¿Acepto la invitación de ir a la fiesta?

Mateo 22, 1-14.

Ciclo A, Domingo 28º durante el año

Érase una vez un muchacho que terminó de aprender el arte de la carpintería. Para reconocer su buen desempeño, al despedirlo, el maestro le regaló una mesita que era de madera común y no tenía ninguna apariencia llamativa. Pero tenía una gran virtud. Cuando se le dijo: “¡Póngase la mesa!”, inmediatamente se puso repleta de las comidas más ricas y de las bebidas más exquisitas.

Evidentemente la fe en Dios no es como esa mesita mágica. Si bien Dios nos invita a un banquete fabuloso, no es un mozo que tiene que poner sobre la mesa lo que a nosotros en el momento nos agrade. Son numerosos entonces los que buscan la satisfacción de sus gustos en otro lado.

Para muchos la invitación de Dios perturba sus planes y proyectos. Les interesa más su trabajo y su negocio. No creen solamente que pueden arreglárselas muy bien también sin Dios, sino se han creado sus propios dioses: dinero, fama, carrera, poder, placer a toda costa.

Estamos frente al misterio del Amor de Dios. Él quiere que todos se salven. Invita a todos, pero no obliga a nadie.

Ya el profeta Isaías había imaginado que Dios “ofrecerá a todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados”. Is.25,6. Igualmente, tanto la figura del hijo del rey como la de la fiesta de las bodas son ideas que se encuentran en el Antiguo Testamento. El “hijo del rey” alude al Mesías esperado, mientras que el banquete y las bodas son expresiones que describen la felicidad de los últimos tiempos, cuando Dios haga la alianza definitiva con su pueblo, y se comience a gozar de la paz y de la alegría sin fin.

¿Cómo se describe el Amor de Dios en la Biblia?

El banquete de bodas de nuestra parábola es una fiesta bien rara. Primero los invitados se niegan a participar. Ni siquiera consideran necesario disculparse. No llevan el apunte a una segunda invitación. Piensan que tienen algo más importante que hacer. Hasta maltratan y matan a los que traen la invitación a la fiesta.

Pero no resulta difícil entender el sentido de la comparación. Por supuesto, el rey que celebra las bodas de su hijo, es Dios Padre que invita a participar en la fiesta de su Hijo Jesucristo. El primer grupo de servidores alude a los profetas de la Antigua Alianza que tantas veces predicaron el mensaje de Dios sin encontrar eco. El segundo grupo de los servidores son los Apóstoles cristianos. Son enviados dos veces, y a dos grupos distintos. Primero, a la gente de la ciudad, es decir de Jerusalén. La primera invitación a entrar en la sala de fiesta, a la Iglesia de Jesucristo, se hizo a los judíos. Pero la mayoría de ellos no la tuvieron en cuenta. Al contrario, comenzaron a perseguir a los cristianos, asesinándolos. El incendio y la destrucción de su capital Jerusalén, a mano de tropas romanas, en el año 70, se interpretan como un castigo de Dios por todo eso.

La segunda invitación se dirige a quienes no habían sido invitados en el primer momento. Este llamado a la gente de “los cruces de los caminos” alude sin duda a la entrada de los paganos a la Iglesia, después de que Israel rechazó la invitación al Evangelio. Mateo sabía por propia experiencia que la predicación del Evangelio fue mejor acogida entre los paganos que entre los judíos.

¿Cómo se explican los detalles “raros” de la parábola:
¿A quién representa el rey?
¿Quién es su hijo?
¿Quiénes forman el primer grupo de servidores?
¿Quiénes el segundo?
Estos últimos, ¿a quiénes invitan primero?
¿y a quiénes después?

Pero no es suficiente con haber aceptado la invitación. Invitados son todos. Se dice expresamente que en la Iglesia se reúnen “buenos y malos”. Por eso la parábola del comensal sin traje de fiesta advierte a todos que nadie tiene ya asegurada la salvación.

El que no quiere poner el traje de fiesta, no está dispuesto a cambiar de vida. San Pablo recuerda a los cristianos:  “De él (Cristo) aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia , para renovarse en lo más íntimo de su espíritu, y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad.” Ef.4,22-24.

La pertenencia exterior a la Iglesia no es suficiente para escaparse del juicio de Dios.

Es cierto que Dios ha llamado a todos a participar en el banquete del Reino, pero sólo serán admitidos aquellos que llevan el traje apropiado, es decir: viven según su dignidad cristiana. No es suficiente que algún día el sacerdote nos haya impuesto el vestido bautismal. Debemos llevarlo siempre.

Es necesario un estilo de vida que ponga en práctica las enseñanzas de Jesús. No es suficiente haber sido bautizados. Es necesario vivir como bautizados.

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