¿Me ganarán las prostitutas?

Mateo 21, 28-32.

Ciclo A, Domingo 26º durante el año

Alguno dirá: “¿Para qué esforzarme por vivir según los mandamientos de Dios, si el mismo Jesús dice que los pecadores públicos y las prostitutas entrarán antes en el Reino de Dios?”.

Pero fijémonos bien en el texto del Evangelio. Jesús nos habla de dos actitudes bien diferentes ante la invitación de Dios Padre a trabajar en su viña, es decir: en su Reino. Los unos no aceptan la invitación al principio, pero luego se arrepienten y cumplen. Los otros dicen en seguida que sí, pero después no hacen nada. Así que no se trata de una comparación simple entre buenos y malos, sino entre los que dicen que son buenos (pero no lo son), y los que habiendo sido rebeldes, después han cambiado la vida.

Nos podría ocurrir espontáneamente: ¡acá falta un tercer hijo! ¿Dónde queda el hijo obediente que cumple lo que promete? ¿Dónde queda el hijo modelo? Es que Jesús evidentemente quiere decir que, aparte de Él, el hijo modelo no existe. Que todos de algún modo somos pecadores y hemos de convertirnos, y esto constantemente.

¿Por qué Jesús no habla de un hijo obediente que cumple lo que promete?

El dicho: “Hazte fama y échate a dormir” no corre en la Biblia. Según ella el justo puede volverse malvado y perecer. Y el malvado puede convertirse y salvarse.

En la parábola, los dos hijos, el uno aparentemente desobediente y el otro obediente, acaban haciendo lo contrario de lo que habían dicho. La parábola nos enseña que los que piensan ser buenos no tienen comprado ya el cielo, y los que obran mal no están ya encerrados en el infierno. Mientras vivimos en este mundo podemos cambiar, ¡ojalá para mejor!

¿Cuál es el comportamiento de cada uno de los dos hijos?

En estos dos hijos, Jesús representa, por un lado, a los pecadores: los publicanos y las prostitutas; por otro, a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo judío. Los publicanos eran los encargados de cobrar los impuestos a los judíos para los romanos, que con sus tropas ocupaban el país. Solían aprovechar la oportunidad para asegurarse un alto porcentaje para sí mismos, extorsionando muchas veces a la gente. Fueron colaboradores del enemigo romano tan odiado. También estaban las prostitutas, siempre utilizadas y siempre aborrecidas por los mismos que las utilizan.

Al escuchar a San Juan Bautista y después a Jesús, por lo general, no fueron los que parecían ser los más piadosos los que respondieron al llamado de la conversión. Al contrario, en el Evangelio tenemos varios relatos de conversiones de gente tenidos de muy baja categoría, pero que al escuchar la predicación de Juan Bautista, y, después al encontrarse con Jesús abandonaron su mala vida, como por ejemplo el ex estafador de primera Zaqueo, la mujer pecadora, o el “buen” ladrón. Todos ellos no entran al Reino por ser pecadores, sino porque se han convertido a Dios.

¿Por qué los publicanos y las prostitutas llegan antes que los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo al Reino de Dios?

En segundo lugar están los que “no hacen lo que dicen” Mt.23,3., los que honran a Dios con los labios, pero su corazón está lejos de Él (ver Is.29,13; Mt.15,8). Lo hacen como el hijo que dice: “Pero, cómo no! Sí, Señor, ya voy”, pero después no pasa nada. Se quedan contentos con sus respetuosas palabras, y no pasan a los hechos. Asienten rápidamente con la cabeza, mientras el corazón todavía tarda, y las manos no acompañan las promesas de la boca.

Los sumos sacerdotes judíos y los ancianos del pueblo fueron los más representativos de los que decían que cumplían y querían cumplir con la Voluntad de Dios, pero no hicieron caso ni a San Juan Bautista, ni al mismo Jesús. En vez de seguirlo, se le opusieron, y algunos llegaron a ser los responsables de su crucifixión.

Jesús les hace decir a los que se creían muy piadosos que ellos son los hijos desobedientes. Y para mayor vergüenza los compara con las personas que eran consideradas del más bajo nivel. Les hace ver, que los pecadores más grandes se convirtieron en la primera oportunidad que tuvieron. En cambio, ellos tuvieron dos oportunidades: la predicación y el ejemplo, y no supieron aprovechar ninguna de las dos. Su mal consiste en: porque afirman que son obedientes, no dejan lugar para un cambio de actitud.

¿Qué les echa en cara Jesús a los que se consideraban a sí mismos justos y muy piadosos?

Hay una gran tentación: la de creerse muy religioso, casi ya santo. Los que se creen ya perfectos piensan que el llamado al cambio de vida está dicho para los demás. Y como no advierten sus propios defectos, o los justifican en seguida, tampoco intentan a llegar a ser mejores.

¿Por qué el creerse muy piadoso es a la vez muy peligroso?

El Señor nos hace ver que no es suficiente quedarse en lindas palabras. La Biblia nos enseña repetidas veces que es más importante cumplir la Voluntad de Dios que andar proclamando que se es muy religioso, “demasiado católico” o muy creyente. Una frase que Jesús dijo en otro lugar del Evangelio, resume muy bien esta parábola de los dos hijos:  “No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre”. Mt.7,21.

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