El Rey con una corona de espinas.

Juan 18, 33-37.

Ciclo B, Domingo 34º durante el año — Fiesta de Cristo Rey

Todos estamos en la tentación de querer imponernos a la fuerza. Queremos salir con lo nuestro. Los métodos para imponerse son muchos y diversos: Se lo intenta esgrimiendo argumentos. Pero éstos no siempre dan resultado. O se insiste en la autoridad. Y así uno se pone fácilmente en ridículo. O uno retira el cariño; un modo especialmente feo. O con silencio, que puede ser diabólicamente agresivo. O se lo aguijonea al adversario como mil avispas…

Los poderosos de este mundo hicieron pintar en sus escudos animales salvajes como símbolos de su dominio: un león que con su rugir difunde miedo; un águila que con su mirada aguda lo controla todo; un dragón que escupe fuego e infunde terror…

En una época en que la mayoría de los emperadores y reyes habían perdido su influencia, el Papa Pío XI introdujo en el año 1925 la fiesta de «Jesucristo, Rey del universo». No fue para reemplazar a los reyes de este mundo, sino para decirnos quién es Cristo para nosotros.

Ante Pilato, Jesús puso en claro que Él no es como los reyes de esta tierra: “Mi realeza no es de este mundo”. Su poder se manifiesta en extrema falta de poder humano. Le pusieron un manto rojo y una corona de espinas para burlarse de Él. Después se hizo clavar sus manos en la cruz. Así quedó claro que no quiso usar sus codos para imponerse.

Jesús vino como cordero, no como león. No hace desangrar a otros, sino Él derrama su sangre por nosotros. Asume la propia muerte, para que tengamos la Vida. No lava a otros la cabeza, sino los pies. No vino con la espada, sino con la cruz. Sin darse cuenta, los que se burlan de su impotencia expresan lo más profundo de la realeza de Jesús: “¡Ha salvado a otros!” Mt.27,42. 

Jesús no se impone a modo de los que dominan a las naciones. Él mismo lo explica: “Si yo procediese como ustedes, tendríamos ahora guerra. Yo habría juntado a mis adeptos, los habría armado, y ellos habrían luchado para defenderme. Habría heridos y muertos. Habría destrucción, y viudas desconsoladas. No quiero ser un rey de esta clase. Así proceden hombres, pero no Dios.”

Jesús convierte el “me impongo a la fuerza” en el “me pongo en el último lugar”. Les prohíbe a sus discípulos defenderlo con la espada. No necesita ejércitos, ni gran número de partidarios, ni riquezas materiales. Jesús no quiere llegar al poder. Ya lo tiene: el poder del amor.

¿Cómo se muestra el poder de Jesucristo?

Jesús vino al mundo “para dar testimonio de la verdad”. La verdad es la presencia de Dios mismo en este mundo. Se la puede llamar también «Luz» o «Vida». La gran Verdad de Dios es su infinito Amor, incluso hacia sus creaturas rebeldes. Esta misericordia de Dios se manifiesta en Jesús, en su muerte en la cruz y en su Resurrección. Dios ama a todos, especialmente a los más débiles y pequeños.

Jesús no es un rey que hay que buscar entre la sociedad “alta”, ni siquiera en las casas de los ciudadanos “normales”. Los magos lo encuentran finalmente en un establo, entre animales y pastores, gente de mala fama. Jesús no impone su Reino a la fuerza desde arriba, lo construye “desde abajo”. Se sienta con los marginados, con los colaboradores con los explotadores romanos, con los pecadores, las prostitutas y borrachos. Se identifica con ellos: “Lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.” Mt.25,40. En este ambiente del amor de Dios florecen la justicia y la paz.

¿De qué clase de verdad Jesús da testimonio?

Algunos pretenden que el Reino de Dios sea algo absolutamente espiritual que no debe intervenir para nada en las cosas de este mundo. Pero Jesús afirma claramente que su Reino no es del mundo, pero está en el mundo. No se confunde con el mundo porque tiene que ir renovándolo día a día, y por eso mismo tiene que estar presente en todos los ámbitos humanos y actuar en ellos. La Verdad del Evangelio ha de invadir toda la realidad de los hombres. De allí, que la Iglesia deberá anunciarla y vivirla de tal modo que promueva la solidaridad de la familia humana. Sobre todo, habrá de recordar que, en cualquier régimen político, han de ser respetados los más pequeños en sus derechos elementales: vida, trabajo, educación, salud, vivienda.

¿Qué tiene que ver el Reino de Dios con las cosas de este mundo?

Rezar: “que venga tu Reino”, es lo mismo que “hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo”. El Reino es como la levadura en la masa: debe transformarlo todo desde adentro.

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