Vida y muerte, o: ¿muerte y Vida?

Juan 11,1-45.

El hombre moderno está engolosinado con las “resucitaciones” que logra en el quirófano, y se dedica a explorar el campo que media entre los signos vitales y la muerte cerebral. Es capaz de pagar un dineral para que guarden su cadáver en un freezer, con la ilusión de que la ciencia avance y algún día lo puedan reanimar. Mientras tanto su lema parece ser: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos.” (ver 1Cor.15,32). “¡Por Dios, que nadie me recuerde la muerte!”. Hay gente que huyen de los cementerios como de la peste. No les servirá para nada. Algún día encontrarán allí su “última morada”.

El hombre moderno parece no tener ni idea de la resurrección verdadera.

La resurrección nunca fue un tema fácil. No lo fue en tiempos de Jesús. No pocos hombres cultos de entonces se burlaban de ella. Así, aquellos saduceos que fueron a Jesús para tratar de ponerlo en ridículo con la fábula de la mujer que tuvo siete maridos. “En la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer?”, Mt.22,28. le preguntaron.

Los mismos discípulos de Jesús no tenían la mente preparada para admitirla. Siempre que Jesús habló de su muerte y Resurrección, los Evangelios agregan algún gesto de incomprensión por parte de ellos.

¿Cómo muestra el mismo Evangelio que la Resurrección no es un tema fácil?

El Evangelio según San Juan relata siete milagros de Jesús, llamándolos: “signos” o “señales”. El número “siete” designa en la Biblia siempre la plenitud. La resurrección de Lázaro es el último, el séptimo, el más grande de los “signos” de Jesús.

Estos milagros o “signos” describen en realidad a Jesús mismo. Así leemos que después de la multiplicación de los panes, Jesús dice: “Yo soy el pan de Vida”. Jn.6,35. Antes de dar la vista al ciego de nacimiento dice: “Yo soy la luz del mundo”. Jn.8,12. Y antes de resucitar a Lázaro declara: “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Jn.11,25.

Estamos, sin duda alguna, ante el signo más importante. La Resurrección y la Vida expresan el sentido último de la misión de Jesús: Él ha venido a este mundo para que nosotros tengamos la Vida y la tengamos en abundancia. (ver Jn.10,10).

¿Por qué el Evangelio según San Juan presenta la resurrección de Lázaro como séptimo “signo”?

La resurrección de Lázaro fue solamente un signo de la Resurrección que vino a traer Cristo. Lázaro volvió a esta vida terrena, debiendo morir nuevamente. Por eso salió del sepulcro llevando las vendas y el sudario como signo de muerte. No sucedió lo mismo con Jesús. Él dejó las mortajas en el sepulcro. Resucitó gloriosamente para no morir nunca más.

¿Qué diferencia existe entre la resurrección de Lázaro y la Resurrección de Jesús?

Jesús promete que todo aquel que cree en Él no morirá jamás. Nos dice: “Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida.” Jn.5,24. Así como Cristo es uno solo con el Padre, de la misma manera se hace uno con el que cree en Él. Estando unidos a Cristo por la fe y el Bautismo, ya ahora podemos ir entrando en la plenitud de la Vida divina. La unión con Jesús garantiza la Vida. No moriremos jamás, a pesar del trance de la muerte. La muerte ya no es punto final de nuestra vida, sino su transformación gloriosa. Pero donde Cristo no está presente, allí reina la muerte. Las dos hermanas de Lázaro dicen como de común acuerdo que su muerte se produjo porque Jesús no estaba allí.

Esta Vida eterna en Cristo comienza ya ahora, sin necesidad de esperar al último día, como dice Marta, que refleja y representa la creencia de mucha gente de entonces. La resurrección del último día será al final de los tiempos y alcanzará a toda la humanidad. De ella dice Jesús que será con suerte desigual: “los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.” Jn.5,29.

¿Qué nos dice la afirmación de Jesús de que aquel que cree en Él “tiene Vida eterna” y “ya ha pasado de la muerte a la Vida”?

Lázaro, enfermo y muerto, es una imagen perfecta del hombre no redimido. Jesús que llora ante su tumba nos hace ver a Dios que no se complace ni queda indiferente ante la destrucción del hombre. Jesús ama a los hombres. Y se compadece. Entrega su vida para que nosotros tengamos la Vida de Dios.

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