Dios es fiel. Jamás nos abandonará.

Marcos, 14,12-16.22-26.

Ciclo B, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi)

Hace menos de 250 años, en la tierra colorada de la Provincia de Misiones, durante la solemne fiesta de Corpus Christi, los aborígenes desfilaban en procesión exhibiendo las flores y pájaros más hermosos en señal de alianza: con Dios, con los hombres y con el mundo.

La fiesta del «Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo», o «Corpus Christi» como la llamamos tradicionalmente, es la fiesta de la Alianza de Dios con nosotros. El pan partido, preparado con trigo triturado, y el vino de color de sangre,son un signo de la Nueva Alianza en Jesucristo. Dios renueva la Alianza con nosotros por medio de la entrega de Jesús en la cruz derramando su sangre por nuestra salvación.

Siempre tiene que haber por lo menos dos para sellar una alianza. En Jesús se unen las dos partes. Por un lado Jesús es el representante de toda la humanidad ante Dios Padre. Como hombre perfecto asume la Voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias. Y lo hace consciente y libremente. Él es el Señor de los acontecimientos. Todo lo prevé y ordena. Entrega su sangre, es decir: su vida por nosotros. Por el otro lado Jesucristo es el Hijo eterno de Dios. Y como tal es para nosotros el gran Don de Dios.

¿De qué manera se realiza la alianza entre Dios y los hombres en la persona de Jesucristo?

Los discípulos preguntan a Jesús por la preparación de la comida pascual precisamente en el momento en que en el Templo fueron sacrificados los corderos como víctimas para esa fiesta. La Pascua les recuerda a los judíos el «éxodo», su salida de la esclavitud de Egipto. Los israelitas debían matar a “un animal sin ningún defecto.” (Éx.12,5; ver todo el capítulo). Con su sangre debían marcar las casas de los miembros del Pueblo de Dios para que sean salvados de los castigos que estaban por caer sobre los egipcios. La sangre del cordero pascual salvó de la muerte a los primogénitos de los israelitas. En aquella fiesta de la Pascua, o sea “tránsito”, el “Exterminador” pasó de largo las casas de los hebreos. Ahora Jesús derrama su sangre como víctima para salvar a “muchos”, o sea, a la humanidad entera. Jesús es el nuevo y verdadero Cordero de Dios, sin mancha ni defecto, que quita el pecado del mundo.

¿Por qué se puede decir con todo derecho que Jesús es el nuevo y verdadero Cordero pascual?

Después de salir de Egipto, Moisés llevó a los israelitas hasta el Monte Sinaí. Allí se manifestó Dios y les dio los diez Mandamientos. Los que habían sido esclavos, ahora, liberados, comenzaron a ser un pueblo: el pueblo de Dios. Esto se hizo en forma de Alianza, es decir de un Compromiso entre Dios y los hombres. Ellos se comprometieron a cumplir sus mandamientos, y Dios se comprometió a protegerlos siempre. Moisés mandó sacrificar algunos animales, luego tomó la sangre y derramó una parte sobre el altar, y con la otra parte roció al pueblo diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes.” Éx.24,8. (ver todo el capítulo 24, y Hebr.9).

El pueblo de esa antigua alianza permanentemente quebraba su compromiso con Dios. Pero Dios quien es fiel, selló la Nueva Alianza con la sangre de Cristo. Esta sangre está presente en la Eucaristía para asegurar cada día la unión de Dios con los hombres, y de todos los hombres entre sí.

¿Qué significan las palabras de Jesús: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos”?

Además, al tomar pan y vino para instituir el Sacrificio eucarístico, Jesús retoma un acontecimiento de la vida de Abraham, nuestro padre en la fe. Ocurrió en Jerusalem, el mismo lugar donde le esperaba a Jesús la muerte. “Melquisedec, rey de Salem (Jeru-salem), que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino” como ofrenda a Dios. (Gén.14,18s). Ahora la ofrenda definitiva a Dios Padre es el mismo Jesucristo, presente realmente en el pan y el vino consagrados en la Santa Misa.

Participar en la Santa Misa, que celebra esta eterna Alianza de Dios con nosotros, exige que vivamos de verdad en unión con Dios y con los hombres. Nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía es mucho más que estar de acuerdo teóricamente con esta verdad de la fe. Nuestro compromiso ha de ser una renovada caridad fraterna.

La Cáritas, o sea la solidaridad, junto con la Catequesis y la Eucaristía, es un pilar necesario de una Comunidad cristiana. Sin duda que comprometerse en Cáritas traerá muchos sinsabores, tantos cuantas miserias humanas deba enfrentar. Pero también muchas alegrías, y ante todo la recompensa del mismo Señor. No se da en vano un vaso de agua fresca al más pequeño sin que el Señor lo recompense infinitamente.

Esta solidaridad se expresa de mil maneras. En Fortaleza, Brasil, las autoridades habían tomado la decisión de erradicar un barrio de emergencia, sin ofrecerles a sus pobladores un nuevo lugar para vivir. Sin perder tiempo, el cardenal Dom Aloisio Lorscheider se sentó sobre el techo de una de las casitas humildes. Y ninguna topadora se atrevió a derrumbar la pequeña casa con el obispo sentado encima del techo!

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