Un poco de sal buena es suficiente…

Los que por razones de salud deben comer sin sal saben que las comidas sin sal son insípidas. Como la sal da sabor a las comidas, así los cristianos debemos penetrar al mundo con el sabor del Espíritu del Evangelio. Debemos quitar el sabor amargo a un mundo que está en peligro de hundirse en el aburrimiento, la soledad, la frustración y la desesperación. Debemos devolverle el sabor de una nueva esperanza y del amor cristiano.

Carne o pescado se pueden conservar con sal, para que no se corrompan. Los cristianos debemos preservar el mundo de la corrupción.

Antes se usaba mucho la sal para curar heridas. Los cristianos debemos sanar las heridas del cuerpo y del alma de los hombres.

Un poco de sal es suficiente para dar sabor a la sopa. Algunos pocos cristianos que tratan de serlo de verdad, pueden cambiar el ambiente. No conviene poner demasiada sal en las comidas. El Señor espera de nosotros que demos decididamente testimonio de Él, pero no de una manera fanática!

La sal sola no sirve para ser comida. Tiene un gusto desagradable. Y si se la come sola, a lo sumo causa diarrea. Los cristianos no estamos para que nos encerremos en nuestro grupo. Estamos para los demás.

¿Qué quiere decir que los cristianos somos “la sal de la tierra”?

Nadie tendrá nada contra una religión que se limite a adornar las fiestas familiares con alguna solemne ceremonia. Ciertamente las fiestas son parte de la vida cristiana. Pero la misión más importante de los discípulos de Jesús no es endulzar las fiestas. Si no, Jesús habría dicho: “Ustedes son la crema sobre la torta del mundo”! Un cristianismo insípido que se amolda a los gustos y a las modas de mal gusto de la sociedad, seguramente no es lo que Jesús espera de sus seguidores.

Y esta es la mayor preocupación de Jesús: que los cristianos pierdan su sabor y fuerza, que pierdan el entusiasmo de la primera hora. La sal no puede dejar de salar. Es un absurdo pensar en una sal que no tenga sabor. No sirve ni siquiera para ser guardada en un frasco. Lo único que se podría hacer es tirarla a la basura. Y las palabras de Jesús van más allá: hablan de ser arrojada a la calle para que la pisoteen los hombres, o sea: se trata de algo despreciable. Jesús hace ver: un cristiano que no asume su compromiso frente al mundo, no solamente es un inútil, sino además es despreciable. En el Apocalipsis encontramos una amenaza parecida: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca.” Apc. 3,15.

¿Para qué servimos los bautizados si somos como la sal que ha perdido su sabor?

Jesús no dice: “Ustedes son una lamparita entre otros miles de luces”. Dice la palabra grande: “Ustedes son la luz del mundo”. Dice: “ustedes son”; no dice: “ustedes deben ser”! Si no, nos sentiríamos sobreexigidos como ciegos a los que se ordena: “¡abran los ojos!”. Jesús dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo”. Jn.8,12. No es necesario que nosotros, pobres y débiles seres humanos, seamos, por nosotros mismos, unas grandes luces. Pero sí, los cristianos, para disipar las tinieblas, hemos de dar al mundo la luz que es Cristo.

Una flor necesita la luz para poder crecer y florecer. Así como se asociaban las tinieblas al sepulcro y a la muerte, la luz se relaciona desde siempre con la vida. Los cristianos debemos ayudar a los hombres a que puedan vivir de verdad. El mundo grita por la luz de la justicia, de la verdad y de la paz.

¿De qué manera seremos la sal de la tierra y la luz del mundo?

Es imposible ser sal de la tierra y ser luz del mundo sin ser notados. Jesús dice que los hombres deben ver nuestras buenas obras. No solamente hay que obrar bien, sino también hay que hacerlo de la manera que nos vean. Pero, ¿no dijo Jesús que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha, que tenemos que hacer el bien en secreto, y otras cosas semejantes? Es que en esos textos Jesús condena el modo de actuar de los hipócritas, que no hacen el bien por bondad sino para cosechar aplausos. Claro que no debemos hacer buenas obras para que los hombres nos alaben a nosotros. Pero sí, toda nuestra vida, personal y comunitaria, debe ser coherente con la fe. Debe dar buenos frutos para que los hombres vean la obra de Cristo y “glorifiquen al Padre que está en el cielo”.


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