Lo más precioso para mí…

Mateo 13, 44-46.

Ciclo A, Domingo 17º durante el año

Los relatos del tesoro escondido en el campo y de la perla de gran valor son parábolas gemelas, ya que su mensaje es muy parecido. Jesús, después de dejar a la multitud, las cuenta en particular a sus discípulos. Las dos parábolas encierran un mensaje especial para todos los que quieren ser de verdad discípulos de Jesús.

En la primera parábola se trata de un peón del campo que encuentra un tesoro escondido en la tierra. Sin convertirse en un ladrón, quiere quedarse con el tesoro, de modo legal e inteligente. Compra el campo, porque según la ley judía así se convirtió en el dueño del suelo y del subsuelo. Por todos los medios quiere poseer el tesoro hallado, aun a costa de vender o renunciar a todo lo demás.

La alegría por el tesoro encontrado es tan grande, que en comparación con él todo lo demás pierde la importancia. El tesoro le llena con tanta felicidad que ya no le cuesta renunciar a lo que poseía hasta ahora.

En la segunda parábola aparece un comerciante de perlas. Para los orientales no existía cosa más preciosa y apreciada que las perlas. Cuando el negociante de la parábola encuentra una perla de excepcional valor vende todo lo que posee para comprarla. Todo lo que tiene ya no tiene importancia en comparación con aquella perla.

Los dos, el peón y el comerciante, venden cuanto tienen para adquirir el tesoro o la perla. Se trata del valor incomparable del Reino de Dios. En comparación de él, el resto es despreciable. Y vale la pena jugarse del todo por alcanzarlo. Es necesario dejar todo sin reservarse nada. En los dos casos se dice que el precio es equivalente a todo lo que se posee. Por eso, si hay algo que no se vende, por pequeño que sea, ya no alcanza el dinero para comprar el campo o la piedra preciosa. Hay que entregarse enteramente al Señor.

¿Por qué no les cuesta, ni al peón ni al comerciante, renunciar a todo lo que tenían, con tal de poseer el tesoro o la perla preciosa?

El Reino de Dios no consiste en algún cambio exterior. No va a llegar por un simple cambio de estructuras políticas, porque la raíz de todos los males es el pecado que se esconde en nuestros corazones. Por eso, con estas parábolas Jesús nos dice, que si queremos que cambien las cosas para mejor, tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos, y no en pequeños aspectos sino totalmente.

El Papa Pablo VI distinguía entre predicar y abrazar el Evangelio para “hacer pinta”, y predicarlo y abrazarlo “en serio”. Decía: “ Lo que importa es evangelizar – no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta las mismas raíces. …Se trata de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad. …Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: …No hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio.”  (ver EN 18-20).

¿Cómo se puede lograr un mundo mejor?

Si es Cristo quien tiene que reinar en nuestro corazón, entonces tiene que desaparecer en él todo otro poder.

Si hay que vender todo lo que se posee, tenemos que hacer un recuento de todo lo que es nuestro. No demos una respuesta fácil calculando la plata que llevamos en el bolsillo. No se trata solamente de cosas materiales.

Tenemos que empezar por nuestra manera de pensar, de actuar, por nuestras ideas, planes y costumbres. Si nos reservamos nuestros criterios para juzgar o nuestros propios principios personales, ya no estará reinando el Señor, sino nosotros mismos. Para que se cumpla la Voluntad de Dios, tenemos que renunciar a hacer lo que nosotros queremos. Y si no le dejamos a Dios hacer su Voluntad en nosotros, ¿cómo podemos quejarnos con sinceridad que no se haga su Voluntad en el mundo?

Para que Cristo reine en nuestros corazones y en el mundo, ¿qué debemos hacer?

El peón encontró por casualidad el tesoro escondido. Estaba cumpliendo con su trabajo de todos los días. Puede ser que alguien encuentre a Cristo de manera aparentemente casual, en medio de su vida “normal”. Para encontrarme con Dios, no necesito hacer cosas extraordinarias. Él suele salirnos al encuentro allí donde vivimos, trabajamos, sufrimos y gozamos.

Otro, para encontrar la fe, va buscando, con ojos de experto, como el comerciante. Lee, pregunta y reflexiona. Si busca con corazón sincero, llegará el día en que Dios se le mostrará.

¿Cómo podemos llegar a encontrarnos con Jesucristo?

Ninguno de los dos compra para vender de nuevo o para especular con lo comprado. Han encontrado algo que llena su vida y le da sentido. Así ocurre cuando uno ha encontrado de veras a Cristo. Sólo Él llena la vida con alegría y le da plenamente sentido.

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