“Yo soy el pan de Vida.”

Juan 6,41-51.

Ciclo B, Domingo 19º durante el año

El hoy tan famoso escritor ruso Dostojewski había sido condenado a ser fusilado. Sus ojos ya estaban vendados. Pero, en el último momento se suspendió la ejecución. Más tarde escribió: “Si tuviese que vivir sobre la punta de una roca, teniendo solamente el lugar preciso para poder poner mis dos pies encima de ella, rodeado de precipicios, del rugir del mar, de tinieblas eternas y de soledad infinita, me quedaría allí parado, toda mi vida, mil años, toda una eternidad. Sería mejor vivir de este modo que morir!”.

Dentro de cada uno de nosotros se esconden unas ansias incontenibles de vivir, de vivir feliz, y de vivir eternamente.

Si a Dostojewski le dijeron: “Usted no va a morir”, significó esto: “Usted no va a ser fusilado, no va a morir ahora”.  O cuando un médico le dice a un paciente: “Usted no va a morir”, significa esto, por supuesto, solamente: “Usted no va a morir de esta enfermedad, no ahora”. Será un gran alivio para el paciente, pero no la solución definitiva.

Especialmente cuando la vida “se achica”, el hambre de ella se agranda.

Lamentablemente nosotros mismos muchas veces acortamos la vida. Y si queremos o no, cada hora vivida es una hora menos de vida. Si bien no sabemos el momento, el fin de esta vida terrenal es seguro. Tenemos hambre de Vida, pero nos acercamos cada vez más a la muerte. Nada ni nadie de este mundo nos puede dar lo que en lo más profundo de nuestro corazón anhelamos.

¿Qué quiere decir Jesús con las palabras: “Yo soy el pan de Vida”?

Solamente Dios puede satisfacer nuestra hambre de Vida y felicidad. Dijo Jesús: “Yo soy el pan de Vida que ha bajado del cielo”.

Esto, en los oídos de los judíos sencillamente sonó como algo absurdo. Sabían muy bien quién era Jesús. O, más bien, creían saberlo: Jesús es el hijo de José. Conocen a sus padres. ¿Cómo se presenta diciendo que ha bajado del cielo? Y “murmuraban”.

Esta actitud evoca la murmuración frecuente del antiguo pueblo de Dios. Fue siempre un signo de no confiar en Dios y de no querer creer.

La cuestión del origen humano de Jesús fue para muchos un obstáculo para la fe en él. Jesús nunca responde a la pregunta de su origen quedándose al nivel puramente humano. Aclara que Él es el enviado y el revelador del Padre; está en Dios, y de allí ha bajado como pan de Vida para el hombre.

Hay muchos que admiran, y hasta tal vez siguen a Jesús porque ven en Él a un gran maestro. Quizás les atrae la manera de obrar de Jesús, y están dispuestos a aceptar que llegó a hacer milagros. Hasta hay quien acepta que resucitó. Pero mientras no se lo acepte como al Hijo de Dios bajado del cielo, no se puede decir que se tiene fe. Y esta fe no nace de nuestra reflexión, ni de nuestro estudio, ni tampoco de nuestra buena voluntad. La fe solamente puede ser recibida como un regalo que nos hace Dios. Dice Jesús: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió”. Para no entender mal esta frase, hay que tener en cuenta que Dios no atrae a nadie por la fuerza, sino él nos llama y nos invita a la fe en Jesucristo, quien es testimoniado en las Sagradas Escrituras. Llegarán a Jesús todos los que leen bien dispuestos la Biblia, los que escuchan al Padre. El creer en Jesucristo es gracia concedida por el Padre, y al mismo tiempo respuesta nuestra. Hay que dejarse atraer, hay que dejarse guiar por el Espíritu Santo. Sin esta conversión que es fundamental, no hay fe.

Al citar a Isaías, el evangelista quiere afirmar que estamos en el tiempo de Salvación que aquel profeta había anunciado. “Todos serán instruidos por Dios.” 

Esta enseñanza tiene un doble aspecto: uno externo: Jesús que está en medio de ellos, instruye a los hombres sobre los misterios de Dios. Y uno interno: el Espíritu de Dios que actúa en nuestro corazón. Quien quiere encontrarse con Dios tiene que abrirse a él.

Llegar a tener fe en Jesucristo, ¿es obra de Dios u obra nuestra?
¿Por qué?

Jesús dice que creer en Él es aceptarlo como el pan que viene del cielo. Los judíos esperaban que Dios haría llover “pan del cielo”, que superando el maná del desierto, iba a dar vida eterna, satisfaciendo todos nuestros anhelos. Jesús es este pan del cielo. Lo debemos comer.

Cuando tenemos un pan sobre la mesa no basta con decir que efectivamente está allí. Un pan es inútil si no es asimilado como alimento.

Tener fe en Jesús significa que no solamente lo aceptamos con nuestra inteligencia, afirmando sin dudar que es el Hijo de Dios hecho hombre y nuestro Salvador. Significa que también lo asimilamos con todo nuestro ser. Comer el pan que es Jesús, significa: asimilar a su Espíritu y permitir que nos llene con su Vida, con su Luz y su Fuerza. Comer a Jesús, el pan de Vida, significa también que, como Jesús, sigamos el camino del sufrimiento, de la compasión y de la entrega, con la esperanza cierta de que nuestra hambre de Vida se va a satisfacer para siempre.

3 Respuestas a ““Yo soy el pan de Vida.”

  1. “¿Será que el escritor llegó a darse cuenta que la única Roca que le puede garantizar la Vida por siempre es Cristo?”

  2. “Esta reflexión me lleva a imaginar,que si estuvieramos en la situación del escritor con los 2 pies sobre una roca, pero con la Gracia de la Fe puesta en el Pan del Cielo no tendríamos que imaginar en la muerte porque aunque un fuerte viento nos haga tambalear o nos arroje al precipicio, viviremos Eternamente.”!!!!!!!!!!

  3. violeta_190473@hotmail.com.ar

    “Gracias por su reflexión Padre,está llena de Esperanza!”

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