Ante Dios no podré esconder ni disimular nada…

Mateo 25, 31-46.

Ciclo A, Domingo 34º durante el año (Fiesta Cristo Rey)

Al escuchar esta descripción del Juicio final con el destino terrible de los condenados, se nos pone la piel de gallina. Todos estamos en camino hacia el gran Juicio final. Ante el trono de Dios no podremos esconder ni disimular nada. Tal vez tenemos miedo a morir ante todo porque tememos ser avergonzados públicamente, y porque la sentencia será definitiva.

El texto bíblico nos presenta a Jesucristo como el Hijo del hombre en su gloria, como rey, juez del mundo y pastor que separa las ovejas blancas de los cabritos negros. ¿No conocemos a Jesús como el “Buen Pastor” que va a buscar a la oveja que se perdió para llevarla de vuelta al rebaño? Aquí el “Buen Pastor” asume rasgos de un juez muy severo. Parece que manda sin piedad a los cabritos de la izquierda a la condenación eterna.

Se trata de una imagen que no pretende hacer una descripción detallada de lo que será el juicio final. El evangelista la formó de las esperanzas, anhelos y temores de la gente de su tiempo. Ella  nos debe hacer pensar.

Ambos grupos, los buenos y los malos, quedan sorprendidos y no pueden comprender la sentencia sobre ellos. Las palabras de Cristo que la fundamentan, revelan que es decisivo, para salvarse o condenarse, cómo uno se ha portado para con Él. Mientras Jesús vivía en esta tierra se lo podía encontrar entre los enfermos, entre los pobres de toda clase, entre los marginados y excomulgados. Igualmente, hoy se lo encuentra en estos más pequeños de nuestros hermanos. En ellos Cristo está en medio de nosotros. Él se identifica con el más pequeño de sus hermanos, representados en seis casos que pueden ser ampliados. “Hermanos de Jesús” y “pequeños” son dos nombres que en el Evangelio según San Mateo tienen los cristianos.

¿Qué es decisivo para salvarse o para condenarse?

No es cuestión de fijarse con cierta histeria en el juicio final. El juicio se está realizando aquí y ahora. El que me necesita revela quién soy yo en realidad, detrás de mi linda fachada, de mis hermosas palabras y mis justificaciones aparentemente tan bien fundamentadas.

¿Cuándo y cómo se va realizando el juicio?

Este pasaje del Evangelio ilustra de una manera impresionante el mandamiento del amor de Jesús. Servir al hombre es servir a Dios. Para conocer a Dios hay que mirar al hombre. Para encontrarse con Dios hay que salir al encuentro con el hombre. Amando a la creatura, amamos al Creador.

Jesús mismo nos mostró con su propia vida lo que será válido en el juicio final. En sus palabras y en los hechos puso siempre al hombre concreto en el centro del interés. “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”. Mc.2,27. El hombre debe poder vivir libre de enfermedades y esclavitudes. Jesús quiere devolver al hombre su dignidad original de hijo de Dios, no importa si uno la perdió por propia culpa como el hijo pródigo, o si otros se la quitaron. Dios nunca deja de lado a nadie. Jesús vino, para que tengamos la vida y la tengamos en abundancia (ver Jn.10,10). El “Reino de Dios” es esto: vida abundante. Se la puede palpar donde los hombres no viven el uno contra el otro, sino el uno con y para el otro.

¿Cómo se muestra que uno ama a Dios?

Por lo que se ve en el texto bíblico, ninguno es consciente de haber asistido a Cristo, o de no haberlo hecho. Los del lado derecho hicieron el bien a sus hermanos sin la intención de querer hacer algo “para” Dios o esperando por ello el premio eterno. Y los de la izquierda no comprendieron que todo culto a Dios quedaría vacío si no hay amor al hermano. Nos recuerda San Pablo: aunque habláramos todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, aunque tuviéramos el don de la profecía y toda ciencia, aunque tuviéramos una fe capaz de trasladar montañas, aunque repartiéramos todos los bienes para alimentar a los pobres, si no tenemos amor, seríamos como una campana hueca que resuena o un platillo que retiñe. (ver 1Cor.13). Y la Primera Carta de San Juan nos enseña: “El que dice «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?”. 1Jn.4,20.

¿Cómo te sentís si alguien te dice: “Te ayudo porque así amo a Cristo.”?

Conviene recordar que no se trata de oponer el amor al prójimo al amor a Dios, o el servicio al hermano al culto a Dios. Queda en pie que Jesús enseña el doble mandamiento de amor a Dios y al prójimo. El texto de la descripción del juicio final es un texto didáctico que pretende instruirnos acerca de un solo aspecto de la vida cristiana, sin ocuparse de otros. No se dice nada, por ejemplo, de la necesidad de la fe para alcanzar la salvación. Se cometería un grave error si se absolutizara este texto y, dejando de lado otros textos bíblicos igualmente importantes, se dijera que toda la vida cristiana consiste sola y exclusivamente en la atención de los necesitados. Jesús, con su palabra y su ejemplo, nos enseña que para una vida realmente cristiana es imprescindible conocer su Palabra, son fundamentales la oración, la catequesis y la celebración de los Sacramentos, especialmente la Santa Misa, si bien todo eso quedaría vacío sin un sincero amor al hermano.

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