¿Cómo puedo llegar a ser realmente feliz?

Algunos dicen que la dicha más grande es tener salud. Sin embargo existen muchos sanos que se sienten tremendamente desdichados, y, por el otro lado, hay muchos enfermos, y gravemente enfermos, que se sienten felices.

Dijo una vez un ciego: “Desde que estoy ciego, veo muchas cosas mucho mejor”. Los que tenemos buena vista, ¿no somos ciegos en muchas cosas? En el Evangelio encontramos la visión de Dios sobre el hombre y el mundo. Esta mirada de Dios tantas veces no coincide con la nuestra. Jesús pone todo pata arriba: llama felices a los que lloran y a los que son perseguidos e insultados! ¿O tal vez somos nosotros los que hemos puesto todo pata arriba? Jesús nos quiere abrir los ojos. Hoy nos enseña quién es realmente feliz.

El “Sermón de la montaña” ocupa un lugar destacado en el Evangelio según San Mateo. Es una especie de catecismo elemental de vida cristiana. Nosotros nos detendremos en considerar este Sermón de Jesús durante seis encuentros.

Es la espiritualidad fundamental del cristiano. Abarca los capítulos 5 al 7. Las Bienaventuranzas que meditamos hoy, forman el preámbulo de este gran discurso.

Así como hizo Moisés al formar el Pueblo de Dios, también Jesús subió a una montaña, lugar tradicional de la manifestación de Dios. Sentado, en actitud de enseñar, así como Moisés, Jesús proclama solemnemente la Ley en su nueva formulación. Jesús es el nuevo y verdadero Moisés que exige una “justicia superior” a la de la Antigua Alianza para entrar en el Reino de los Cielos. La Voluntad de Dios que se manifiesta en este célebre Sermón, vale para todos. Expresamente se menciona la multitud de gente, judíos y paganos, venidos de todas partes, si bien solamente sus discípulos se le acercan a Jesús.

¿A quiénes se dirige el «Sermón de la montaña»?

¿Por qué el texto menciona que “Jesús subió a la montaña” y “se sentó”, “tomó la palabra y comenzó a enseñarles”?

Las Bienaventuranzas, según la forma, son felicitaciones, según el contenido son las condiciones para entrar en el Reino de Dios. Son simultáneamente promesa y exigencia.

Ser feliz no excluye tener que sufrir. Pero el Pueblo de Dios siempre mantiene viva la esperanza de que “Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó.” Apoc.21,4.

¿Es fácil ser feliz de veras?

Jesús declara dichosos a los que normalmente son considerados malditos y desgraciados. Se trata del grupo de los “pobres del Señor” que viven a fondo la espiritualidad enseñada por los Profetas y los Salmos. Pero representan también al grupo de los discípulos, a los que Jesús ha prometido el Reino. Son un solo grupo, pero pueden llamarse con distintos nombres: los pobres, los pacientes, los afligidos, los misericordiosos, los que tienen el corazón puro, etc. Igualmente el Reino de Dios se llama con otros tantos nombres: recibir la tierra en herencia, ver a Dios, llamarse hijos de Dios, ser consolados por Dios, etc.

¿Quiénes son y cómo viven “los pobres del Señor”?

Los pobres son “los que tienen alma de pobres”, no simplemente los que no tienen plata en el bolsillo. Feliz no es cualquier pobre, sino aquel que pone toda su confianza en Dios, y no en el dinero. Es aquel que abre su corazón para recibir el Evangelio. “Los que tienen alma de pobres” se desprenden con facilidad de lo que tienen, y en último caso les da lo mismo tener o no tener. Lo único que les importa es tener a Dios. Feliz es, por ejemplo, aquel joven hombre que perdió en un accidente a su novia, y sin embargo no se convierte en un amargado, porque vive en la esperanza de que Dios los sostiene eternamente.

¿Por qué Jesús llama felices a “los que tienen alma de pobres”?

A los pobres se los puede llamar también “pacientes” o “mansos”. Son los que renuncian a la violencia y la venganza, aunque sean humillados. No pretenden imponerse por la fuerza, ni dominar a los demás, ni mucho menos devolver mal por mal. Tienen presente que responder con odio al odio multiplica el odio, y la violencia multiplica la violencia. El odio y la violencia alimentan una espiral mortal de destrucción. Los “pacientes” interrumpen con su amor el círculo vicioso de la violencia. Saben que al final los corruptos con su palacios y yates lujosos no triunfarán, “porque los impíos serán aniquilados, y los que esperan al Señor, poseerán la tierra,” Sal.37,9. y los humildes “gozarán de una gran felicidad.” Sal.37,11.

¿Por qué son felices “los pacientes”?

Cuando los Profetas hablaban de “los que lloran”, o de los que ahora están afligidos, se referían a los que hacían penitencia por los pecados del pueblo. Éstos se solidarizaban con los pecadores. No se contentaban con sólo criticar a los demás. “Los afligidos” son los que no se conforman con la situación actual. Por eso tratan de convertir este “valle de lágrimas” en un pedazo de cielo.

A los cristianos Dios, nuestro Padre, ya “nos dio gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza.” 2Tes.2,16. Podemos sentirnos seguros de “que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.” Rom.8,18. Ni nuestra fantasía más viva alcanza para imaginarnos “lo que nadie vio ni oyó, y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.” 1Cor.2,9.

¿Por qué son felices “los afligidos”?

“Los que tienen hambre y sed de justicia” son los que desean y hacen todo lo posible para que todo en este mundo se “ajuste” a la Voluntad de Dios. Buscan que ninguno sea tratado injustamente. Son los que tienen hambre y sed de ser justos ellos mismos. Esperan que Dios los haga justos, así como quien está muriendo de hambre y sed y reclama algo para comer y beber.

De la misma manera, esperan contra toda esperanza que Dios hará justicia definitivamente en su Reino.

¿Por qué son felices “los que tienen hambre y sed de justicia”?

Los misericordiosos son los que tienen un corazón sensible con la miseria del otro. No insisten en una ley fría, sino saben disculpar y perdonar al hermano con facilidad. Se preocupan y ayudan también a “los que no lo merecen”, o a “los que tienen ellos mismos la culpa de su desgracia”.

¿Cómo actúan “los misericordiosos”?

Los que tienen el corazón puro son los sencillos, los sinceros que no tienen una secreta mala intención, ni hablan falsedades. Son libres de malicia y perversidad. Su juicio no está empañado por el egoísmo. Por eso ven claramente lo que es justo. Y “verán a Dios” no solamente en la vida futura, sino también ya ahora.

¿Cómo son “los que tienen el corazón puro”?

Jesús considera herederos del Reino de Dios a los que trabajan por establecer la paz. Así como los misericordiosos están dispuestos a perdonar a sus enemigos, éstos hacen todo lo posible para que no existan enemigos. Ponen todo de su parte para convertir a los enemigos en amigos.

¿Por qué Jesús llama felices a “los que trabajan por la paz”?

Los que viven de esta manera parecen ser los tontos en este mundo. Se les ríen en la cara. Tendrán que aguantar burlas y calumnias, y tal vez serán perseguidos, maltratados, torturados y hasta asesinados. Los Profetas trazaron el retrato del “justo perseguido”. Jesús cumplió hasta en el último detalle este anuncio profético. Y a nosotros nos dice: “El discípulo no es más que el maestro. … Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No les teman.”  Mt.10,24s.


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