No traces el círculo muy pequeño…

Marcos 9, 38-41.

Ciclo B, Domingo 26º durante el año

“¡No traces el círculo muy pequeño! El mundo de Dios es más grande que el mundito al que estás acostumbrado”, nos quiere decir Jesús hoy. Y nos quiere liberar de la tentación de encerrarnos en nuestro pequeño círculo. Nos quiere liberar de nuestra mezquindad, intolerancia y envidia.

La joven Comunidad cristiana de la época en que se escribió este texto bíblico, ya experimentó que, por un lado, no todos sus miembros eran justamente buenos ejemplos, y que, por el otro lado, también fuera de ella hubo gente que hicieron muchas cosas buenas. Lo hacen en el Nombre de Jesús, en su Espíritu, pero no quieren tener nada que ver con la Iglesia.

Muchas cosas buenas crecen y voces proféticas se escuchan también fuera de los límites y cercos de la Comunidad cristiana. Jesús exhorta no levantar muros, sino reconocer gustosamente el bien que se realiza “fuera” del propio grupo o Comunidad.

“El que no está contra nosotros, está con nosotros.” No es fácil mantener siempre ese espíritu abierto. En los Evangelios según San Mateo y según San Lucas, aparecen estas palabras en una formulación diferente: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” (Mt.12,30; Lc.11,23). Jesús puede haber dicho las dos cosas, si bien en situaciones distintas. Él combate decididamente el mal, pero cuando se trata de las personas, no conoce ningún fanatismo estrecho.

¿Sólo los cristianos hacen el bien?

El Espíritu Santo sopla donde él quiere (ver Jn.3,8). Él no está atado exclusivamente a instituciones y ministerios. Actúa también fuera de los 7 Sacramentos y fuera de la Iglesia visible. Habita también en los corazones de los “cristianos anónimos”; inspira a todas las personas de buena voluntad aunque no se confiesen explícitamente cristianos. Y hasta en aquellos que combaten el cristianismo, no siempre todo es maldad. Tal vez combaten solamente aquello que nosotros injustamente presentamos como “cristianismo”, y en verdad no se ajusta al Evangelio.

Recuerda Juan Pablo II: “El Espíritu se manifiesta de modo particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son universales, sin límite alguno ni de espacio ni de tiempo. El Concilio Vaticano II recuerda la acción del Espíritu en el corazón del hombre, mediante las «semillas de la Palabra», incluso en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios. … Toda auténtica plegaria está movida por el Espíritu Santo, que está presente misteriosamente en el corazón de cada persona.” (ver RM 28 y 29).

“Dios no deja de hacerse presente de muchas maneras, no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las religiones, aunque contengan lagunas, insuficiencias y errores. Todo ello ha sido subrayado ampliamente por el Concilio Vaticano II y por el Magisterio posterior, defendiendo siempre que la salvación viene de Cristo y que el diálogo no dispensa de la evangelización. … El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación.” (RM 55).

El Espíritu Santo sopla donde Él quiere.
¿Para qué entonces sirve la Iglesia?

Dice el Papa Pablo VI: “La Iglesia respeta y estima las religiones no cristianas, por ser la expresión viviente del alma de vastos grupos humanos. Llevan en sí mismas el eco de milenios a la búsqueda de Dios; búsqueda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad y rectitud de corazón. …La Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad.” (ver EN 53). Ya el Concilio Vaticano II formuló: “La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que entre ellos se da, como preparación al Evangelio, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan la vida” (LG 16). Sin duda Dios quiere que todos los hombres creados por él se salven (ver 1Tim.2,4).

¿Por qué motivos la Iglesia estima a las religiones no cristianas?

Y a respecto a los cristianos no-católicos expresa: “La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo, aunque no profesan la fe en su integridad o no conservan la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro.” (LG 15). Con todo derecho y justicia debemos reconocerlos como “hermanos en el Señor” (ver UR 3).

¿Por qué los católicos reconocemos a los cristianos no-católicos como “hermanos en el Señor”?

Consuela saber que el Señor traza el círculo muy amplio. El Reino de Dios es mucho más grande que la Iglesia visible.

A nosotros, los que pertenecemos a la Iglesia Católica, el Concilio nos advierte: “No se salva el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, porque está en el seno de la Iglesia con el ‘cuerpo’, pero no con el ‘corazón’.” (LG 14).

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