En mi corazón crece trigo, y también yuyos…

Mateo 13, 24-30.36-43.

Ciclo A, Domingo 16º durante el año

En un asado de fiesta te sirven el mejor vino. Pero el vaso sucio te da asco, y te vienen ganas de rechazar el vino aunque sea de primera calidad. Muchos se sienten tentados a rechazar lo mejor que hay: el Evangelio, el amor de Cristo, porque les llega por medio de una Iglesia tan humana. Jesús, con su parábola de la cizaña, contesta a todos aquellos que exigen que la Iglesia sea una Comunidad de solamente santos y puros, y se escandalizan por los pecados que hay en ella.

Les cuento una “Anti-parábola”:

Un día llegaron los peones a su patrón y le dijeron: “Señor, el campo de trigo está completamente lleno de yuyos. ¿Qué debemos hacer?” Contestó el patrón: “Seguro, que mi vecino, ese tipo odioso, sembró cizaña entre el trigo. ¡Vayan y arránquenla desde las raíces! ¡No puedo tolerar que mi enemigo me haga perder la cosecha!”. Los peones fueron a carpir el campo. Si bien detruyeron también muchas plantitas de trigo, pero finalmente el campo quedó libre de yuyos. Apenas habían pasado dos semanas, los peones volvieron al patrón con mala noticia: “El campo ya otra vez está lleno de yuyos…”. “Arránquenlo desde la raíz”, les mandó el patrón. Los peones cumplieron con el mandato. Y lo mismo se repitió una tercera vez. Cuando entonces el patrón inspeccionó sus propiedades, constató con sorpresa: efectivamente, en el campo de trigo no hubo ni un solo yuyito, pero también había quedado apenas una que otra plantita de trigo. Entonces el patrón se puso a pensar.

¿Qué nos hace pensar a nosotros esta «Anti-parábola»?

Es cierto que la cizaña puede impedir o dificultar el crecimiento del trigo, pero ambas plantas se parecen mucho al principio. Casi no se las puede distinguir. Así, al arrancar la cizaña, se arranca también el trigo. Y más tarde, las raíces se entrelazan de tal modo que es imposible arrancar la cizaña sin arrancar también el trigo.

Jesús, con esta parábola, nos quiere prevenir de un peligroso autoengaño y de una intolerancia y de un fanatismo que hacen más mal que bien.

Ninguna persona es perfectamente santa, y ninguna es totalmente mala. El corazón de cada uno de nosotros se parece a un campo donde crecen trigo y cizaña a la vez. Dijo un gran escritor: “Dios y el diablo están en guerra, y el campo de batalla es el corazón del hombre”. Si tuvieran que ser expulsados todos los pecadores de la Iglesia, ¿quién de nosotros entonces podría seguir perteneciendo a ella?

Ningún cardo tiene solamente espinas. Aunque para ver las flores hay que esperar la primavera. ¿Quién puede asegurar que alguna persona es totalmente mala, sin posibilidad de convertirse? “Mientras hay vida, hay esperanza”. Aun el hombre más perverso, mientras vive, puede cambiar, como lo demuestra la historia de grandes santos, que antes fueron grandes pecadores, como por ejemplo San Agustín y San Francisco de Asís. Pablo, con su afán equivocado por Dios y por la Ley, primero perseguía a Cristo. Después llegó a ser uno de los más grandes Apóstoles del Señor.

¿Por qué la Iglesia no excomulga a nadie definitivamente?

Los discípulos de entonces, y también nosotros hoy, estamos en tentación de querer poner orden antes del tiempo. Pero todavía no ha terminado la batalla entre el bien y el mal que se desarrolla en el corazón de cada uno. ¿Por qué coronar al vencedor o castigar al vencido si la lucha todavía no ha concluido? No nos toca a nosotros juzgar a los demás, y mucho menos condenarlos, arrancándolos de la Comunidad (ver Mt.7,1-5). El juicio es cosa únicamente de Dios. Y Él sabe esperar. Permite que cada uno llegue hasta el final de su camino. Recién el día de la cosecha, o sea en el Juicio final, Dios, quien es el único que sabe sondear los corazones, separará los buenos y los malos.

¿Por quién y cuándo serán juzgados todos los hombres?

Mientras tanto Él “hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”. Mt.5,45. Recibe al hijo pródigo que vuelve, con un gran abrazo. Más que tener su campo libre de yuyos, más que en la Iglesia no existan pecadores, “el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Mt.18,14. Por eso mandó a su Hijo Jesucristo quien dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.” Lc.5,31s. Dios Padre no se resigna tan fácilmente, como sus peones, a admitir que la cizaña sea cizaña. Quizá sea trigo bueno. A tener paciencia entonces. A dar a todos tiempo para la conversión.

¿De qué manera muestra Dios su paciencia con nosotros?

Todo esto no significa que empecemos a llamar a los yuyos flores. El mal sigue siendo un mal. El pecado queda pecado. Aconsejar, e incluso reprender, al que obra mal no es lo mismo que condenar. San Pablo nos dice: “No lo consideren como a un enemigo, sino repréndanlo como a un hermano”. 2Tes.3,15. Tampoco significa que dejemos crecer el mal como quiera. Pero Jesús nos dice que debemos superar el mal con el bien. No solamente la cizaña puede ahogar las plantas de trigo, sino también donde crece abundantemente el bien, no habrá mucho espacio para el mal.

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