Dios no mira la billetera…

Marcos 12, 41-44.

Ciclo B, Domingo 32º durante el año

En el momento de morir, un hombre rico pensaba solamente en lo que había pensado durante toda su vida: en la plata. Con sus últimas fuerzas se sacó la llave que llevaba atada al cuello, señaló el cofre que estaba al lado de su lecho, y mandó que le pusieran la bolsa repleta de monedas de oro en el ataúd. En la otra vida veía una mesa puesta con las comidas más ricas. — Decime, ¿cuánto vale este plato? — Un centavo. — ¿Y aquella torta? — También un centavo. El hombre se sonreía: “barato, maravillosamente barato”, pensaba, y eligió sus comidas preferidas. Pero cuando quiso pagar con una moneda de oro, el vendedor celestial no se la aceptó. “¡Hombre”, le dijo, sacudiendo la cabeza y lamentándolo, “tú aprendiste bien poco durante tu vida terrenal. Aquí vale solamente el dinero que uno ha regalado mientras vivía en la tierra!”.

Dios no mira la billetera. Le interesa bien poco cuánto contiene. Ni siquiera le interesa en primer lugar cuánto uno da. Dios mira el corazón. Le interesa nuestra capacidad de compartir, y de confiar en su Providencia.

En cuanto a nuestros bienes materiales, ¿qué le interesa a Dios?

A pesar de todas las amonestaciones de los profetas, en el tiempo de Jesús, las viudas formaban en Israel uno de los grupos más marginados. Su posición social fue desesperante, de tal modo que en la Biblia las viudas llegaron a ser el símbolo de la pobreza e indigencia. El mundo no tomó en cuenta a esos «pobres de Yavé». Pero Dios tiene otro modo de valorar a las personas. Para él los dos centavos con un valor ridículo de la viuda pobre tienen más valor que las ofrendas abundantes de muchos ricos.

La viuda da sin doble intención. Por dar tan poco no puede esperar ninguna condecoración. No habrá discursos de agradecimiento, ni corte de cinta, ni fotos. Lo poco que tiene lo da de la manera más natural, sin esperar ninguna recompensa. No calcula. Ayuda sin pensar en sí misma. Tiene algo más que un gran espíritu de sacrificio, más que una admirable generosidad. Sus dos monedas llevan el sello de esa entrega total a Dios que exige el primer mandamiento (ver Mc.12,30).

La viuda “dio todo lo que poseía”. Entregó su último dinero. ¿Cómo se puede regalar todo lo que se necesita con tanta urgencia? Ella “dio todo lo que tenía para vivir”. Dio el resto de su sustento de vida. En adelante, ¿quién la sostendrá? Sin embargo, esa mujer pobre no muestra angustia alguna por el futuro. Confía en que Dios la sostendrá aunque no tenga ni un centavo en el bolsillo. Sabe que a lo sumo podría procurar medios para vivir, pero no la vida misma. Posee una profunda confianza en la Providencia de Dios. Sabe que vale más que unos pájaros, y que Dios le dará todo por añadidura a aquel que busca primero su Reino y su justicia (Mt.6,25-34). Tiene una fe inquebrantable en el amor de Dios. No cree sólo en algunas frases del catecismo. Pone toda su esperanza en el Dios viviente. Sabe que Dios y ella tienen el mismo objetivo: “Dios me ama y quiere mi felicidad”. No necesita angustiarse tratando de asegurar su futuro porque sabe que Dios siempre la cuidará.

Hay un total contraste entre los ricos que “daban en abundancia” y la pobre viuda que dio dos moneditas de cobre, que en aquella época tenían el menor valor. Es cierto que los ricos daban mucho, pero en realidad daban algo de lo que tenían. En cambio, esa mujer dio todo lo que tenía. Aún más, no solamente da lo que tiene, sino se da a sí misma.

Tiene el valor de renunciar a todas las seguridades humanas para abandonarse totalmente a las manos de Dios.

¿Por qué “esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros”?

Y entregándose a sí misma a la bondad de Dios, no se vuelve más pobre, sino infinitamente más rica. Gana la maravillosa libertad de los que confían totalmente en Dios.

Jesús hace ver que no es cuestión de fijarse en la cantidad de lo que uno da. Importa que uno se abra totalmente al amor de Dios Padre.

¿Qué ganó la pobre viuda al desprenderse de “todo  lo que tenía para vivir”?

A Jesús mismo le tocó en ese momento vivir el abandono a Dios Padre hasta las últimas consecuencias. Recorría la última etapa de su vida terrenal. Acababa de anunciar tres veces su muerte ya muy cercana. Se encontraba ya en Jerusalén. La trampa mortal se iba a cerrar pronto para él. Sabía que, como la viuda, en medio de toda inseguridad humana, podía buscar seguridad solamente en su Padre celestial. Y comentando esta escena tan breve nos quiere enseñar también a nosotros lo que puede significar para nosotros un camino muy largo: aprender a confiar totalmente en la Providencia de Dios Padre.

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