Somos todos unos paralíticos…

Marcos 2, 1-12.

Ciclo B, Domingo 7º durante el año

Le acercaron a Jesús a un paralítico, porque tenían fe en su poder de curarlo. Y Jesús valoró la gran fe que la gente demostró.

Pero ocurre una cosa inesperada: Ciertamente Jesús sabía que todos esperaban que lo curase al enfermo de su parálisis. Esto fue tan evidente que nadie consideró necesario decir una palabra para pedir expresamente esta gracia.

Pero en lugar de esto escuchan que Jesús le perdona al paralítico sus pecados, y no dice nada sobre la enfermedad.

Aparentemente Jesús decepcionó a la gente. ¿Por qué Jesús actuó así?

Jesús, ante todo, busca sanar la enfermedad en su raíz. Y la raíz es el pecado. Pecar es romper la armonía que Dios ha puesto en el mundo: armonía en mí mismo, armonía con la naturaleza, armonía con los demás, armonía con Dios. Cuando se destruye la armonía viene el dolor y la enfermedad. Lo podemos experimentar cuando vemos las consecuencias del pecado: hay crímenes, guerras, heridos, robos, vicios, injusticias, odios, rencores, miedo, violencia, esclavitud…

La persona no es sólo cuerpo. Es cuerpo y espíritu. Y hay una íntima interrelación entre ambos. Cuando nuestro espíritu no va bien, cuando no hay armonía en nuestro interior, cuando estamos llenos de odio y rencores, cuando no tenemos paz, nuestro cuerpo se suele enfermar.

Y también ocurre al revés: Cuando estamos enfermos y recuperamos la paz, recuperamos frecuentemente también la salud. Esta es la paz que sabe dar Jesús. Al arrepentido le perdona los pecados y le devuelve la amistad con Dios. Estar en paz con Dios es el primer paso para lograr la salud. Por eso, Jesús quiere sanar primero el espíritu y luego el cuerpo.

¿Qué tiene que ver el pecado con la enfermedad?

¿Cómo se explican muchas “curaciones milagrosas” fácilmente como algo completamente natural?

¿Toda enfermedad es el castigo por un pecado cometido?

Los judíos pensaron que toda enfermedad era un castigo de Dios. Si uno estaba enfermo era porque había pecado él o sus padres.

Mucha gente sigue pensando lo mismo. Cree que toda enfermedad es un castigo. Jesús no piensa así. Veamos bien el texto de

Juan 9,1-3.

La Biblia deja en claro que existe el sufrimiento del inocente (Isaías: el “servidor sufriente”; Libro de Job). Es verdad que todo pecado esclaviza y trae consigo el castigo. Pero no es verdad que todo sufrimiento sea consecuencia de pecado y sea un castigo de Dios.

No todo enfermo está enfermo como consecuencia de sus pecados. Nos podemos enfermar también simplemente por la fragilidad y resistencia limitada de nuestro cuerpo. Por el otro lado sabemos que muchas veces el pecado es la causa de la enfermedad. (No se necesita tratar siempre de un pecado personal, sino de un pecado colectivo, de la sociedad. No es culpa de cada uno, si, por ejemplo, en una megápolis muchos se enferman por la contaminación del aire).

Por eso Jesús nos quiere sanar y comienza perdonándonos nuestros pecados. Como Hijo de Dios tiene el poder de perdonar, y perdona “sobre la tierra”. Los maestros de la ley no quieren aceptar con facilidad que haya alguien que perdone los pecados sobre la tierra. También hoy se levantan muchas voces que dicen: “Solamente Dios perdona”.

Jesús perdonó los pecados sobre la tierra mientras estuvo físicamente entre nosotros. Y después de su Resurrección lo hace a través de los ministros de la Iglesia. A ellos les ha dejado este poder: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.” Jn.20,22s.

Cada vez que el sacerdote, en el Sacramento de la Reconciliación, perdona los pecados, es Jesús que está perdonando sobre la tierra.

 ¿Valoramos la Confesión como Sacramento de sanación?

¿Qué otros medios para sanarnos nos ofrece la Iglesia?

Jesús entendió como su misión: llamar a los pecadores y sanar a los enfermos (ver Mc.2,17). Lo sigue haciendo hoy por medio de la Iglesia. Ésta, aparte del Sacramento de la Reconciliación, nos ofrece como medio especial de curación el Sacramento de la Unción de los enfermos.

Jesús les dio a sus apóstoles el poder para sanar a los enfermos (ver Lc.9,1-3). Los apóstoles enviados por Jesús ungieron a los enfermos con aceite y los curaron (Mc.6,13). Después de la muerte y la Resurrección de Jesús continuaron la misma misión que el Señor les había transmitido. El Apóstol Santiago, en su carta, exhorta a los cristianos a llamar a los presbíteros (sacerdotes) de la comunidad cuando hay un enfermo, para que rueguen por él, ungiéndolo con aceite en nombre del Señor (ver Santiago 5,13-15). Fiel al mandato de Jesús, la Iglesia sigue preocuándose por la salud espiritual y corporal de los que sufren, y les asiste con el Sacramento de la Unción de los enfermos.

Un medio eficacísimo para la sanación interior y la del cuerpo es la oración llena de fe, confianza y esperanza. Señalamos particularmente la Misa por los enfermos.

La Iglesia no se contenta con pedir la paciencia en la prueba, ni con dar un sentido redentor al sufrimiento. Hace que sus hijos oren por su curación.

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