Jesús y los demonios…

Marcos 1, 21-28.

Ciclo B, Domingo 4º durante el año

¡Cuántas personas están llenas de miedo ante los poderes del mal! Están aterrorizadas por algún payé o por la magia negra. Se espantan frente a algún espíritu malo. Muchos están realmente obsesionados y “poseídos” por el poder del mal. Llegan a ser sus esclavos, y no pocas veces se enferman gravemente. Los hay de veras los poderes demoníacos. No el diablo con guampas y pata de burro. Pero existen las fuerzas del mal, que nos amenazan destruir. Las hay no solamente en los juegos de los poderosos de este mundo, sino también dentro de cada uno de nosotros. ¿Por qué sentimos tanto la inclinación hacia el mal? ¿Por qué destruimos a nuestro hermano con nuestros comentarios despectivos? ¿Por qué convertimos mutuamente la vida en un infierno?

No se puede negar: el mal es una realidad espantosa. Pero también existe el que es más fuerte que el mal, el que hace callar y expulsa el “espíritu impuro”.

¿Dónde y cómo se manifiesta el poder del mal?

Rodeado ya de algunos discípulos, Jesús entra en Cafarnaún, la “aldea del consuelo”. Hablar del “consuelo de Israel” fue lo mismo que hablar del Mesías, del Salvador. Los que le siguen como sus discípulos, vivirán este gran consuelo.

Jesús posee el poder del Reino de Dios. Él vino para liberarnos de todo lo que nos oprime, de todo lo que “posee”, esclaviza al hombre. Su palabra no es sólo sonido, sino es palabra de poder. Es palabra creadora. De ella vale lo que ya se lee en el libro de Isaías: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero, y cumple la misión que yo le encomendé.” Is.55,10s.

La gente se dio perfectamente cuenta de que Jesús no enseñaba como los escribas que no hacían más que interpretar la doctrina de los profetas anteriores. Los mejores maestros enseñaban siempre repitiendo lo que habían dicho Moisés y los profetas. La forma de enseñar de Jesús es completamente distinta. Él habla con su propia autoridad. No se apoya en palabras y en opiniones de hombres. Él habla como Hijo de Dios. Jesús no tiene solamente la autoridad propia e inmediata de un profeta, sino posee la fuerza creadora de la Palabra de Dios: Dios dijo y el mundo fue hecho.

Jesús no habla solamente, sino realiza lo que dice. Llama la atención que en el Evangelio de hoy no se diga nada de lo que Jesús predica, pero sí se insiste mucho en los efectos que la palabra de Jesús produce en los que lo escuchan: asombro y admiración. Hasta los demonios reconocen a Jesús como “el Santo de Dios”.

Las palabras de los hombres pueden ser maravillosas. Hay sabios que han dejado enseñanzas que sorprenden por su profundidad. Pero estas enseñanzas no tienen el poder para cambiar la realidad. En el mejor de los casos serán proyectos para un mundo mejor, pero sin fuerzas para realizarlo. La Palabra de Dios, en cambio, realiza lo que dice. No se trata de repetir siempre lo mismo, sino de crear un mundo nuevo. La gente en la sinagoga de Cafarnaún se admira por lo que Jesús dijo, y seguramente más todavía por lo que hizo.

¿Por qué todos estaban asombrados de Jesús quien “les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”?

El diablo comprendió que el poder de Jesús ponía en peligro su reino del mal. Por eso le presenta a Jesús sus quejas. Se siente dueño de este mundo. Desde el origen de la historia humana el mal ha ido creciendo. Ahora aparece Jesús, y no solamente habla sino que también demuestra que tiene poder para destruir las obras del demonio. La obra diabólica está en peligro. Por eso protesta: “¡Has venido para acabar con nosotros!”.

Jesús ni siquiera se molesta en contestar a las preguntas del diablo. Dando una nueva prueba de su autoridad, solamente da una orden: que se vaya y deje en paz al pobre hombre. Y con grandes muestras de contrariedad se aleja el demonio dejando al hombre libre de su maléfica presencia.

Nótese que el demonio no es arrojado por medio de alguna práctica de magia o espiritismo, sino sencillamente con el poder de Dios.

¿De qué manera Jesús acaba con el poder del mal?

La Palabra de Dios nos libera de lo que nos oprime, nos perdona, nos da salud y Salvación. Jesús habla con autoridad y poder también hoy. Pero no obra automáticamente, sino solamente en aquel que escucha la Palabra de Dios con corazón y mente bien dispuestos y trata de vivirla con sinceridad.

0 Respuestas a “Jesús y los demonios…

  1. gracias por mandar estas reflexiones del EVANGELIO. a veces tenemos miedo por el mal porque no tenemos fe, confianza en el SEÑOR. no llegamos a depositarnos plenamente en él …y él en todas sus enseñanzas nos da muestra de que él es el camino. si realmente somos verdaderos CRISTIANOS no solamente tenemos que escuchar su palabra, también tenemos que proclamarla, vivirla en nuestras flias. y ahí es donde debemos empezar por nosotros. no sirve alabarlo con la boca y actuar de otra manera. la alabanza tiene que acompañarse con la acción, y eso a veces nos cuesta un montónnnnnnnnnnn

  2. jesús, tú eres la única autoridad en mi vida… decides cómo, dónde, el lugar y el tiempo. sólo tú tienes palabras verdaderas que llenan mi corazón y guían mis pasos.

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