Rico, y pobre a la vez…

Marcos 10, 17-30.

Ciclo B, Domingo 28º durante el año

Un hombre viene corriendo. Su pregunta tiene urgencia. La plantea sin rodeos: “¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”, o sea: “¿Qué debo hacer para que mi vida no termine en la nada?”.

El hombre no lleva nombre. Representa a todos nosotros. En el fondo del alma, a cualquiera de nosotros nos preocupa esta cuestión: “¿Qué debo hacer para que no se me escape la vida? ¿Qué debo hacer para que llegue a ser plenamente feliz, y para siempre?”.

En primer lugar Jesús aclara que “sólo Dios es bueno”. Para Él, evidentemente, es decisivo descubrir ante todo la bondad de Dios. De él viene toda vida y felicidad.

¿Por qué Jesús insiste en que “sólo Dios es bueno”?

En segundo lugar, los mandamientos de Dios son precisamente una manifestación del amor de Dios. Nos quieren encaminar hacia la plenitud de la vida. Jesús remite al hombre a lo que él ya sabe, porque ello está inscrito no solamente en tablas de la ley, sino también y sobre todo en su corazón: el amor a los demás. Jesús recuerda solamente aquellos mandamientos que se refieren al prójimo. Por de pronto, no se trata de esfuerzos sobrehumanos, o de la confesión teórica de la verdadera doctrina. Primeramente se trata de la convivencia realmente humana de todos los días. Lo mismo lo destacan otras escenas en el Evangelio, por ejemplo la del Juicio final: Cristo Rey nos preguntará por el modo en que hemos tratado al hermano necesitado (Mt.25,31-46).

¿Para qué sirven los mandamientos?

Ese hombre es el modelo de un judío piadoso. Desde su adolescencia cumplía con la obligación de guardar la Ley de Dios, y con buena conciencia pudo decir que lo estaba haciendo bien. “Jesús lo miró con amor”. Porque sin duda se trata de una persona sincera y de buena voluntad, y que, ante todo, busca algo más aún que cumplir meticulosamente los mandamientos. Y Jesús le confirma que, en verdad, existe algo más, y que le falta todavía: saber compartir con los demás todo lo que tiene, y hacerse discípulo de Él. Podemos ser buenas personas; pero ser amigo de Jesús cuesta más: saber compartir la vida con los demás.

Jesús ofrece un maravilloso trueque: renunciar a toda aparente seguridad de este mundo, y confiar plenamente en la bondad y providencia de Dios. El hombre no logra aceptar este intercambio. Se retira entristecido y apenado, para tratar de seguir acrecentando sus plazos fijos.

Contrasta el entusiasmo con que el hombre vino corriendo, con la tristeza con que se aleja. Es que el enemigo más común de la alegría cristiana, que impide descubrir el gran tesoro del Evangelio, es el apego al dinero y a todo el mundo que lo rodea. Como dijo Jesús en otra ocasión, al explicar la parábola del sembrador: “las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias penetran en ellos y ahogan la Palabra, y ésta resulta infructuosa.” Mc.4,19.

En el fondo, este hombre no era libre. Jesús dijo en otro momento: “Nadie puede servir a dos señores. No se puede servir a Dios y al Dinero.” Mt.6,24. Los bienes materiales de por sí no son malos. Lo malo es tener el corazón apegado a ellos. Querer entrar al Reino manteniendo las ataduras a cosas o personas de este mundo, es tan difícil como querer hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Solamente Dios puede transformar el corazón del hombre.

¿Por qué el hombre “se fue apenado”?

¿Qué debemos hacer para “heredar la Vida eterna”?

El cristiano no tiene odio a las cosas materiales, ni huye del placer como si éste fuera en sí mismo un mal. Solamente aquel que posee algo, puede darlo. Lo malo es aferrarse a las cosas, poner en ellas el corazón, y no compartirlas con los demás. No hay que olvidarse nunca que solamente somos administradores de los bienes. Y lo debemos ser para el bien de todos. Debe ser el corazón que da, las manos solamente entregan cosas.

Al integrarnos de verdad en una Comunidad cristiana, no nos deshacemos de los bienes quemándolos, sino compartiéndolos, de manera que si dejamos uno, ahora tenemos cien, porque todos compartimos lo de todos.

¿Cómo considera el cristiano los bienes materiales?

¿Cuándo los bienes materiales son un peligro?

Todos, más o menos, tenemos el corazón apegado a algo. Y para aferrarse más a las cosas que a Dios, no necesariamente tenemos que tener una cuenta gorda en el banco. También podemos estar poseídos de lo poco que tenemos. También podemos tener el corazón atado a las riquezas materiales si las estamos deseando o ambicionando desmedidamente. Dice Jesús: “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.” Mt.6,21. Y nuestro corazón debe estar en Dios.

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