Debo expulsar a muchos demonios.

Marcos 6,7-13.

Ciclo B, Domingo 15º durante el año

Un papá moribundo convoca a sus hijos. Les pide que traigan un atado de palitos. Entonces les ordena que quiebren el atado. Ninguno de ellos lo logra. Luego el anciano moribundo separa los gajos, rompe uno por uno, y les dice a sus hijos: “Si ustedes quedan unidos, nadie les va a poder hacer daño. Pero si están divididos, fácilmente les pueden hacer cualquier mal. Piensen en esto cuando yo esté muerto.”

“La unión hace la fuerza”. Jesús envía a sus discípulos de dos en dos. Uno solo se cansa fácilmente. Dos son más fuertes que uno solo. Entre dos se pueden animar mutuamente. El testimonio de dos personas es más digno de fe que el de una sola. La ley judía también exigió por lo menos dos testigos. Todo un grupo con un mismo ideal podrá lograr más que un luchador solitario. Si uno no sabe más cómo seguir, el otro le podrá mostrar un nuevo camino. Si muchos se ríen de él, el otro le puede fortalecer en su misión. Además, los apóstoles iban de a dos, como para garantizar que no iban en nombre propio, sino del Señor Jesús que es capaz de hacer hermanos a los hombres más distintos y distantes.

¿Por qué Jesús envió a los apóstoles de dos en dos?

Para las religiones antiguas, los “espíritus impuros”, los demonios o diablos fueron los responsables de todo el mal que hay en el mundo. Se estableció una amplia galería de espíritus malos, cada cual con su nombre, y a cada uno se le atribuyó algún mal especial. Un complicado ritual de exorcismos enseñaba a identificar a cada demonio y daba instrucciones para intentar a expulsarlos. La Biblia se mantiene muy sobria. Retoma, sí, las mismas imágenes y reproduce las escenas de exorcismos, pero les da un nuevo significado: hay una fuerza del mal que se designa con muchos y variados nombres: diablo, satán, o satanás, adversario, malvado, demonio, serpiente antigua, etcétera. Pero lo que este espíritu hace para dañar es introducir el pecado. La Biblia enseña que los males, las enfermedades y la propia muerte, son consecuencias del pecado del hombre, aunque niega que cada vez que hay un mal es porque el hombre haya cometido una falta. Por eso, los exorcismos de la Biblia son siempre una manifestación del poder de Dios que libera a los hombres sobre todo del pecado, que es lo que daña al hombre desde su interior.

¿Quién es responsable de que exista el mal?

Jesús no pronuncia solamente palabras, sino sus palabras renuevan al hombre. Existen poderes, “espíritus impuros”, que son un estorbo para que lleguemos a ser “imagen y semejanza” de Dios, y vivamos digna y alegremente como hijos de Dios. Algunos de estos malos espíritus se llaman egoísmo, individualismo, relativismo, materialismo, consumismo, envidia, odio, indiferencia, pereza, ignorancia, prepotencia, desánimo, amargura. El expulsar a estos “espíritus impuros” no es trabajo para algunos exóticos o histéricos que creen tener poderes especiales de exorcista, sino es tarea diaria para todos los bautizados y confirmados en el Espíritu Santo. El poder sobre los espíritus impuros lo recibimos si nos abrimos sencillamente a la Palabra de Dios y al Espíritu de Jesús. El Evangelio renovará a nuestros corazones, y renovados por el Espíritu de Dios podremos renovar al mundo.

¿Cuáles podrían ser los “espíritus impuros” que nos impiden vivir plenamente como hijos de Dios?

Para evangelizar al mundo, los enviados de Jesús no deben llevar más que un bastón y “calzados con sandalias”, así como Moisés y los israelitas, para salir de la esclavitud y marchar hacia la Tierra prometida. El seguimiento a Jesús debe ser con prontitud pascual. (ver Éx.12,11). Un bastón es necesario también para defenderse de los animales salvajes y asaltantes. Las sandalias son de lo más modesto y sirven para protegerse contra los escorpiones que allí en el desierto abundan.

Al decir que no hay que llevar ni siquiera lo necesario, se deja en claro que la fuerza del evangelizador no depende de sus recursos humanos. La parábola del sembrador explica más ampliamente que la abundante cosecha no depende en última instancia de la capacidad del sembrador, sino de la fuerza oculta de la semilla, es decir: de la Palabra de Dios. Además se enseña que no hay que perder tiempo. El enviado debe cumplir inmediatamente con su misión recibida.

El objetivo principal de los misioneros era la fundación de nuevas comunidades cristianas. Por eso debían quedarse en una sola casa. Así, esa familia podía convertirse en centro de una nueva comunidad. También debían dar testimonio de sencillez, no buscando permanentemente el alojamiento más cómodo o la comida más rica.

Cuando un judío volvía de un viaje y había debido pasar por un territorio de paganos, antes de entrar en su país sacudía sus sandalias, para no contaminar a Israel con tierra que consideraba impura. La orden de hacer este gesto expresa: a los que no aceptan la predicación cristiana, se los declara públicamente paganos. También es una forma de indicar que el predicador no se debe sentir culpable por la dureza de corazón de quienes no quieren escuchar el Evangelio. En realidad, no rechazan al enviado sino a Jesús que lo envía.

Lo mismo vale para los Sacramentos. Si, por ejemplo, al celebrar el Sacramento de la Unción de los enfermos, el sacerdote unge con óleo a un enfermo, es Jesucristo mismo quien sana al enfermo, comenzando por la curación de su interior perdonándole sus pecados.

Jesús, ¿qué instrucciones les dio a los apóstoles? ¿Por qué? ¿Para qué?

Este texto bíblico es una especie de reglamento de la joven Iglesia para los “apóstoles” de Jesús, o sea para los “misioneros”. Ambas palabras significan lo mismo: “enviados”. Refleja el estilo de vida de los misioneros itinerantes en los comienzos de la Iglesia. Aparte de ellos existían “otros” discípulos de Jesús, que vivían en las ciudades y pueblos, tenían su familia y su trabajo fijo. Sería un grave error querer imponer estas reglas a todos los cristianos. Ni siquiera se las puede exigir a todos los misioneros. Hay muchas maneras válidas de ser misionero de verdad. A nosotros hoy nos toca a preguntar cada uno: ¿cómo puedo y debo ser yo hoy misionero, evangelizador, en las circunstancias concretas de mi vida? De todas maneras, actualmente se exige ante todo que demostremos con nuestra vida lo que estamos diciendo con la boca. Dice Juan Pablo II: “El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros.” (RM 42).

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