“Felices los que tienen el corazón puro…”

Marcos 7, 14-23.

Ciclo B, Domingo 22º durante el año

En el día del cumpleaños de su señora, el marido llega antes de lo acostumbrado. Se acerca a su esposa, le da un beso y le dice: “No te compré ninguna cosa para regalarte. Pero hoy me retiré antes del trabajo, para estar más tiempo con vos”.

De hecho, siempre estamos tentados de dar algo, alguna cosa, en lugar de darnos a nosotros mismos.

Jesús les echó en cara a los fariseos y algunos escribas, citando al profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Estas mismas personas “muy religiosas” habían criticado a los discípulos de Jesús porque “comían con las manos impuras”, es decir: sin lavarlas cuidadosamente. Delante de toda la gente, los discípulos de Jesús no cumplían con las leyes de la pureza.

Estas tradiciones humanas enseñaban que había cosas que manchaban al hombre. Quien estuvo en contacto con ellas no podía más participar en las ceremonias religiosas, ni tratar con nadie. Así, por ejemplo, se decía que quien padece de lepra es impuro, que quien toque o coma un reptil quedará impuro, así como quien beba agua de un pozo donde ha caído el cadáver de uno de esos animales. Y la impureza se contrae aunque estas acciones se hagan sin querer.

Las personas impuras, después de algún tiempo, debían cumplir con ciertos rituales y lavados para “purificarse” y poder volver a convivir con los demás miembros del pueblo y participar en los actos religiosos.

Lo que Jesús censura es la hipocresía de esa gente tan “piadosa” porque suplantaban la limpieza de la conciencia, que se obtiene con el cumplimiento de la ley de Dios, por la limpieza exterior de las manos que se logra con un poco de agua de la canilla.

¿Qué les echa en cara Jesús a sus adversarios?

De ningún modo Jesús era un anarquista que estuviese contra toda norma o tradición. (ver Mc.1,44; 12,17). Pero no toleraba que, con el pretexto de legalidad o de tradición se atropellase la justicia y el amor. A los que interpretaban el descanso del sábado como imposibilidad de hacer el bien, les recordó que “el sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.” Mc.2,27. Y no temió romper con los prejuicios sociales que impedían sentarse a la mesa con gente de mala fama (Mc.2,15-17).

A Jesús le importaba la verdad de las cosas, no las apariencias. Por ello, restauró el valor de la Ley de Dios y relativizó las leyes y tradiciones humanas. Inspirada en esta doctrina, la Iglesia enseña que las leyes humanas valen y son respetables en la medida en que sirven para poner en práctica la Ley de Dios.

Ya los profetas habían enseñado que para acercarse a Dios, lo importante es buscar la pureza del corazón. En las Bienaventuranzas Jesús dijo: “Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios”. Mt.5,8.

En cuanto a las leyes y tradiciones, ¿qué es lo que le importaba a Jesús?

Ya no existen más cosas puras o cosas impuras. “Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.”  Fiel a Jesús, San Pablo escribe a los cristianos de Colosas: “que nadie los critique por cuestiones de alimento y de bebida.” Col.2,16.

Jesús deja en claro que lo que ciertamente mancha al hombre, es lo que sale de un corazón lleno de pecado. Lo que mancha es el pecado. Para demostrarlo mejor se enumera una larga lista de ejemplos: trece malas acciones que vienen todas del corazón del hombre, la verdadera fuente de la pureza o de la impureza.

Todos estamos en la tentación de fijarnos en primer lugar en algo exterior que se puede mostrar. Pero la santidad pasa por el corazón. Y no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos.

Hay personas que a veces se angustian por algo que hicieron, pero de lo que no sabían que estaba mal. Jesús las invita a que examinen su corazón. Porque para que se pueda hablar de pecado, tiene que haber intervenido el corazón. Lo que cuenta ante Dios es nuestra intención. Uno no puede pecar sin darse cuenta de que se está haciendo algo malo. Por otro lado existe también la obligación de educar la conciencia a la luz del Evangelio para aprender a saber distinguir entre el bien y el mal.

Nuestro corazón es como una fuente de la que brotan pensamientos, decisiones y acciones. Si nuestro corazón es puro, también nuestras obras serán agradables a Dios. Pero si es un pozo negro, no saldrá ciertamente nada bueno.

¿En qué consiste la impureza?
¿En que consiste la pureza?

Dios prefiere que nos ensuciemos las manos, tratando de hacer el bien con intención limpia, a que no hagamos nada por miedo a equivocarnos.

Un hombre que se creía muy justo y piadoso muere y se presenta ante Dios. Lleno de orgullo dice: “Mire, querido Dios mío, mis manos están perfectamente limpias”. Contesta Dios Padre: “Sí, es verdad, tus manos están perfectamente limpias, pero lamentablemente están también vacías”.

Una respuesta a ““Felices los que tienen el corazón puro…”

  1. pedro horacio caballero

    un gran abrazo para vos mi amigo… que dios te bendiga siempre…horacio svd… de eldorado misiones…

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