Marcos 1, 12.13.
Ciclo B, Domingo 1º de Cuaresma
Después de crear Dios a los animales salvajes, los hizo desfilar a todos: los tigres y las víboras, los leones y los cocodrilos, las avispas y los yacarés… Todos exhibían orgullosos sus armas de ataque y defensa: garras y dientes filosos, caparazones y glándulas venenosas. Solo y muy triste, y como perdido, estaba allí también un cordero. Tenía miedo, porque no tenía nada con que defenderse. El Creador lo notó y le preguntó: “¿Qué querés que te dé para tu defensa?”. Pero el cordero dijo que va a haber matanzas, y no quiso nada de lo que vio en los animales salvajes. Entonces Dios le dio las tres armas de la paz: paciencia, humildad, entrega.
Jesús, el Cordero de Dios, tuvo que luchar, durante toda su vida, contra todos aquellos que pretendían apartarlo del camino de la entrega, de la humildad y de la paciencia, camino señalado por el Padre. Hasta Pedro tuvo que escuchar el duro reproche de Jesús: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Mc.8,33.
El autor del Evangelio según San Marcos no detalla distintas tentaciones, como San Mateo y San Lucas. Es que todas las tentaciones de Jesús durante toda su vida en realidad fueron una sola: vivir una vida cómoda huyendo del camino de la cruz. Aliado con el diablo también Jesús las habría podido pasar bien! A lo largo de toda su vida acompañaba a Jesús la tentación de abandonar el camino de la paciencia, de la humildad y de la entrega hasta la muerte en la cruz, y tomar el camino fácil del poder y del honor. Pero Él se mantenía firme como Cordero de Dios y Servidor sufriente.
¿Cuál fue la gran tentación de Jesús durante toda su vida?
“El desierto” es más que un lugar geográfico. El desierto es esta nuestra vida transitoria, durante la cual contamos con las promesas de Dios, pero también debemos pasar por duras pruebas. Dios llevó a su pueblo elegido primero por “el desierto inmenso y temible”, Dt.1,19. para hacerlo entrar después en la Tierra prometida. El desierto fue el lugar de las pruebas purificadoras. En él nació el Pueblo de Dios. Allí Dios le dio a su pueblo los mandamientos, y selló su alianza con él. Para Marcos, el “desierto” es un lugar donde nada separa al Hijo de su Padre. En la soledad Jesús está a solas con Dios Padre.
¿Qué significado e importancia tiene “el desierto” para Jesús, para el Pueblo de Dios, y para cada uno de nosotros?
Los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, traen a la memoria a Moisés, quien estuvo “cuarenta días y cuarenta noches” en la montaña del Sinaí para recibir los Diez Mandamientos, grabados sobre unas tablas de piedra. (ver Éx.24,12; 32,15s.) Jesús, después de su estadía en el desierto, graba en los corazones la Ley Nueva del Amor. También recuerdan al gran profeta Elías quien, fortalecido con el alimento que un Ángel del Señor le sirvió, “caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios”. 1Rey.19,8. Igualmente a Jesús le sirven unos ángeles fortaleciéndolo para recorrer el camino hasta el Calvario. (ver 1Rey.19,5-7.) El tiempo de Jesús en el desierto también resume los cuarenta años que duró el camino del pueblo de Israel por el desierto. Pero hay un gran contraste: El pueblo de la Antigua Alianza desobedece constantemente a los mandamientos de Dios. Es un pueblo rebelde. Jesús se mantiene en todo momento totalmente obediente a la Voluntad de Dios Padre.
¿Qué episodios bíblicos nos recuerdan los 40 días que Jesús pasó en el desierto?
El camino de Jesús por el desierto de este mundo terminó en la victoria sobre el malo y sobre el mal. Se mostró como el “más fuerte” sobre el “fuerte” (Mc.3,21-30).
Y esta lucha contra el enemigo de Dios, Satanás, Jesús la debe comenzar “en seguida” después de salir del agua bautismal. No es un simple detalle gramatical que el texto diga: “lo llevó al desierto”. ¿A quién el Espíritu llevó? A Jesús, nombre que se encuentra más arriba al comenzar el relato del Bautismo de Jesús. En el Evangelio según San Marcos, el relato de la tentación de Jesús forma parte del relato de su Bautismo. No había que perder tiempo para llevar a Satanás a la derrota. El mismo Espíritu Santo, que había descendido sobre el Señor al ser bautizado, inmediatamente lo empujó a enfrentarse con Satanás. También a nosotros, el Bautismo no nos dispone para una vida tranquila y cómoda, sino más bien para una constante lucha contra el espíritu del mal.
¿Qué tiene que ver el Bautismo con la tentación?
“Satanás”, o “Satán”, es una palabra hebrea, correspondiente a la palabra griega “diablo”, o sea: “el que confunde”, el padre de la mentira. Satanás, o el diablo, personifica todo lo que hay de malo y opuesto a Dios.
Jesús, en la soledad del desierto, rodeado por los animales salvajes y mansos a la vez, y servido por los ángeles, mientras que es tentado por el diablo, hace revivir la figura de Adán. Algunos textos bíblicos y otros en varios libros religiosos del tiempo en que se escribió el Nuevo Testamento, coinciden en describir a Adán con esos mismos rasgos. Conocemos los textos proféticos que nos hablan del retorno al paraíso en los días del Mesías, cuando vuelva a suceder que “el lobo habitará con el cordero… y el león comerá paja lo mismo que el buey.” (ver Isaías 11,6-9). En torno a Jesús comienza a existir otra vez el paraíso. Si por la caída en la tentación del primer Adán se cerraron las puertas del paraíso, los hombres perdieron la familiaridad con los ángeles y con Dios, y los animales salvajes se volvieron feroces, por la victoria sobre todas las tentaciones del “nuevo Adán”, o sea: del “hombre nuevo”, Jesús, las puertas del paraíso volvieron a abrirse.