También mi corazón tiene hambre…

Juan 6,24-35.

Ciclo B, Domingo 18º durante el año

Después de la caída del muro de Berlín, en el año de 1989, muchos se pudieron liberar de la esclavitud de regímenes comunistas. Pero, apenas había pasado el primer entusiasmo por la libertad, se dieron cuenta de que la libertad democrática lleva consigo riesgos y desafíos. Y pronto surgieron voces diciendo que antes la vida fue mejor. Y más de uno empezó a añorar los tiempos pasados…

Cada vez que el avanzar hacia la libertad exige sacrificios, aparece la tentación de volver hacia atrás. También los israelitas, apenas liberados de la esclavitud de Egipto, y ahora apretados por las penurias de la travesía por el desierto, añoraban “las ollas de carne” de Egipto y querían volver al tiempo en que “comían pan hasta saciarse” (ver Éx.16,2ss). El pan de cada día asegurado en la esclavitud les parecía más deseable que la vida sacrificada en libertad. Habían perdido de vista la meta, indicada por Dios, de llegar a la tierra prometida.

Pero Dios quiere que lleguen a la meta. No deben volver a la esclavitud, sino vivir en libertad. Por eso interviene dándoles de comer “el pan bajado del cielo”.

En el pasado Moisés había hecho cosas extraordinarias que lo acreditaron como enviado de Dios. Algunos judíos creían que el Mesías repetiría las mismas cosas que hizo Moisés. También se decía que en los días del Mesías volvería a llover el maná desde el cielo. Por eso los judíos le dicen a Jesús: si él es el enviado de Dios, que entonces repita el milagro del maná.

Jesús corrige a los judíos: no fue Moisés quien dio el pan del cielo, sino el mismo Dios. Además, el verdadero pan del cielo no es el que comieron sus antepasados en el desierto después de la salida de Egipto, sino el verdadero pan se lo está dando ahora Dios Padre. Suscita el interés que Jesús presenta a este pan del cielo, actual y verdadero, como un pan que “desciende del cielo y da Vida al mundo”. No se parece al maná que podía saciar el hambre de un día, pero que en ningún caso dio la vida para siempre a los que lo comieron.

Jesús les hizo tomar conciencia a sus oyentes de la necesidad de un alimento que les dé otra clase de fuerzas y que no sea el simple hecho de mantenerse en vida hasta el día siguiente para tener que alimentarse otra vez. En lugar del pan terrenal les ofrece ahora el verdadero pan del cielo. Y les hace la solemne revelación: ese pan que está ofreciendo el Padre es el mismo Jesús que descendió del cielo. El que cree en Él tiene la Vida para siempre. Solamente Jesús puede satisfacer la profunda hambre de vivir feliz eternamente.

¿Qué quiere decir que Dios Padre nos da el verdadero pan del cielo?

Los piadosos judíos se esforzaron por cumplir los mandamientos con la mayor perfección posible para agradar a Dios. Estaban en peligro de creerse capaces de realizar por sí mismos su propia salvación. Preguntan a Jesús por las obras que los hagan más gratos a los ojos de Dios. Jesús les contesta que la única obra que agrada a Dios es que ellos crean en el enviado del Padre, es decir, en el mismo Jesús.

Las mejores obras que realicemos solamente con nuestras propias fuerzas humanas, no pueden darnos la vida eterna. Sólo la fe en Jesucristo nos salva. Las buenas obras no son causa de salvación, pero, sí, signo y fruto de una fe viva en Cristo.

¿Qué obras debemos hacer para salvarnos?

Jesús les echa en cara a la gente que hayan comido los panes, pero que no hayan entendido el signo. La multitud no busca a Jesús porque haya comprendido que Él es el verdadero Pan, sino porque comieron gratis. Piensan que con Jesús se puede solucionar el problema de la alimentación diaria de un modo muy cómodo. Pero la Palabra de Dios ordena comer el pan de cada día con el sudor de la frente.

San Pablo dice: “el que no quiera trabajar, que tampoco coma. … Nos enteramos de que algunos de ustedes viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A estos les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo que trabajen en paz para ganarse su pan.” 2Tes.3,10-12. Lo que Jesús quiere decir no es que nos pongamos perezosos, sino: más importante que el pan para el estómago es el Pan que da la Vida eterna, que es Él, Jesús mismo.

¿Qué significan las palabras de Jesús: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre”?

Este pan lo podemos recibir solamente como regalo de Dios. No lo podemos merecer con trabajo. Un solo trabajo es necesario: abrirse a Dios, y dejarse transformar por Cristo en un hombre nuevo. Y el hombre nuevo no se satisface con poder comprar lo que la propaganda le insinúa para tener más de la vida. Todas las cosas son un “alimento perecedero”. A lo sumo nos pueden distraer algún tiempo. Pero no nos satisfacen para siempre. El hombre nuevo quiere vivir feliz eternamente. No se contenta con que viva “todavía”. Él sabe que vive “ya”. La Vida eterna ya ha comenzado: el que cree “ya ha pasado de la muerte a la Vida”. Jn.5,24. 

 

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