«Adviento»: Jesucristo viene en todo momento…

Marcos 13, 33-37.

Ciclo B, Domingo 1º de Adviento

Este Domingo comenzamos un nuevo año litúrgico. Referente a las lecturas bíblicas iniciamos el Ciclo B, el año particularmente del Evangelio según San Marcos. No obstante, en los grandes tiempos litúrgicos: Adviento-Navidad, Cuaresma-Pascua, la Iglesia nos propone pasajes evangélicos especiales tomados de otros Evangelios.

El año litúrgico comienza con el Adviento. “Adviento” significa “advenimiento”, llegada, y se refiere a la venida de Cristo.

El cristiano cree que Cristo ya vino. Pero ha de ser, sobre todo, el hombre que vive a la espera de Cristo que vuelve. Por eso celebra la primera venida de Cristo hace más de 2000 años, pero apuntando a la segunda. El tiempo de Adviento es preparación para celebrar con renovada fe el nacimiento de Cristo en Navidad. Pero es tiempo, sobre todo, para prepararnos para su vuelta definitiva. Sin Adviento que nos prepara para el encuentro con Cristo que viene, la Navidad ya no sería una fiesta cristiana, sino apenas la conmemoración mundana de un gran héroe del pasado.

¿Qué significa la palabra “Adviento”?

¿De qué “advenimiento” (llegada) se trata?

Los cristianos profesamos juntas las dos venidas de Jesucristo. Por ejemplo cuando rezamos el Credo de los Apóstoles: “Creo en Jesucristo … que … nació de Santa María Virgen … y ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. O cuando, en la Santa Misa, aclamamos después de la Consagración del pan y del vino: “Anunciamos tu muerte, Señor, y proclamamos tu Resurrección, hasta que vuelvas!”. Y después del Padre Nuestro el presidente de la Asamblea prosigue: “Líbranos de todos los males, Señor, … para que … vivamos siempre libres de pecado … mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”.

¿En qué momentos de la Santa Misa profesamos las dos venidas de Jesucristo juntas?

El hablar de “esperar la gloriosa venida de Cristo” se presta fácilmente a malentendidos, en doble sentido: como si Cristo volviera recién al final de los tiempos, y mientras tanto no se pudiese hacer otra cosa que esperarlo con los brazos cruzados. Pero no es así. La segunda venida de Cristo ya comenzó con su Resurrección. De una manera invisible, pero real, se va manifestando a todos los hombres, por medio de su Palabra y de los Sacramentos. Nos reúne en la Iglesia, que es su Cuerpo. Donde dos o tres están reunidos en su Nombre, Él está presente en medio de ellos. Él nos habla por medio de los acontecimientos de nuestra vida y de lo que pasa en el mundo.

Cristo viene en todo momento a cada persona, a cada comunidad, a cada generación. Esta venida actual, constante y silenciosa de Cristo nos exige vivir despiertos y atentos para poder percibir los pasos del Señor y su llamado a colaborar en la construcción de su Reino en este mundo.

¿Por qué el hablar de la segunda venida de Cristo se presta fácilmente a malentendidos?

¿Cuándo comenzó la segunda venida de Cristo?

¿De qué manera viene Cristo?

La breve parábola es fácil de entender. El hombre que se va de viaje representa a Cristo Resucitado y ascendido al Cielo. Él deja su casa, su Iglesia, al cuidado de los bautizados, sus servidores. Cada uno de nosotros debe cumplir con su tarea, asignada por el Señor. Al portero le recomienda de un modo especial permanecer despierto. Algún día Jesús le entregó a Pedro las llaves del Reino. Ante todo éste, los demás Apóstoles y sus sucesores, los Obispos, tienen la misión de cuidar de la Iglesia. En ella, cada uno de los bautizados es responsable de su tarea encomendada por el Señor.

¿Cuál es la interpretación de la parábola del “hombre que se va de viaje”?

Debo cumplir con mi misión ahora. Mañana tal vez ya no podré hacerlo. Posiblemente ya no habrá más un mañana, o una próxima semana. Mi tiempo no es ilimitado. Tantos que mueren repentinamente, alguna enfermedad grave, un accidente, o casi accidente, me enseñan que “mi hora” puede llegar cuando menos lo espero, en cualquier momento.

Pero estas advertencias del Señor están muy lejos de querer crear en nosotros un espíritu enfermizo de terror ante la llegada del Señor al fin del mundo. No hay que estar obsesionados, ni alarmados. Jesús no quiere que vivamos angustiados. Pero sí nos manda a vivir despiertos y a estar prevenidos, como las chicas prudentes (Mt 25,1-13.), con sus lámparas y sus frascos llenos del aceite de la fe y de la caridad. Cumplir fielmente con nuestra tarea es la mejor manera de prepararnos para el encuentro definitivo con nuestro Salvador.

¿Por qué el esperar al Señor con los brazos cruzados sería una actitud muy equivocada?

¿Cuál es la mejor manera de esperar la venida del Señor?

Ocurrió en el siglo pasado durante una sesión parlamentaria de un estado federal americano en algún lugar del medio-oeste: Un eclipse solar amenazaba provocar un gran pánico, ya que algunos habían predicho el inminente fin del mundo. Entonces el delegado que tenía la palabra, hizo esta reflexión: “¡Señores! En este momento hay solamente dos posibilidades con el mismo resultado. O el Señor llega, entonces que nos encuentre ocupados con nuestro trabajo; o el Señor no llega, entonces no hay motivo para interrumpir nuestra tarea”.

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