Jesús toma la antorcha…

Es como en una carrera de relevo. Con el encarcelamiento y la muerte de Juan Bautista termina la etapa del Antiguo Testamento. De ahora en adelante es Jesús quien lleva la antorcha. Comienza una nueva etapa. La página del Evangelio que meditamos hoy, nos habla del inicio de la actividad pública de Jesús, después de su bautismo y las tentaciones en el desierto.

Jesús comienza su vida misionera fijando su domicilio en la zona de Galilea, al norte del lago de Tiberíades, por dos razones: por un lado, por la suerte corrida por Juan Bautista en Judea, y por el otro lado, Mateo quiere demostrar que en el comienzo de la predicación de Jesús se cumple el anuncio del profeta Isaías. (ver Is.8,23 – 9,1). Con el traslado del domicilio de Jesús, un hecho aparentemente poco importante, comenzó a realizarse lentamente el grandioso plan de Dios de llevar la Salvación a todas las naciones, no solamente a los judíos.

Mateo precisa que Jesús se estableció en Cafarnaúm que está justamente situada en el término de Zabulón y Neftalí, en el “camino del mar”. Galilea, tierra de paganos, crisol de culturas y religiones desde muy antiguo, es el símbolo de una comunidad en la que también los paganos tienen cabida. La luz del Evangelio debe iluminar a todos los que se hallan en tinieblas y viven en las sombras de la muerte.

Desde esa misma región de la “Galilea de las naciones” Jesús Resucitado enviará a sus apóstoles para que hagan sus discípulos a todos los pueblos. (ver Mt.28,19).

¿Qué nos dice que Jesús “se estableció en Cafarnaúm”?

La predicación de Jesús se resume en pocas palabras que poco antes habían estado en labios de San Juan Bautista: Hay que convertirse, porque se acerca el Reino de los Cielos. Mateo, por respeto, sigue la costumbre judía de no pronunciar el nombre de Dios. Por eso usa la expresión “Reino de los Cielos”, que es lo mismo que decir: Reino de Dios.

Según las palabras de Jesús, ¿por qué hay que convertirse?

Este “Reino de los Cielos” es un tema central, hasta el punto de que se puede decir que San Mateo orienta hacia él todas las enseñanzas del Evangelio.

La idea del Reino de Dios aparece ya en el Antiguo Testamento. Decepcionados de sus reyes, el pueblo de Israel tomó conciencia de que Dios era su único verdadero rey. Aspiraban al día en que el mismo Dios asumiera la autoridad y comenzara a reinar sobre su pueblo. Estaban convencidos de que al cumplirse la voluntad de Dios habría la máxima felicidad para todos.

Jesús viene a traer la buena noticia de que el Reino de Dios se ha acercado. Por eso es necesario convertirse, cambiar de mentalidad y de actitudes. Si el Reino es la realización de la Voluntad de Dios en la tierra así como se cumple en el cielo, los hombres deben sintonizar su propia voluntad con la de Dios, para su propia felicidad.

Prestemos atención a que Jesús no dice que debemos prepararnos para ir al Reino, sino que siempre habla de que el Reino se acerca a nosotros. Igualmente nos enseña a pedir al Padre: “que venga tu Reino”.Mt.6,10. No pedimos que nos vayamos al Reino. Lo que el Señor quiere es que se instauren ya en este mundo condiciones de vida que estén de acuerdo con la Voluntad de Dios, para que ya todos puedan gozar de la vida feliz que Dios Padre quiere para todos sus hijos. El no quiere postergar el Reino para después de nuestra muerte, sino quiere que se adelante en este mundo, reservándose en su misterio lo que sucederá después, y que ciertamente será mucho mayor aún.

¿Qué es el Reino de Dios?

¿Por qué Jesús nos enseña a rezar a Dios Padre: “que venga tu Reino”?

¿Qué tiene que ver el Reino de Dios con nuestro mundo aquí y ahora?

Los primeros discípulos son el mejor ejemplo de la conversión que Jesús pide. Se trata del llamado a los cuatro primeros apóstoles que deben ayudar a instaurar el Reino de Dios. Jesús pide colaboración y espera corresponsabilidad. Es como si estos cuatro representaran no solamente a los doce Apóstoles, sino a los discípulos de todos los tiempos. Es Jesús el que toma la iniciativa de llamar a sus discípulos, y su llamada es irresistible.

Los hace capaces de dejar lo que fue el contenido de su vida hasta ahora, y hasta de romper con los lazos familiares. En los dos casos, los que son llamados responden “inmediatamente”, abandonándolo todo. Unos dejan el trabajo, otros dejan a su padre y la barca, que es lo que poseían. La tarea de instaurar el Reino no admite postergaciones, ni hay otros valores que sean más importantes. Ahora pescar a personas para el Reino es lo más importante. En comparación con esta misión el juntar peces es pérdida de tiempo.

¿Qué nos enseña el llamado de Jesús a sus primeros discípulos para nuestra propia vida?

Por supuesto, ser “pescador de hombres” no significa que esté permitido manipular o engañar a la gente, u obligar a alguien a la fe por la fuerza o amenazas. Significa, que como los pescadores en su trabajo dediquemos mucho tiempo y esfuerzo para hacer descubrir a los demás la riqueza de la fe, respetando en todo su libertad. Como discípulos de Jesús no somos llamados únicamente a gozar de los beneficios del Reino, sino también a trabajar por él. Cristo espera de todos los bautizados una respuesta decidida y audaz como la de los primeros discípulos.

¿Qué significa ser “pescador de hombres”?


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