¿Qué me importa lo que hagan los demás?

Mateo 18, 15-20.

Ciclo A, Domingo 23º durante el año

Un cartel con una calavera y dos huesos cruzados con la leyenda “Peligro” donde hay cables de alta tensión, es expresión de solidaridad. Lo mismo vale de tantas otras señales que nos previenen de peligros. Por ello nadie se incomoda. Todos admiten que poner tales señales es una obligación, y destruirlas es delito.

No existe la misma conciencia cuando un peligro proviene de la conducta equivocada de parte de alguna persona. En este campo reina el más absoluto individualismo. “¿Qué me importa lo que haga fulano? Allá él”, decimos y nos lavamos las manos, refugiándonos en un falso respeto por el otro. Tal vez el otro nos diga: “Yo soy libre y hago lo que yo quiero, y vos no sos quien para que vengas a meterte en mis cosas!”. Sí, es cierto, somos libres. Pero Dios no le dio la libertad a nadie para que se haga esclavo del pecado.

Libertad y perdición son dos cosas muy distintas. Somos libres, pero nadie tiene el derecho a abusar de la libertad contra los derechos de su prójimo.

Algunos cristianos se creen islas. No se dan cuenta de que su mala conducta va más allá de ellos, y daña en todos los casos a los demás, a la familia y a la Comunidad. Porque no hay ninguna conducta, buena o mala, que sea totalmente privada. Mis virtudes y buenas obras ayudan a los demás, y mis pecados, también los cometidos en el más absoluto secreto, dañan a la Comunidad. De allí la obligación de alabar al hermano por su conducta buena, que no es lo mismo que adularlo. Y de allí la obligación de tratar de corregir al hermano en caso de mala conducta. Y esto tanto por el bien del que está en el error o pecado, como también por el bien de la Comunidad. Quien peca da lugar al mal en sí mismo y en el mundo, y debilita el testimonio de la Comunidad cristiana. Porque más de uno que mira desde afuera dirá: “¡Miren cómo son los católicos!”.

¿Por qué debemos felicitar al hermano por su conducta buena?

¿Por qué debemos tratar de corregir al hermano que peca?

El Evangelio es muy realista. No oculta que puede haber pecado también dentro de la comunidad cristiana. La corrección fraterna en la Iglesia supone faltas graves de los cristianos. Éstas han de considerarse en todos los órdenes. En el campo de las obligaciones con la Comunidad, por ejemplo, descuidar regularmente la participación en la Asamblea Dominical, es decir: en la Misa o Celebración de la Palabra. En el campo de los distintos servicios asumidos, por ejemplo: improvisar siempre la catequesis, y, sobre todo, en el campo del testimonio de vida cristiana en medio del mundo, faltando gravemente contra los mandamientos; por ejemplo: robar en el trabajo o no pagar el sueldo justo a los empleados; quitarle la mujer o el marido al prójimo; propiciar el aborto; descuidar a los padres ancianos.

Es una dolorosa realidad de que hay ovejas negras en la Iglesia, aparte de las grises. En el texto precedente Jesús insiste en que hay que buscar de todas formas a la oveja extraviada, porque “el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Mt.18,14. También el pecador no deja de ser mi hermano. Se trata siempre de un hermano que se ha separado de la Comunidad por su conducta, y hay que intentar todo para hacerlo volver.

Corregir a un hermano supone gran tacto, gran humildad y mucho amor. En primer lugar, no debes hacer publicidad del pecado de tu hermano. Lo dejarías con mala fama, aun cuando después se arrepienta y cambie de actitud. Tampoco debes creer cualquier chisme. Te debe constar que tu hermano está realmente obrando mal.

Igualmente, mal vas a poder corregir a tu hermano, si estás haciendo lo mismo o algo peor que él. Deberás purificar primero tu propia conducta, no sea que pretendas sacar una paja del ojo de tu hermano cuando tienes todavía tapado el tuyo por una viga. Deberás proceder, como aconseja San Pablo, con mansedumbre, con bondad, con ánimo de hacer el bien. No con la intención de dejar al otro mal parado, o de “cantarle las cuarenta”. (ver por ejemplo: Ef.4,25-5,2; 1Tes.5,13b-15; 2Tes.3,13-15).

Deberás buscar el momento oportuno. Y debes ser claro. No llamar blanco lo que es negro. El adulterio se llama adulterio. El abandono de los hijos se llama abandono de los hijos. La calumnia se llama calumnia. El robo se llama robo. Y la borrachera se llama borrachera.

¿Cómo se debe tratar de corregir al que peca?

Hay que hacer la corrección fraterna. Y para ello Jesús indica el camino a seguir: primero, a solas; segundo, ante testigos; finalmente, en un caso muy grave, la excomunión, para ver si así se arrepiente. Cuando todos los intentos de dialogar quedan vanos, las mismas palabras de Jesús autorizan a los pastores de la Iglesia a excluir a alguien de la Comunidad cristiana para que sea considerado pagano o pecador público. Pero tampoco entonces definitivamente. La Comunidad cristiana lo sigue esperando, como espera a todos los que no pertenecen todavía a ella, y como en la parábola el Padre esperaba al hijo pródigo. Si el pecador  muestra signos de arrepentimiento, le perdonará si hace falta “hasta setenta veces siete”. Mt.18,22. De todos modos la Comunidad usará su poder más grande: la oración en el Espíritu de Jesucristo.

Una respuesta a “¿Qué me importa lo que hagan los demás?

  1. “Ser indiferentes al hno que sufre y que nos habla en el silencio de un rostro o mirada angustiosa,retraída,..es ser indiferentes a CRISTO en el momento de su mayor agonía.derramando su sangre por nosotros.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s