En 2000 años, ¿qué cambió el cristianismo?

Marcos, 4,26-34.

Ciclo B, Domingo 11º durante el año

“Ya hace casi 2000 años existe el cristianismo sobre la tierra. Pero igual cambió muy poco. Parece que los hombres no son mejores ni peores que antes, se arman guerras como siempre, siguen las injusticias que gritan al cielo, hay ricos que no saben cómo malgastar la plata y tantos pobres que no tienen ni para comer. En lugar de que reinen en los corazones el amor y la comprensión, predominan el odio y la venganza.” A más de uno se lo escucha hablar así.

En nuestro mundo moderno muchas cosas funcionan apretando sólo un botón. Apretando un botón se enciende la luz, arrancan motores, se ponen en movimiento máquinas y parten cohetes hacia el universo. Queremos ver el resultado en seguida. Nos cuesta tener que esperar.

Ya en el tiempo de Jesús mucha gente, llena de impaciencia, se preguntaba cuándo por fin llegaría el Reino de Dios. El grupo de los zelotes pensaron que se lo podía imponer a la fuerza por medio de las armas, error que lamentablemente se repitió más de una vez en la historia. Una parte de los fariseos creían que se podía traer el Reino de Dios por medio de un cumplimiento escrupuloso y meticuloso de la ley. Y otros pensaron que se podía calcular el fin del mundo y con ello el comienzo del Reino de Dios. Equivocados de esta clase también los hay todavía hoy.

Enseña Jesús que el Reino de Dios es como una planta. Crece lentamente, pero crece. Hay que saber esperar. Después de echar la semilla el sembrador debe esperar. La semilla va creciendo por sí misma, también cuando el sembrador está durmiendo. El Reino es un regalo de Dios. El hombre no lo puede fabricar. Ni siquiera sabe cómo va creciendo.

Pero Jesús ciertamente no quiere decir que esperemos con los brazos cruzados que las cosas se arreglen por sí solas. El sembrador hizo su parte. Hizo lo que pudo. No se dice que el sembrador, después de echar la semilla, esté solamente durmiendo, sino que se levanta, evidentemente para hacer otros trabajos. Y no podemos olvidarnos de otra parábola con la que Jesús insiste en que hay que aprovechar al máximo los talentos que uno ha recibido. (ver Mt.25,14-30). Es evidente que Jesús nos llama a comprometernos con la implantación de su Reino. Pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, el Reino será siempre en primer lugar obra de Dios. Es lo que Jesús aclara también en otro momento: «Ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”». (Lc.17,10).

¿Qué nos quiere enseñar Jesús con la parábola de la semilla que crece por sí sola?

La parábola del grano de mostaza destaca el contraste de un comienzo muy pequeño y muy humilde y de un fin grandioso.

No hay nada que comience grande. Todo empieza pequeño. Cada árbol fue alguna vez una pequeña semilla. Cada río comenzó como pequeña vertiente. Cada edificio de torre comenzó con un primer ladrillo. Cada Papa o presidente de la Nación fue alguna vez un bebé. También Jesús fue alguna vez un pequeño niño. Cuando comenzó a proclamar el Reino, asimismo solamente pocos le hicieron caso. Igualmente las primeras comunidades cristianas eran muy modestas, y además sufrían persecuciones.

El texto bíblico señala a propósito que la semilla de mostaza es “la más pequeña de todas las semillas de la tierra”. En realidad es una semilla muy pequeña, pero al crecer es un arbusto bastante grande, que contrasta con sus comienzos. Esta parábola se inspira en una expresión del libro del profeta Ezequiel, en la que se describe el reino futuro como un gran cedro, tan grande que “pájaros de todas clases anidarán en él”. (Ez.17,22-24).

¿Qué nos enseña Jesús con la parábola del grano de mostaza?

Las dos comparaciones con la semilla explican la presencia oculta y el crecimiento lento, pero seguro, del Reino de Dios. La semilla contiene ya la planta que debe llegar a ser, pero sólo en germen, con una potencia que puede desarrollarse hasta llegar a tener dimensiones miles de veces mayores que la que tenía en sus comienzos. Mirando a una semilla nos damos cuenta de que ya tenemos la planta o el árbol en nuestras manos, pero no inmediatamente sino después de una larga espera y evolución.

Una persona humana necesita por lo menos unos veinte años para llegar a ser más o menos madura y adulta. Y no podemos esperar que una comunidad crezca y madure en menos tiempo que el que necesita un individuo. Y solamente Dios conoce el tiempo que pasará hasta la consumación final de su Reino, hasta que “ha llegado el tiempo de la cosecha”. En el libro del profeta Joel estas palabras se refieren al juicio final (Joel 4,13).

¿Qué nos enseña una semilla acerca del crecimiento de un discípulo de Jesús y del de una comunidad cristiana?

La semilla es la Palabra de Dios. Por medio de la Palabra del Evangelio, aparentemente débil, Dios va preparando su Reino con poder divino. En las cosas pequeñas, por muy insignificantes que puedan parecer, se esconde el germen del Reino de Dios. La obra de Dios es simultáneamente pequeña y grande: pequeña, por su apariencia; grande, por los frutos que producirá.

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