Me salvo únicamente por la fe.

Santiago 2, 14-18.

Ciclo B, Domingo 24º durante el año

En sus cartas a los cristianos de Roma y a los cristianos de Galacia, San Pablo explica con insistencia que una persona no puede salvarse por sus propias obras, sino únicamente por la fe. Como pecadores que somos, no podemos hacer absolutamente nada por nuestra salvación. Dependemos totalmente de lo que Dios ha hecho ya por nosotros por medio de Jesús. Por eso, un cristiano se entrega a Jesús, depositando en Él toda su vida.

La Carta de Santiago no cuestiona para nada que nos salvamos por iniciativa y pura misericordia de Dios. Las buenas obras no son causa de nuestra salvación, pero sí son fruto y signo de una fe viva. Santiago no contradice a San Pablo, sino agrega un aspecto importante: la fe sola, es decir, sin obras, es una fe muerta, y no puede salvar a nadie. Aceptar sólo la “verdadera doctrina”, creer en “todo lo que la Iglesia enseña”, no es ninguna garantía para llegar al Cielo. Por lo menos tan importante como la recta fe es el recto obrar. Recién por las obras se muestra la fe como verdadera y eficaz. Así, en definitiva, los dos Apóstoles tienen razón, y se complementan.

¿Cómo ven San Pablo y Santiago la relación entre fe y obras?

¿De qué manera se complementan los dos Apóstoles?

Por el mismo motivo insisten nuestros Obispos: “La predicación de la fe (evangelización) y la tarea de promoción de la dignidad humana (justicia, derechos, etc.), nunca han de ser presentados de forma disociada, como si configurasen dos líneas paralelas en la misión de la Iglesia. Han de ser testimoniadas y proclamadas como pertenecientes ambas a la misma y única misión evangelizadora. Ambas son formas de ‘evangelización’. … La Evangelización comprende necesariamente todo el ámbito de la promoción humana. Es pues, nuestro deber, trabajar por la liberación total del hombre. …

La dureza del presente y la autenticidad de la evangelización, exigen a todo bautizado realizar una acción eficaz de promoción de la justicia, de alivio del dolor y de defensa de la real dignidad del pobre, del débil y del indefenso, inspirándose en la Doctrina Social de la Iglesia.

En una patria dotada de todo tipo de recursos y posibilidades, el pecado de falta de solidaridad es en gran medida causa de los niveles de miseria. Para convertirnos, es necesario volver al Evangelio y redescubrir el sentido de la austeridad. Así podremos asumir en nuestras vidas esa fecunda pobreza evangélica que, reteniendo sólo lo necesario, impulsa a compartir con alegría lo que se es y lo que se posee, enriqueciéndonos al ser artífices de una justicia nueva, y liberadores fraternos del sufrimiento de tantos. Justicia que exige también laboriosidad y empeño en el trabajo, y un esfuerzo especial de honestidad por parte de todos, frente a la corrupción tan extendida. …

No se puede vivir la caridad y nadie puede sentirse verdaderamente cristiano si mantiene actitudes que contribuyen a la marginación u obstaculizan la participación de todos los hombres en la vida y en los bienes de la Comunidad.

Todo ello nos urge a emprender una organización de la caridad (Cáritas) y una pastoral social que supere el mero asistencialismo, y conduzca a una promoción capaz de despertar la conciencia del hombre en todas sus dimensiones para que, valiéndose por sí mismo, llegue a ser protagonista de su propio desarrollo. Como dice el Papa: ‘una promoción en el marco de la solidaridad y de la libertad’. …

Esta acción pastoral torna urgente potenciar la solidaridad de todos los cristianos, realizando un esfuerzo caritativo y misericordioso extraordinario, para expandir la presencia y acción de la Iglesia en la atención espiritual, asistencial y promocional del pobre. Pobre en la vastedad de su extensión: los enfermos, los sub-ocupados, los desocupados, los ancianos, los sin techo, las víctimas de injusticias y calamidades, los analfabetos o semi-analfabetos, los marginados o postergados de todo tipo, los migrantes e itinerantes, los amplios sectores juveniles espiritualmente desorientados y los menores desamparados.” (ver: Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, nº 22; 55–59).

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