Todos los dramas empiezan pequeños…


Mateo 5,17-37.

Domingo 6º durante el año.
(Ciclo A).

“¡No te dejes sorprender con la mano en la masa!”. Un poco mejor que este “11º mandamiento”, practicado tantas veces, sería el principio: “Lo que no está prohibido, está permitido”. Pero también todo aquel que tiene tal idea está lejísimo de lo que piensa Jesús. 

Jesús viene a manifestar el sentido pleno de la verdad y de la santidad que estaba en germen en la ley del Antiguo Testamento. Dice que no vino para abolir la Ley. Al joven rico le afirma: “Si quieres entrar en la Vida Eterna, cumple los Mandamientos”. Mt.19,16ss. Jesús no vino para anular la Ley, sino para perfeccionarla, para darle cumplimiento, o sea:  llevarla a su plenitud,  llevarla hasta sus últimas consecuencias. Enseña los Diez Mandamientos en toda su profundidad. Lo que Él quiere es que se haga la Voluntad original del Padre.

La antigua Ley, reducida a su pura letra, es insuficiente para entrar en el Reino de los Cielos. Los fariseos habían caído en la trampa de aferrarse a la letra, descuidando el espíritu de la Palabra de Dios. Para Jesús los Diez Mandamientos y todas las demás leyes confluyen en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Mt.22,37-40.

¿Cuál es el alma de toda la Ley?

Con Jesús la Ley ha dejado de tener vigencia como un código que nos dice lo mínimo que tenemos que hacer. De esta manera los cristianos no entrarían en el Reino de los Cielos. La Ley no nos debe indicar lo mínimo a realizar, ni se trata de lo que podemos hacer sin que sea pecado. A Jesús no le interesan solamente los actos exteriores, sino también los pensamientos y lo que pasa en el corazón de cada persona. La clave para entender lo que Jesús propone se encuentra en sus palabras: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. La medida para interpretar la ley es aspirar a imitar el amor perfecto de Dios Padre.

Según Jesús, ¿cuál es la meta de toda ley?

Para captar el espíritu de este nuevo modo de entender la ley, Mateo propone seis ejemplos. Cuatro de ellos los leemos esta vez, y dos quedan para el próximo encuentro. Los casos elegidos se refieren probablemente a cuestiones discutidas en la comunidad de Mateo. No se trata de una lista completa, sino de una invitación a aplicar este mismo principio a otros casos y situaciones. Se trata de hacer presente un nuevo estilo de vida, que no se basa en el cumplimiento exterior, sino en las actitudes profundas.

El primer ejemplo se refiere a las relaciones fraternas. Queda claro que no se puede matar solamente a punta de puñal o de machete, sino también, y muy terriblemente, con la punta de la lengua, o con un mal sentimiento. Hay formas muy sutiles de matar al hermano. Se puede hacer ignorándolo, y hasta por medio del simple silencio cuando se lo tendría que defender. Mateo exhorta a la reconciliación constante dentro de la Comunidad. Sin ella no es posible la relación con Dios, porque no se puede vivir unido a Dios sin estar unido a los hermanos.

Para un cristiano, ¿qué significa “No matarás.”?

Como un asesinato no comienza con un cuchillo entre las costillas, sino con un rencor, con envidia o celos, igualmente el adulterio y el divorcio comienzan en el corazón. Y todos los demás dramas empiezan pequeños.

¿Dónde y cómo comienzan todos los pecados grandes?

Las palabras que hablan de arrancarse el ojo y de cortarse la mano no son para tomarlas al pie de la letra! Insisten en la decisión radical que exige la vida cristiana. Nada puede ser más importante que vivir según la enseñanza de Jesús.

¿Qué quieren decir las expresiones que hablan de arrancarse el ojo y de cortarse la mano?

El párrafo sobre el juramento no se refiere a la cuestión si está permitido o no el prestar un juramento exigido. Negar un juramento público no es ni suficiente ni necesario. Se trata de algo mucho más exigente:

La necesidad de avalar la propia palabra con un juramento, como era costumbre entre los judíos, supone un clima de desconfianza. Demasiadas veces decimos que sí, pero pensamos que no. Los cristianos debemos crear un clima de sinceridad que hace innecesario el aval de un juramento y cualquier otra prueba. En este clima el sí y el no de los labios debe corresponder al sí y al no del corazón. (ver 2Cor.1,17-20).

¿Qué espera Jesús de nosotros al exhortarnos que no juremos de ningún modo?


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