“Nunca es tarde cuando la dicha es buena.”

Mateo 20, 1-16.

Ciclo A, Domingo 25º durante el año

“Nunca es tarde cuando la dicha es buena”. Nunca es tarde para volverse a Dios, y nunca es tarde para ponerse a trabajar para que los demás también se encuentren con Él.

“¡Busquen al Señor, mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino, y el hombre perverso sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión.” Is.55,6s. Así ya el profeta Isaías llamaba a acercarse a Dios.

A los judíos, miembros del pueblo elegido, no les era fácil imaginar que Dios pudiese asociar también a otros pueblos a su alianza. Y hasta algunos cristianos de origen judío no podían entender que los paganos, venidos más tarde, tuvieran en la Iglesia la misma situación y los mismos derechos que ellos. Su actitud está reflejada en la queja de los obreros de la primera hora, que se sienten discriminados al recibir lo mismo que los contratados más tarde.

La parábola, originariamente, se dirige a los cristianos de origen judío, y les invita a cambiar de mentalidad. Pero, por supuesto, se dirige también a todos aquellos que se sienten con más derechos y se ponen celosos porque otros reciben el mismo trato que ellos.

¿A quiénes representan los obreros de la primera hora?

Esta parábola completa la enseñanza anterior sobre la recompensa que pueden esperar los que dejan todo para seguir a Jesús. El Señor había dicho que la recompensa es la vida eterna. Muchos podían pensar que la felicidad eterna será el premio por los sacrificios que una persona haga. Para evitar o corregir este error, Jesús agrega esta parábola: El hombre no puede presentarse jamás ante Dios con pretendidos derechos. Nunca tiene derecho a pasarle la factura. La recompensa que Dios da, será siempre pura gracia,un don, un regalo gratuito. El premio se debe únicamente a la bondad de Dios. La recompensa que Dios nos dará no es fruto de nuestros esfuerzos. Todo lo que somos y tenemos no es resultado de nuestros méritos, sino es puro regalo de Dios: la vida, la salud, la fuerza para trabajar, y, ante todo, la fe cristiana. Si nos salvamos no es por mérito nuestro, es por misericordia y gracia de Dios. Jesús corrige a todos aquellos que piensan que se pueden “ganar el cielo”. Como Dios es bueno, nos regala el cielo, que vale infinitamente más que todo lo que nosotros podamos hacer para ganarlo.

¿Podemos ganarnos el cielo?

En la parábola el propietario da el mismo salario a todos, a pesar de que han trabajado distinta cantidad de horas. Todos recibieron un denario, una moneda de plata, tanto los que trabajaron mucho como los que trabajaron poco. Lo que Dios ofrece a todos (el denario o la moneda de plata), es la felicidad del Cielo.

En la parábola, ¿qué representa el denario?

Lo importante no es la cantidad de cosas que hagamos. Lo que importa es obedecer en el momento en que el Señor nos llama a trabajar en su viña, es decir: en su Iglesia. Dios es libre de llamar a cada uno en la etapa de la vida que Él quiere. A unos los llama al comienzo de la vida, a otros como adolescentes, jóvenes, adultos o ancianos. Y si uno durante casi toda su vida no ha trabajado en la viña del Señor, no necesita ser culpa suya. Tal vez estaba dispuesto a hacerlo. Pero nadie lo ha contratado. Nadie lo invitó. No tuvo la oportunidad, y por eso se quedó sin hacer nada. También podría ser que los últimos, aunque trabajan menos tiempo, pero trabajan con mucho más dedicación y fervor.

¿A qué se puede referir que el propietario llame en distintas horas a los obreros a trabajar en su viña?

Nadie tiene que sentirse más o menos que otro por lo que hace en la Iglesia. Lo único que importa es que cada uno haga todo y  bien lo que el Señor le pide, sin compararse con los demás ni ponerse envidioso porque el otro trabaja menos o brilla más. Compararse con los otros puede tener consecuencias muy negativas. Nos puede paralizar. Nos puede llenar de bronca y agresividad. Nos puede desanimar. Dijo un gran sabio: “El compararse con los demás es el fin de la felicidad y el comienzo del descontento”.Lo decisivo no es si uno brilla más que los otros, o menos, sino aquel será más feliz el que sepa amar más, aunque el servicio que cumple no arranque ningún aplauso.

¿Por qué no es bueno compararse con otros?

En la historia de Salvación los primeros fueron los miembros del pueblo elegido. Muchos de ellos, particularmente muchos fariseos, se creían con especiales privilegios ante Dios y con el derecho de pasarle la factura por sus buenas obras hechas. Pero Jesús abrió la puerta al Reino de Dios a los pecadores y paganos. Como en la parábola del “hijo pródigo” el hermano mayor se niega a compartir la alegría del Padre y de su hermano menor, también aquí los obreros de las primeras horas, por la insistencia en sus méritos y por su envidia, se convierten en últimos. El cristiano de verdad no encuentra motivo para ponerse envidioso. Se alegra por la bondad infinita de Dios que acoge también al que se arrepiente en el último segundo, como el “buen ladrón”, crucificado al lado de Jesús.

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