El que tenga sed, venga a mí…

Juan 7, 37-39.

Ciclo A, Pentecostés

Como el soplo y el viento, como el fuego, también el agua es símbolo del Espíritu Santo.

Ya las primeras palabras de la Biblia nos hablan de que “el soplo de Dios”, o sea: el Espíritu de Dios, “se cernía sobre las aguas”. Gén.1,2. El Espíritu de Dios ya estaba presente desde el inicio de la creación. La Sagrada Escritura lo coloca encima de las aguas sin las cuales no puede haber vida.

Después de salir de Egipto, los israelitas, al atravesar el desierto, estaban en peligro de morir de sed. Murmuraban y protestaban contra Moisés. Finalmente, éste, según el mandato de Dios, golpeó con su bastón la roca, y de ella salió agua. (ver Éx.17,1-7). San Pablo comenta esos acontecimientos del desierto, y dice que la roca de la cual sale agua, es Cristo. (ver 1Cor.10,4).

El Profeta Zacarías preveía que el día en que comience la nueva era, “saldrán de Jerusalén aguas vivas”. Zac.14,8. Esta profecía fue muy elaborada por Ezequiel: describe las aguas que salen del Templo como una fuente abundantísima que riega todo el desierto hasta convertirlo en jardín: “habrá vida en todas partes”. Ez.47,9.

El pasaje bíblico de este encuentro debe ser situado en el contexto de la fiesta de las tiendas, o de los tabernáculos. Se trata de una fiesta agrícola de otoño en la que, al mismo tiempo, se daba gracias a Dios por la cosecha pasada, y se pedía la lluvia necesaria para la próxima siembra. Uno de sus ritos más importantes consistía en una procesión solemne que se organizaba a la fuente de Siloé. Allí se recogía el agua que después se derramaba sobre el altar, a modo de sacrificio. La búsqueda y el rito del agua motivan las palabras de Jesús: “«El que tenga sed, venga a mí, y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: De su seno brotarán manantiales de agua viva. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado”. Jn.7,37-39.  Jesús ofrece aquello sin lo cual no podemos vivir. En el momento más solemne de la fiesta, cuando la expectativa era la más grande, Jesús responde a lo que el hombre busca en lo más íntimo de su ser.

En la Biblia, ¿qué simboliza el agua?

El agua simboliza al Espíritu, que se esperaba para cuando venga el Mesías. Este tiempo ha llegado. El Espíritu entrará en acción cuando Jesús sea glorificado, es decir a partir de su crucifixión. Cuando uno de los soldados le atravesó a Jesús, ya muerto, el costado con la lanza, “en seguida brotó sangre y agua.” Jn.19,34.

Ya que el agua simboliza a su Espíritu, Jesús nunca afirma: “Yo soy el agua”, así como dice: “Yo soy la luz; yo soy la puerta; yo soy el pan…”. El da o concede el agua, es decir: al Espíritu Santo, pero Él no es el agua.

¿Por qué Jesús nunca dijo: “Yo soy el agua”?

El Evangelio según San Juan dice que del costado de Jesús, abierto con la lanza de un soldado, salió sangre y agua. Del corazón traspasado de Jesús brota su preciosísima sangre que redime a la humanidad. Nos la ofrece en el Sacramento de la Eucaristía. Brota también el agua bautismal que nos hace nacer a la Vida Nueva de Cristo, convirtiéndonos en templos de su Espíritu Santo. Quien cree en Jesús, recibe de Él a su Espíritu y participa en su Vida divina.

¿Qué nos quiere decir que del costado de Jesús crucificado “brotó sangre y agua” Jn.19,34.?

No se encuentra ninguna frase en la Biblia que corresponda exactamente a lo que Jesús cita en este pasaje: “De su seno brotarán manantiales de agua viva”.  Parece ser una combinación de los textos bíblicos que ya mencionamos, y que presentan los dones divinos como una fuente de agua viva.

En el día más solemne Jesús se manifiesta al pueblo, como ya lo había hecho a la mujer samaritana en el pozo de Jacob, como la fuente de agua viva. De su seno, de su corazón traspasado por la lanza, brotará el agua que da vida. También del interior del que crea en Jesús y beba de su Espíritu, brotarán manantiales de agua viva. Por el poder de Cristo y la fuerza de su Espíritu también el cristiano se convierte en una fuente que da vida, ya que, como dice San Pablo, “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”. 1Cor.12,13.

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