Una experiencia extraordinaria…

Mateo 17,1-9.

Domingo 2º de Cuaresma.

Ciclo A.

Siempre existía y existe la tentación de buscar alguna experiencia sensacional para que nuestra vida no sea tan normal y aburrida. Este Evangelio ciertamente no nos quiere invitar a descubrir a Jesús como mago, capaz de transformar su aspecto en un abrir y cerrar de ojos. No nos dejemos distraer de lo esencial por una serie de elementos extraordinarios. Fijémonos en el mensaje y la verdad que nos quiere enseñar este texto bíblico. Este relato quiere revelar el verdadero rostro de Jesús.

El Evangelista presenta la transfiguración de Jesús claramente como una visión. Por medio de una visión algunas personas pueden percibir realidades que no son de nuestro mundo, sino que vienen de Dios. Como esas realidades no son de este mundo el vidente no las puede expresar con palabras humanas. Por eso recurre a comparaciones. Y también por eso mismo, otras personas que casualmente se encuentren junto con el que tiene la visión, no verán nada de lo que él está viendo. Grandes místicos de la Iglesia explican que las visiones tienen lugar en el interior de las personas.

¿Qué nos quiere hacer ver la visión de la transfiguración de Jesús?

San Mateo anota que esta visión ocurrió seis días después de que Jesús anunciara a sus discípulos la primera vez que debía sufrir mucho, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro no quiso escuchar nada de tener que sufrir y morir, y Santiago y Juan pretendieron tener tronos y honores. Justamente a estos tres Jesús los llevó aparte, como también a estos mismos los va a llevar aparte para orar en el Huerto de Getsemaní, la noche anterior a su muerte. Ahora, en la visión de la Transfiguración, experimentan anticipadamente la gloria de Jesús Resucitado. Aprenden que para llegar a la gloria, deben compartir primero con Él el camino de la cruz.

¿Por qué Jesús llevó justamente a Pedro, a Santiago y a Juan a la montaña de su transfiguración?

En la Biblia, la montaña simboliza la separación del bullicio de las pasiones, la soledad necesaria para que Dios se le manifieste al hombre.

El rostro de Moisés “se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor”. Éx.34,29. En la montaña de la transfiguración el rostro de Jesús no brilla solamente como el de Moisés por un reflejo de la gloria de Dios, sino resplandecía como el sol, y todo su cuerpo, a través de sus vestiduras, irradia la luz de la gloria de Dios. Jesús es el Hijo del hombre, del que habla el profeta Daniel, y quien aparecerá un día revestido de gloria. Jesús es verdadero hombre, pero también verdadero Dios. No hay que escandalizarse al verlo sufrir.

¿Qué nos quiere enseñar la visión de que el rostro de Jesús “resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz”?

Moisés y Elías resumen las grandes partes de la biblia de los judíos: la Ley y los Profetas. Moisés fue el primer legislador de Israel, y Elías el profeta más grande. También fueron Moisés y Elías los que subieron al monte Sinaí para hablar con Dios. En esta escena se encuentran igualmente sobre una alta montaña hablando con Jesús. Al final queda solamente Jesús presente. Ya no hace más falta otro. Jesucristo basta. Él, como hombre y Dios, es la plenitud de la ley y de los profetas, representados aquí por Moisés y Elías. Él es el profeta, anunciado por Moisés (Deut.18,15), a quien todos deben escuchar. Ahora, únicamente a Él hay que escucharlo.

¿Qué nos enseña la visión de que, finalmente, Moisés y Elías desaparecieron, y los discípulos “no vieron a nadie más que a Jesús solo”?

La nube, muchas veces en la Biblia, es el signo visible de la presencia de Dios. La voz que sale de la nube es indudablemente la de Dios Padre, presentando a su Hijo predilecto. “Este es mi hijo …” son palabras que suenan como las de un salmo en el que se canta la coronación del rey Mesías (ver Salmo 2,7). “El  Querido, en quien tengo puesta mi predilección” son palabras con las que en el libro de Isaías se presenta al Servidor de Dios que salvará al pueblo con sus sufrimientos y su muerte, y llevará la salvación a todas las naciones de la tierra (ver Is.42,1-7).

Estas palabras son muy parecidas a las del relato del bautismo de Jesús. Condensan toda la esperanza de la Biblia sobre el Salvador: el rey hijo de David, glorioso y proclamado hijo de Dios; el servidor sufriente que carga con los pecados de todos, y el profeta que trae definitivamente la palabra de Dios que todos tienen que escuchar. Los discípulos cayeron con el rostro en tierra, en señal de adoración. Reconocen en este hombre Jesús al verdadero Dios. Están llenos de temor, porque experimentan la inmensa distancia que hay entre Dios y ellos.

¿Qué nos quiere decir la voz de Dios Padre: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección”?

El deseo de Pedro de retener el momento tan lindo y glorioso es muy comprensible. Pero nuestra vida actual todavía no es la vida gloriosa junto al Señor. Tenemos que bajar de la montaña de la visión para seguir caminando por el valle de lágrimas. Aquí viene bien una palabra de ánimo para los discípulos que han de seguir a Jesús por el camino de la entrega y del olvido de sí. “Levántense, no tengan miedo”. Jesús quita a sus discípulos el miedo. En Jesucristo Dios se manifiesta bueno y misericordioso con nosotros. En Él nos tomó de la mano para llevarnos también a nosotros a la gloria de la Resurrección.

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