En la greda no crecerá ni yuyo…

Mateo 13, 1-9.18-23.

Ciclo A, Domingo 15º durante el año

En el sueño un joven entra en un negocio. Detrás del mostrador atiende un ángel. El joven le pregunta: “¿Qué vende usted, Señor?”. El ángel, con amabilidad, contesta: “Te regalo todo lo que quieras”. El joven empieza a enumerar: “Entonces quiero el fin de todas las guerras en el mundo, alegría y paz en mi familia, mejores condiciones de vida para los marginados, la eliminación de las villas miseria en nuestro continente, trabajo para los desocupados, solidaridad y hermandad en la Iglesia…”. En este momento lo interrumpe el ángel: “Disculpá, joven, pero vos me entendiste mal. Yo no vendo frutos; regalo solamente la semilla”.

El ángel, ¿qué le quiso hacerle ver al joven, aclarándole que no vendía frutos, sino solamente la semilla?

La parábola del sembrador nos enseña dos cosas: primero, que la semilla, quiere decir: la Palabra de Dios, no se niega a nadie. Es un regalo de Dios. Segundo, que la Palabra de Dios, a pesar de toda la fuerza que contiene, produce fruto sólo en la medida en que alguien la recibe con buena disposición. Dios cuenta con la libertad del hombre. Éste puede aceptar o rechazar el Evangelio. Los distintos terrenos en los que cae la semilla, son los corazones de las personas, distintos también en su apertura hacia el mensaje de Cristo.

Esta parábola del sembrador es un consuelo para los que siembran la Palabra de Dios, y una exhortación para todos, ya que todos la deben recibir.

Así como Jesús y los primeros cristianos, también hoy muchos de nosotros tenemos que experimentar que no somos entendidos, que predicamos a oídos sordos, que sufrimos el rechazo. Algunos se oponen vehementemente ya de entrada; otros dicen primero que sí, pero después no se dejan ver más, y los terceros aflojan ante la tentación de algo más rentable o divertido. Jesús nos dice: “Tenés que contar con que no todos aceptan vivir según el Evangelio. Tenés que contar con fracasos. Pero no te desanimes. El Reino será una realidad a pesar de todas las fuerzas que quieran impedirlo. No debés desilusionarte al ver que son muchos y poderosos los que se oponen, y lo que vos podés hacer es tan poco”. La Palabra de Dios es poderosa y no puede fallar. Ya el profeta Isaías dijo:

“Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero, y cumple la misión que yo le encomendé.”  Is.55,10s.

No cabe pintar todo negro y darse por vencido. No hay motivo para dejar de sembrar. Jesús pone el acento no en la semilla que se pierde, sino en la gran cosecha que se logra, y que supera todo cálculo previsible. Las cifras son fantásticas. Una muy buena cosecha en Palestina no solía superar el 10 por uno. Y Jesús habla de 30, 60, y hasta 100 por uno. Si bien los comienzos del Reino son pequeños, por tratarse de una semilla divina, la cosecha será fabulosa. Y aunque una parte de la semilla se pierda, el sembrador no tiene por qué sentirse defraudado.

¿Por qué esta parábola nos anima a no dejar de sembrar la Palabra de Dios?

La parábola es también una exhortación para recibir el Evangelio con oído y corazón abiertos. “¡El que tenga oídos, que oiga!”, dice Jesús.

El sembrador de la Palabra, sea Jesús, sean sus discípulos, tropezaban, y tropiezan, con una serie de dificultades que parecen ahogar toda humana esperanza: superficialidad indiferente de los oyentes (Mc.6,5s), su positiva adversidad frente al Reino (Mc.3,6), su inconstancia ante las exigencias de la fe (Jn.6,60ss).

La explicación que da Jesús es en realidad una aplicación de la parábola del sembrador a la situación de la joven Iglesia. Destaca las dificultades con que tropieza la Palabra. Se desplaza el acento. Ya no es la gran cosecha lo que se pone en primer plano, sino la semilla que se pierde. El acento no está ya en el éxito final de la siembra, sino en las diversas actitudes con que se acoge la predicación del Evangelio. La semilla solamente dará fruto en buena tierra.

En la Evangelización, hoy como ayer, se repite el drama entre Dios que ofrece la Salvación, y el hombre que es libre de aceptarla o rechazarla. En este drama, el obrero del Evangelio es un simple servidor, de Dios que ofrece y del hombre que recibe. A pesar de que una parte más o menos grande de la semilla se perderá, no puede dejar de sembrar en todas partes la buena semilla, o sea la Verdad del Evangelio. Y ha de hacerlo con total respeto a cada persona. Cualquiera que sea su situación, cada uno tiene derecho a que le ofrezcan el Evangelio de Jesús. El fruto se verá después.

¿Cuál es el verdadero drama entre Dios y nosotros?


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