No tengo más que un solo Maestro y Jefe.

Mateo 23, 1-12.

Ciclo A, Domingo 31º durante el año

“No se hagan llamar maestro o doctor”, y sin embargo existen los maestros de la escuela, “maestros mayores de obra”, los doctores del hospital o sanatorio, los “doctores de la Iglesia”, los Doctores en teología, y el Magisterio del Papa y de los obispos.

“A nadie en el mundo llamen padre, y sin embargo hablamos con toda naturalidad de los padres de familia, de los Padres de la Iglesia, llamamos a un sacerdote “Padre”, hablamos del “Padre Obispo”, y algunos hasta llaman al Papa “Santo Padre”.

¿Estamos en flagrante contradicción a lo que Jesús manda?

Como muchas veces, este texto bíblico refleja la situación de la joven Iglesia de la época en que se redactó el Evangelio según San Mateo.

Muchos escribas, o maestros de la Ley, y fariseos se habían convertido en los adversarios más intransigentes de la fe cristiana.

¿Cómo fue la relación entre la joven Iglesia y los escribas y fariseos?

Los escribas o maestros de la Ley se dedicaban a la lectura e interpretación de la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento. Tenían mucha influencia en la sociedad. Determinaron las normas de conducta y dictaban las sentencias en los tribunales. Muchos de ellos, o tal vez la mayoría, pertenecían al partido político-religioso de los fariseos. Éstos fueron los más piadosos entre los laicos judíos. Hicieron un frente para contener la infiltración del paganismo. Se consideraban a sí mismos como los “puros”, los “separados de los demás”. Esto significa precisamente la palabra “fariseos”.

¿Quiénes eran los escribas y fariseos?

El evangelista advierte a su comunidad sobre el peligro de imitar el comportamiento de los escribas y fariseos. Les dice a los cristianos que vienen del judaísmo: las enseñanzas de los maestros de la Ley pueden ser válidas para los cristianos. Sin embargo, estos jueces oficiales no son precisamente modelos de conducta a seguir.

Jesús, en el sermón de la montaña, proclamó la verdadera justicia, aquí enfrenta la falsa justicia, la hipocresía. La palabra “hipocresía” viene del mundo del teatro. El hipócrita es el actor que juega un rol; que se esconde detrás de una máscara. Sin duda, no todos los fariseos eran hipócritas. Hubo gente muy seria y sincera entre ellos. Pero el comportamiento de muchos fariseos estaba en flagrante contradicción con lo que enseñaban.

¿Por qué dice Jesús que los cristianos hagan lo que digan los escribas y fariseos, pero que no se guíen por las obras de ellos?

Los escribas y fariseos habían hecho de la Ley un yugo “insoportable” para los demás, mientras que el yugo de Jesús es suave y su carga liviana (Mt.11,28). Interpretaban las leyes para los demás muy rigorosamente. Pero los escribas, especialistas en ellas, siempre encontraban alguna excusa para no cumplirlas.

No buscan la Voluntad de Dios, sino se buscan a sí mismos. Actúan como sobre un escenario para ser vistos y alabados. Jesús, por el contrario, invita a hacer el bien en lo escondido (Mt.6,1-18).

Las filacterias eran cajitas en las que llevaban escritos algunos pasajes cortos de la Ley. Cumplían de esta manera en forma simbólica el precepto del Antiguo Testamento que dice que los mandamientos de Dios deben ser llevados atados a la mano y sobre la frente para tenerlos siempre presentes (Dt.6,8). La misma finalidad la tenían los flecos del manto (ver Núm.15,38ss). Sabemos que Jesús mismo también los usaba, como vemos en la escena de la mujer que se acerca a tocar los flecos de su manto para quedar curada (Mt.9,20s). A los fariseos no se les critica esta costumbre, sino el hecho de que los hayan agrandado con el afán de ser aplaudidos. Igualmente lo malo no es ocupar uno de los primeros lugares si uno es invitado, lo malo es ir buscándolo, lo mismo que ir detrás de títulos y honores con el afán de sobresalir.

¿En qué aspectos los cristianos no deben imitar el comportamiento de los escribas y fariseos?

Ciertamente Jesús no prohíbe referir las palabras “maestro”, “padre”, “jefe” a personas humanas. Si fuese así, tampoco deberíamos llamar a los maestros de escuela, a los padres de familia y jefes de trabajo, etc. por este u otro nombre. Por un lado, el evangelista, en aquel entonces, no quiso que los cristianos se presenten como los escribas y fariseos, con los mismos títulos que aquellos solían usar. El peligro de ser confundidos con las autoridades judías hoy ya no existe. Por el otro lado, las palabras bíblicas tienen un sentido más profundo: en el fondo, sólo Dios es Padre de verdad, sólo Cristo es el Maestro y Jefe. Pero como llamamos también a personas humanas santas, aunque sólo Dios es santo, porque en ellos brilla algo de la Santidad de Dios, así también podemos llamar a personas humanas “padre”, “maestro”, “doctor” o “jefe”, porque en cierto modo representan, o deben representar, a Dios y a Cristo.

San Pablo, por ejemplo, no tiene dificultades en dejarse llamar padre. Les recuerda a los corintios: “Aunque tengan diez mil preceptores en Cristo, no tienen muchos padres: soy yo el que los ha engendrado en Cristo Jesús, mediante la predicación de la Buena Noticia.” 1Cor.4,15.

¿Jesús prohíbe llamar al sacerdote «Padre»?

Llamando al sacerdote «Padre», ¿a qué nos compromete a nosotros los laicos, y a qué lo compromete al sacerdote mismo?

La comunidad cristiana se fundamenta en la dignidad de todos los bautizados de tener un Padre común, y de tener un solo verdadero Maestro: Jesucristo. Los pastores de la Iglesia tienen autoridad como la tuvieron los Apóstoles, y la recibieron del mismo Cristo. Pero la tienen para “apacentar el rebaño”, para servir al Pueblo de Dios. No es nada malo tener poder e influencia en la Iglesia. Lo decisivo es para qué uno usa su posición. En la Iglesia no caben meros títulos de honor, y menos aún el afán de correr detrás de ellos. Pero títulos que indican un servicio, no impiden, sino más bien ayudan para que la Comunidad cristiana sea una verdadera comunión de hermanos.

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