Cuando conocí a Jesús, mi vida cambió…

Ariel volvió de un retiro de tres días. Sus amigos se sorprenden de su alegría con que les habla de su experiencia: “Fue para mí algo totalmente nuevo. La verdad es que yo no sabía nada de la fe. No conocía a Jesús. Pero ahora mi vida cambió. Solamente les puedo decir: participen también. Van a ver que vale la pena. ¡Es maravilloso!”.

Todos nos hemos encontrado ya con más de uno quien nos quiso convencer de algo nuevo que había descubierto. No quieren guardar como secreto su nuevo conocimiento. Quieren que los demás también se entusiasmen como ellos.

Algo parecido ocurre con Juan Bautista. Dos veces dice que no lo conocía a Jesús. Pero evidentemente habla ahora de Él con convicción y entusiasmo. Después de conocerlo, no puede hacer otra cosa que transmitir a los demás lo que sabe de Jesús.

En este trozo del Evangelio Juan Bautista aclara quién es Jesús. Habla con gran solemnidad, afirmando que lo que él sabe se debe a una revelación que Dios le ha hecho. Le da a Jesús varios títulos: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que existía desde antes, el que bautiza con Espíritu Santo, el Hijo de Dios.

Para Juan Bautista, ¿quién es Jesús?

Al día siguiente Juan Bautista volverá a decir que Jesús es el Cordero de Dios, para presentarlo a dos de sus discípulos. Para entender lo que significa que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, hay que fijarse en los libros de la Antigua Alianza. Allí aparece varias veces la figura del cordero. Esos textos ayudaron a los primeros cristianos a comprender la importancia de la muerte de Jesús.

En primer lugar está el cordero pascual. Cuando el pueblo de Israel estaba por salir de Egipto, cada familia, por mandato de Dios, debió sacrificar un cordero “sin ningún defecto” y marcar con su sangre las puertas de sus casas. Esta fue para el “Exterminador” la señal para pasar de largo las casas de los israelitas, y así se salvaron sus primogénitos de la muerte. Desde entonces cada año se sacrificaba y se comía un cordero para celebrar la liberación del pueblo. (Ex.12). Como Jesús fue crucificado y resucitó en los días de una fiesta de Pascua, la figura del cordero pascual se ofrecía para interpretar el sentido de la muerte de Jesús: la sangre derramada por este hombre “sin ningún defecto” sirvió para liberarnos definitivamente de toda esclavitud y de la muerte.

En segundo lugar está el Servidor de Dios, del que habla el libro de Isaías. Él es detenido y juzgado injustamente. Es llevado al sacrificio cargando sobre sí los pecados de todo el pueblo. “Soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias” Is.53,4. para que todos podamos quedar curados. Al ser maltratado se comporta mansamente “como un cordero llevado al matadero”, Is.53.7. intercediendo en favor de los culpables. Los primeros cristianos vieron todo lo que el profeta Isaías dice del Servidor sufriente, plenamene cumplido en la muerte de Jesús.

También están los corderos que diariamente debían ser ofrecidos en el templo de Jerusalén. Día y noche debían estar ardiendo sobre el altar como una presencia permanente del sacrificio por todo el pueblo.

Los primeros cristianos comprendieron: Jesús es el nuevo y verdadero Cordero pascual (ver 1Pe.1,19). Su sangre nos libera de la muerte. Jesús es el prometido Servidor de Dios, que “fue traspasado por nuestras rebeldías” Is.53,5., ofreciendo su vida “en sacrificio de reparación”. Is.53,10b. Todo esto está sintetizado en el testimonio de Juan Bautista, y que nosotros repetimos en cada Santa Misa: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

¿Qué significa que Jesús es «el Cordero de Dios”?

El Bautista dice que Jesús es el que quita el pecado del mundo. No habla de los pecados, en plural, sino de uno solo. Nos hace ver que todos los pecados de todos los hombres y de todos los tiempos crean una única realidad: la situación pecadora de la humanidad.

¿Por qué Juan Bautista afirma que Jesús “quita el pecado del mundo” (en singular)?

El hombre dañado por la culpa es incapaz de levantarse a sí mismo. El Bautista sabe muy bien que es inútil querer limpiar a la humanidad de sus culpas lavándola solamente con agua. Jesús renueva al hombre con el Espíritu Santo y lo hace participar de la misma vida de Dios. Y todo esto por amor a nosotros, y no porque Dios Padre sea sediento de sangre.

¿Juan Bautista se sentía capaz de salvar a los hombres?

¿Cómo es salvada la humanidad?

Puede ser que conozcamos muchas cosas de la vida de Jesús. Y sin embargo, no lo conocemos todavía como Juan Bautista. Conocemos a Jesús en la medida que descubrimos su amor. Lo conocemos en la medida que lo amemos, y Él sea el fundamento, la orientación, el sentido y la única verdadera esperanza de nuestra vida.

Más en: «ENCUENTROS BÍBLICOS, Ciclo A».

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