangelio según San Juan nos presenta a Jesús, y nos habla de su grandeza y la importancia que tiene para nosotros.

Es un texto poético, un himno de la Iglesia de los primeros años, a modo de villancico navideño. Nos habla de los orígenes de Jesús y de su venida a nosotros. A diferencia de los demás evangelistas, el Evangelio según San Juan no se queda en San Juan Bautista y el bautismo de Jesús, como Marcos, ni en el nacimiento virginal como hacen Mateo y Lucas. Este Evangelio llega hasta los orígenes de Jesucristo que se remontan a la eternidad misma de Dios.

En esto reside la razón última de por qué Jesús puede hablarnos de Dios con toda autoridad. Al contemplar al Niño Jesús recién nacido, envuelto en pañales, el Evangelio nos dice que este recién nacido no es otro que la misma Palabra de Dios que ha existido desde siempre, y que es el mismo Dios. Jesús es la Palabra de Dios por excelencia. Dios se manifiesta en su Hijo único Jesucristo. En Él se revela, o sea: quita el velo que ocultaba su rostro.

¿De qué nos habla el prólogo del Evangelio según San Juan?

“Al principio existía la Palabra.” El himno comienza con las mismas palabras con las que se abre la Biblia: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra.” Al hablar de la creación en el principio de los tiempos, la Biblia nos enseña que Dios hizo todas las cosas con su Palabra: Dios dijo y las cosas fueron hechas. La Palabra de Dios es todopoderosa. Y el prólogo del Evangelio según San Juan agrega que esta Palabra no comenzó a existir como las demás cosas, sino que ha existido desde siempre, y que desde toda la eternidad era Dios.

¿Qué relación tiene la Palabra con la creación?

Jesús, la Palabra de Dios, es la Vida y la Luz. La felicidad, la vida verdadera no se encuentra en el hombre mismo, sino en el Creador de todo lo que existe. Dijo Jesús de sí mismo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” Jn.14,6.; y: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.” Jn.11,25s.; y: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida.” Jn.8,12. El éxito o el fracaso de nuestra vida depende de si estamos o no unidos a Jesús.

¿Por qué sólo Jesús nos puede dar la verdadera Vida?

Todo el mundo ha surgido a la existencia por la fuerza de la Palabra de Dios. Por eso toda la creación nos “habla” de Dios. Dios se nos manifiesta por medio de sus creaturas. Muchos se han quedado tan admirados y encandilados por las cosas hechas que en vez de adorar al Creador se pusieron a adorar a las creaturas. Hoy en día hay tantas personas que andan con la mirada tan baja, sumergidas en sus problemas o problemitas, que no alcanzan a descubrir la presencia de Dios en la creación y en sus vidas. “La Palabra estaba en el mundo, pero el mundo no la conoció”, dice melancólicamente el texto bíblico. Hasta hoy sigue la lucha entre la luz y las tinieblas en las mentes y en los corazones.

¿Cómo se muestra hoy que la lucha entre la luz y las tinieblas sigue?

La Biblia nos muestra las diversas formas que Dios eligió para hablar a los hombres. Aparte de la creación, que es un libro abierto que nos habla del Creador, Dios eligió un pueblo y le mandó mensajeros, los profetas, y finalmente envió a su propio Hijo. Éste habitó, o literalmente traducido: “plantó su carpa entre nosotros”. El Antiguo Testamento habla de que Dios estaba presente en la tienda, o sea carpa, en el templo, en el tabernáculo. Jesús es la culminación de todas las maneras de la presencia de Dios en medio de los hombres. Pero como los profetas de la Antigua Alianza, tampoco Jesús fue recibido por los suyos. La mayoría de los judíos no lo recibieron.

¿Dónde lo podemos encontrar a Dios?

Aquellos que reciben a la Palabra de Dios, a Jesús, en la fe, pueden participar en su Vida Divina. Por medio del Hijo Eterno de Dios podemos llegar a ser hijos adoptivos de Dios, gracias a un nuevo nacimiento. Este nacimiento no procede ni de la sangre ni de la voluntad del hombre, es decir: no es resultado de la posibilidad humana. Gracias a la iniciativa de Dios mismo se nos regala esta Nueva Vida en el Bautismo.

¿Cómo llegamos a ser hijos de Dios?

La “carne” indica lo débil, caduco, impotente. Dios, en Jesús, se hizo carne, un hombre débil, para que el hombre comenzara a ser hijo de Dios.

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