“Sin mí, nada pueden hacer.”

Juan 15, 1-8.

Ciclo B, Domingo 5º de Pascua

Todo marchaba bien, con una organización casi perfecta. La banda de música tocaba lindo. Los monaguillos, con velas e incienso, habían ensayado cada paso y gesto. En medio de la procesión de Corpus Christi caminaba con paso solemne el Señor Cura Párroco portando la gran custodia, que solamente una vez al año se saca de la sacristía, para este evento. Pero qué sorpresa desagradable: cuando el sacerdote apoyaba la custodia sobre el primer altar, se dio cuenta de que se había olvidado de poner en ella la Hostia. El Párroco, se puede decir que estaba asustado, hizo detener la procesión, buscó a Jesús Sacramentado de la iglesia, y después podía seguir la marcha.

Todo marchaba bien. No faltaba nada, menos lo esencial. Y nadie lo había notado: ¡faltaba Jesús!

Este suceso, bastante penoso, ¿no podría ser una imagen para nosotros, para nuestra Comunidad? Hay muchas actividades y organización. La vida se puso agitada. ¿Pero no falta el centro de todo? “Separados de mí, nada pueden hacer”, nos dice Jesús.

La imagen de la vid insiste en la relación vital que debe existir entre Cristo y su Iglesia, entre el Maestro Jesús y su discípulo. Debemos cuidar que no dejemos de lado lo más importante, o mejor dicho: al más importante: Jesús. Sin Él seguramente nos pasaría lo mismo que a Pedro que fue a pescar sin el mandato del Señor: “Maestro, hemos trabajado la noche entera, y no hemos sacado nada.” Lc.5,5. Jesús es y será siempre la fuente de todo verdadero éxito, de toda vida, de toda posibilidad de dar fruto, o sea: de hacer buenas obras.

En este texto bíblico aparece once veces la palabra «permanecer». Se insiste que el bautizado debe permanecer en Cristo, como una rama debe permanecer en el tronco de la vid si quiere dar fruto.

¿Qué es lo más importante para la vida de un cristiano?

La parábola de la vid tiene sus raíces en las escrituras de la Antigua Alianza (ver p.e. Is.5,1-7; Jer.2,21s). La vid es una planta que exige muchos cuidados. Los profetas dijeron que Dios como viñador cuidaba con todo cariño a su viña, su pueblo elegido. Pero ellos, en lugar de dar abundante uva dulce, dieron solamente algunos frutitos agrios. No dieron los frutos esperados.

Dios tuvo poca alegría con su primera viña. La verdadera vid, la realmente buena, es Jesús mismo. Pero no solamente Él. A él pertenecen los suyos, su Pueblo santo, su «Cuerpo»: la Iglesia. El viñador sigue siendo el Padre. Dios y su pueblo elegido, esto fue la antigua Alianza. Ahora existen nuevas relaciones: el Padre, el Hijo y los discípulos. El Hijo está en el centro. Quien está en comunión con Él, tiene la Vida. Las ramas que no dan fruto, son los hombres sin fe y los discípulos infieles y apóstatas, al estilo de Judas.

¿Por qué dice Jesús que Él es la verdadera vid?

¿Cómo podemos saber si somos sarmientos vivos unidos a Cristo y no ramas secas destinadas al fuego?

Primero, si escuchamos la Palabra de Dios. Ella nos va purificando de todo lo que no viene del Evangelio.

Segundo, si sabemos renunciar a lo superfluo y a todo lo que se opone al plan de Dios. Dice Jesús: “Mi Padre … al sarmiento que da fruto, lo poda para que dé más todavía.”

Tercero, si hacemos oración. Ella nos pondrá en sintonía con la Voluntad del Padre.

¿Qué es necesario para poder permanecer en Cristo?

Para ser discípulo de Jesús no basta estar informado sobre Él, ni un propósito vago de ser cristiano, sino hay que «permanecer» en Cristo, en unión recíproca, en el muto conocimiento y el amor, a semejanza de la unión que existe entre el Padre y el Hijo.

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