“Señor, ¿a quién iremos…?”

Juan 6,60-71.

Ciclo B, Domingo 21º durante el año

Un aristócrata ruso había sido denunciado ante el zar, y fue desterrado a Siberia. Como hombre de fe mantenía una costumbre piadosa: nunca se sentaba con su familia a la mesa sin reservar un lugar para una visita inesperada, o para el caso de “que Jesús mismo viniera a visitarlos”. Un día alguien golpeó la puerta y pidió ayuda. El aristócrata se dio cuenta de que fue justamente aquel hombre que lo había traicionado ante el rey. Después de momentos que parecían toda una eternidad, el dueño de casa lo hace entrar al culpable de su destierro, y lo lleva al sitio en la mesa destinado para Jesús.

Ciertamente en la vida de cada uno de nosotros llega algún día el momento en que nos asalta la idea: “Es duro el Evangelio. Es demasiado lo que Jesús exige”. Y sentimos la tentación de “dejarlo todo”.

No fueron solamente sus adversarios, sino también muchos de sus discípulos que encontraron las exigencias de Jesús demasiado exageradas. También para ellos el lenguaje de Jesús es duro, es difícil para comprenderlo, y más difícil para aceptarlo. Jesús se da cuenta de su aflicción, pero no se retracta en nada de lo que había dicho: que deben creer que Él es el Pan vivo que ha bajado del cielo, y que hay que comer su carne y beber su sangre para tener la Vida eterna.

Jesús completa lo que había afirmado hablando de su glorificación. Quiere que comprendamos que su encarnación, su entrega en la cruz y su ascensión al cielo son tres aspectos del mismo misterio de su persona, y que Él está presente enteramente con su cuerpo, su alma y divinidad en el “Pan de la Vida”.

¿Qué enseñanzas de Jesús les parecieron hasta a muchos discípulos suyos difíciles para aceptar?

“¿También ustedes quieren irse?”. En algún momento de la vida nos toca tener que decidirnos en la fe. Mucho de lo que Jesús predicó nos puede parecer lógico, y hasta puede entusiasmar, como por ejemplo el sermón de la montaña. Pero Jesús quiere más que enseñar un noble comportamiento humano. Él nos quiere comunicar la Vida que supera a la muerte. No se trata solamente de una doctrina o de una filosofía, se trata de la Vida misma, de la Vida total y para siempre. Y Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida. La decisión se debe hacer en favor o en contra de la persona de Jesucristo. La pregunta no es: ¿en qué debemos creer?, sino: “¿a quién iremos?”.

¿En qué, ante todo, consiste la fe cristiana?

¿Por qué Jesús en ese momento no los obligó a sus discípulos a quedarse con Él haciendo un milagro que los dejara sin palabras o amenazándolos con un castigo a todos los que quisieran abandonarlo? Nada de eso. Dios muestra un gran respeto por el hombre. Él nos ha hecho libres, y debemos tomar nuestras decisiones con libertad. En un asunto tan importante como el de nuestra salvación, Dios respeta nuestra libertad. Recién en el día del Juicio cada uno deberá dar cuenta de cómo la ha usado.

¿Cómo se muestra que Dios respeta nuestra libertad?

Jesús dice: “Nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Con esto nos enseña que la fe no es algo que nosotros podamos crear, sino que es un regalo de Dios. Lo más importante no lo podemos hacer nosotros mismos. Lo debemos esperar de Dios.

Esto a muchos no les gusta para nada. Exclusivamente ellos mismos quisieran ser los forjadores de su felicidad. Jesús sabe que hay que preocuparse por el pan de cada día. Pero advierte que no gastemos todas nuestras fuerzas solamente por querer tener más cosas. Todas las cosas exteriores son como la carne. Necesitamos de la oración, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios para tener la Vida en verdad.

La fe es un regalo muy valioso que nos hace Dios. Y como todo regalo de gran valor se debe cuidar en todo momento. Una cosa es llegar a la fe, y otra, muy distinta, es vivir la fe. Si bien es cierto que todos han sido llamados y traídos por el Padre, eso no significa que todos vayan a responder plenamente. Una multitud había escuchado la predicación de Jesús, pero la mayoría se fue desilusionada. Y hasta en el grupo de los Doce que se quedaron, hubo uno que lo iba a traicionar a Jesús.

No basta con haber recibido la fe. Ésta es como una planta que si no se cuida y se riega, se seca y desaparece. En la Iglesia encontramos todos los medios para que vayamos creciendo diariamente en la fe.

Dios nos ofrece la fe como un regalo precioso.
¿Qué debemos hacer nosotros para que nuestra fe sea viva?

Pedro y los demás apóstoles tuvieron que pasar por pruebas difíciles. El mismo Pedro llegó a negar al Señor. Pero a pesar de todo aprovecharon la Gracia de Dios, pudieron levantarse y fortalecerse en la fe, de modo que entregaron su vida al servicio de la Iglesia, y terminaron derramando su sangre por confesar que Jesús es “el Santo de Dios”, el único que tiene “palabras de Vida eterna”.

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