Jesús me ofrece vivir para siempre.

Juan 6,51-58.

Ciclo B, Domingo 20º durante el año

Los cristianos se habían enterado de que el próximo día muchos de sus hermanos en la fe iban a ser martirizados. Corrían tiempos de violenta persecución. Todos buscaban la manera menos riesgosa para llevarles a los encarcelados el Cuerpo de Cristo para que fuesen fortalecidos con el Pan sagrado. Pensaron: un niño no va a despertar sospechas en los guardias. Entonces se puso en camino Tarcisio, un niño todavía, de 12 años. El precioso Pan lo tenía escondido debajo de sus ropas. Pero Tarcisio no había contado con sus compañeros paganos. Quieren que juegue con ellos. Él no quiere. Entonces se dan cuenta de que Tarcisio aprieta su mano derecha sobre su cuerpo. Sus compañeros quieren saber por qué. Empiezan a golpearlo, cada vez más brutalmente. Pero Tarcisio, aunque gravemente herido, no abre la mano. En este momento lo reconoce un oficial romano, también él cristiano, y corre en su ayuda. Pero es demasiado tarde. Tarcisio muere de las heridas recibidas.

Los primeros cristianos estaban convencidos de las palabras de Jesús: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” 

Y para que nadie pueda decir que no lo ha oído bien, en pocos renglones Jesús repite siete veces que hay que comer su carne. No se trata de alguna comparación o una imagen. Se trata de una igualdad: “Este pan es mi carne para la Vida del mundo”. El misterio de Salvación no es sólo algo espiritual. Para salvarnos, “la Palabra se hizo carne”. Jn.1,14. Y aquí Jesús aclara que en la Eucaristía Él queda presente como el que se hizo carne.

La palabra griega original significa literalmente: “masticar”. Hay que masticar al Hijo de Dios hecho carne. ¿No decimos a veces: esto lo hay que masticar, o sea: hay que ocuparse más intensamente de algún asunto? El Evangelio nos dice: hay que familiarizarse intensamente con Jesucristo para tener Vida.

¿Cómo hay que entender las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna.”?

Cada comida se relaciona íntimamente con la vida:

1. Comiendo renovamos la vida. Los alimentos que ingerimos diariamente solamente sustentan la vida para poco tiempo. Pronto se tiene que comer y beber de nuevo para no morir de hambre y sed. Pero el que come con fe el Cuerpo de Cristo no morirá: “El que coma de este pan vivirá eternamente”. 

2. Para alimentar nuestra vida, tenemos que matar otra vida, sea la de plantas o la de animales. El Hijo de Dios se hizo matar para que nosotros tengamos la Vida en abundancia. El pan que Él nos ha dado, es su carne para la Vida del mundo.

3. Comer juntos crea comunidad. “Comulgar no es simplemente participar o recibir, es hacerse una sola cosa”, dice San Juan Crisóstomo. La comunión une a Cristo, hace vivir de Él y para Él. Jesús habla de compenetración mutua: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Y los que entran en comunión con Cristo no pueden hacer otra cosa que vivir en comunión entre ellos. Desde los comienzos, la Iglesia ha visto en el hecho de compartir un mismo pan y una misma copa, la exigencia más apremiante de la unidad en el amor fraterno.

¿Qué significa y qué consecuencias trae el comer a Cristo?

Si una novia recibe de su novio una rosa, entonces esta rosa significa para ella mucho más que cualquier flor. Se convirtió en signo del amor de su novio. En la Santa Misa hay mucho más que un pedacito de pan y un poco de vino. Son signos del infinito amor de Cristo. El “Amén” que pronunciamos al comulgar, debe testimoniar nuestra fe de que recibimos realmente a Cristo, que entregó su vida en la cruz por amor a nosotros.

En la Eucaristía, ¿qué son el pan y el vino consagrados?

Hasta el siglo 9 se acostumbraba recibir la Santa Comunión solamente de pie y en la mano. Esto es muy significativo. San Cirilo de Jerusalén (siglo 4) enseña a los que comulgan cómo deben recibir la Comunión: “Deben adelantarse, poner la mano izquierda sobre la derecha para formar un trono para el Rey, y para que las manos entrelazadas representen a la vez una cruz. Las manos abiertas simbolizan cómo el que comulga se abre hacia el Señor.”

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